Caricias preliminares
Si encuentras un nuevo amigo, debes tener presente que en materia de amor no hay reglas fijas. Depende de ti descubrir las zonas de su cuerpo que son excitantes para él, al acariciarlas y al poner toda tu atención en sus respuestas. El método para dar el máximo de sentimiento a tus caricias es concentrarte en lo que haces, acechando las reacciones positivas o negativas de tu pareja. La concentración, aliada al deseo de dar placer, torna sensual la caricia, sensible; así aumentarán las sensaciones experimentadas, mientras tú misma obtienes placer con lo que haces.
Por cierto, hay individuos, hombres y mujeres, que obtienen más placer al recibir; otros no experimentan placer sino dando. Por todas partes, en lo físico y en lo afectivo, encontrarás esas tendencias polares: el hombre más dominante o más receptivo. La mujer dominante sentirá más placer en las posturas sobre el hombre, la mujer receptiva, en las que el hombre está sobre ella. Sin embargo, si bien estas clasificaciones pueden darte algunas claves de psicología, resultan precarias si piensas desarrollar a partir de esas tendencias fundamentales una armonía real de pareja.
En efecto, hay una tercera categoría, la del equilibrio: unas veces estar en el polo activo, otras en el polo receptivo. Ahora bien, este tercer camino, el equilibrio, no se consigue forzosamente desde la partida. De este modo, una persona puede ser así desde el principio de su vida afectiva, otra puede desarrollar este estado.
También hay mucha más complejidad en este problema de lo que se cree; una mujer puede ser un polo dominante en la vida social e incluso en la pareja y sin embargo obtener más placer de ser un polo receptor sexual.
Te asombrarás al saber cuántos hombres muy activos en el amor aprecian que la mujer adopte el papel activo, ya sea en el transcurso del acto, ya sea en los preliminares. No es agradable ser dominado, tampoco es agradable dominar. En ambos casos, algo fundamental falta en la relación, y es la comprensión del otro. Esos estados unidimensionales encierran a la pareja en luchas importantes. Siempre hay frustración, limitación en un papel, falta de confianza. El otro, atrapado en su papel, desarrolla hasta el exceso la psicología propia de ese papel, y termina por ser gobernado exclusivamente por motivos inconscientes o por los arquetipos sociales, mientras que el hecho de invertir los papeles de vez en cuando permite comprender prácticamente todo el clima intelectual y psíquico que se desarrolla a partir de ello. Se puede conocer mejor al otro, ya que se hace «desde el interior». La oposición desaparece, ya no existe la rigidez y puede ser creada una armonía con variaciones ricas en colorido. El acto sexual es un ámbito en el cual puedes fácilmente aprender a practicar este intercambio de papeles. Si consigues vivirlo a este nivel, podrán surgir nuevos comportamientos en la vida afectiva, más libres y menos estereotipados.
Ten pues cuidado de no limitarte a tus posturas preferidas; pero procede paso a paso, sin atropellarte en esa búsqueda de nuevas posturas y de una nueva actuación. Pregunta a tu compañero si desearía que fueses más activa, si existen otras posturas y otro tipo de caricias predilectas. Hazle partícipe de tus deseos de experimentar; sin embargo, no hagas nada que pueda arruinaros el momento; procede lentamente. Juega íntimamente con esas posturas o caricias que jamás has experimentado. Imagínate obteniendo placer de ello. Sé curiosa de las nuevas sensaciones y luego ensáyalas, cuando estés familiarizada mentalmente con ellas. Debes saber que esta experimentación va a darle calidad a tu vida sexual, una calidad primordial, la de la búsqueda del placer en común; de eso puede depender todo el futuro de tu relación: creación o aburrimiento.
El momento de las caricias preliminares dará riqueza y color a tu relación sexual, mientras que un acto puramente instintivo queda limitado generalmente a la exclusiva zona genital.
Alberto me confiaba, en el transcurso de las entrevistas: «Cuando voy con una mujer simplemente para satisfacer una necesidad física, es decir, que no me interesa lo bastante, puedo hacer el amor, pero sin embargo soy incapaz de besarla en la boca. El contacto de la boca es mucho más íntimo, más psíquico.»
Si quieres que el acto sexual sea total, físico y psíquico, hay que librar las energías encerradas de la zona sexual y hacerlas circular por todo el cuerpo. Al mismo tiempo que aumentas la amplitud de las sensaciones a las otras zonas corporales, acrecientas la conciencia del intercambio a otros climas psíquicos.
Cuando un hombre está muy excitado, es la punta de su glande la que está excitada. Si la mujer acaricia al hombre por todas partes y no solamente en su sexo, o soslaya éste, las sensaciones se reparten por todo el cuerpo, y es todo el pene el que se excita. En lugar de sentir únicamente la tensión en el glande, es toda la zona sexual la que está estimulada. Esto no desemboca únicamente en el acto sexual, sino en un intercambio total. Al desviar la atención de la zona puramente sexual, el hombre conserva una buena erección, pero experimenta menos excitación y menos tensión en el abrazo, porque predominan la sensualidad y el afecto.
De este modo, cuanto más desvíes, en los preliminares, la atención del sexo, más completa y rica será vuestra comunión. También, el tiempo pasado en estas caricias permite sentir el espíritu del otro, «conectaros», crear un clima afectivo libre de tensiones, cálido, que se perpetuará después del acto. En efecto, cuando el acto termina y la necesidad física ha sido satisfecha, lo que queda entre vosotros es la relación afectiva.
Todos los hombres te dirán que cuando han eyaculado con una mujer, llevados por motivaciones puramente físicas, tras el cese de la excitación se dan cuenta de que ya no tienen nada que decirle, «que no queda nada», que no es posible una comunicación sincera fuera de aquello.