Sexualidad femenina

 

Pocos hombres se dan el trabajo de despertar plenamente el cuerpo de la mujer, tal vez porque ignoran hasta qué punto la sexualidad femenina es radicalmente distinta de la de ellos.

En efecto, en el hombre el deseo es más intempestivo; se impone a todo el ser mediante una solicitud brusca y evidente.

En la mujer, el nacimiento del deseo es más sinuoso, la necesidad física más interiorizada y difusa; a menudo, el deseo es en ella menos directo y localizado.

Es muy importante que el hombre advierta que, en las mujeres, lo psíquico y lo físico están íntimamente ligados, hasta el punto de que hay pocas mujeres que pueden hacer el amor con un hombre sin sentir algo por él; por contra, esto es muy corriente entre los hombres.

El psiquismo de la mujer, su estado de ánimo, su afectividad y su amor van así a intervenir de manera primordial en sus sensaciones físicas. En una mujer que no tiene ganas de hacer el amor o que está contrariada, el placer se verá terriblemente mitigado y el intercambio sexual no hará más que agravar su contrariedad y su falta de ganas.

Es en extremo importante recordar placeres sensuales vividos en común para estimular el deseo, por lo que sería un grave error forzar a una mujer a hacer el amor cuando no tiene ganas: podría retardar aún más su próximo deseo. Si un hombre no se preocupa por despertar mediante caricias preliminares el cuerpo de la mujer y si ésta se ve frustrada a menudo en su placer, puede perfectamente convertirse a la larga en alguien psíquicamente frígido; es decir, que temerá un acto sexual tan poco satisfactorio y no obtendrá de él ningún placer. Un bloqueo psíquico puede así obstaculizar el placer físico de la mujer, pese a que ningún órgano esté perjudicado y el bloqueo no se pueda definir como neurótico, ya que estará localizado únicamente en su compañero de lecho. Si esta mujer hace el amor con otro hombre, más avisado y más sutil, recuperará instantáneamente todo su potencial de sensualidad.

En el hecho de despertar progresivamente a la mujer en todas las zonas erógenas de su cuerpo incide, por lo tanto, una armonización psíquica de los dos amantes.

Es el tiempo necesario para que dos seres establezcan una ruptura o en lo cotidiano y refuercen su relación afectiva.

Si la mujer no tiene una sensualidad óptima en ese momento, quiere decir que la relación amorosa no está actualizada o no es demasiado rica. En este caso, es preferible anudar una conversación íntima con la mujer, acariciándola y sin solicitarle nada, de modo que se pueda restablecer la armonía sentimental. Hay que esperar el momento en que ella esté perfectamente dispuesta, para preservar la concordia de la pareja.

Las caricias preliminares son pues una necesidad para la mayoría de las parejas: no tenerlas en cuenta puede crear numerosos problemas, tanto en el plano sentimental como en el sexual.

Por cierto, no hay que tomar esta consideración a rajatabla: es más bien un principio básico de la relación que, en momentos excepcionales, puede ser radicalmente transgredido.

Podemos también encontrar el exceso contrario, es decir, el hombre que prepara casi sistemáticamente a la mujer, con una lentitud calculada, hasta que su compañera se irrita con esta lentitud y su deseo desciende al sentir frenada su espontaneidad.

Este caso revela varios errores:

1) El hombre no ha advertido que la mujer deseaba una intensidad mayor en las caricias.

2) Permanece en un punto preciso o en una caricia determinada sin darse cuenta de que ya no existe respuesta positiva de su compañera y que habría necesitado cambiar de táctica.

3) Se dedica a hacer algo que previo o decidió de manera sistemática, es decir, sin entregarse él mismo sensualmente y olvidando anteponer la espontaneidad y el diálogo entre ambos cuerpos.

Felizmente, el ser humano es muy complejo; nunca un día es igual al siguiente; esto también es válido para los sentimientos o las sensaciones. Lo que permite que el intercambio amoroso no sea nunca idéntico a sí mismo y conserve todo su encanto.

Es importante darse cuenta de que mientras más rica sea la personalidad de alguien, más complejo será su psiquismo, más facetado; asimismo, mientras más compleja es la persona que tienes contigo, más primordial será la necesidad de vivir lo inesperado, la profundidad sensual, la espontaneidad y la armonía. Por ejemplo, cuando sientes que tu amiga se halla con un humor particularmente expansivo, nada impide que la solicites franca y apremiantemente. Y si tu solicitud ocasiona una reacción sensual igualmente intensa, puedes entablar la relación casi sin preliminares. En efecto, lo interesante es que varíes tus maneras de acercarte; esto es tanto más necesario cuanto estable y durable sea tu relación.

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