El arte de desvestir

El desvestir es un arte tan sutil como importante, pues introduce, junto a las caricias preliminares, toda la diferencia entre un intercambio amoroso lleno de delicadeza y de sabor y un acto puramente físico e instintivo. La mayoría de las mujeres adoran ser desvestidas sensualmente. Para el hombre es un descubrimiento paso a paso, siempre nuevo, de la desnudez femenina. Es el velo de Isis que se levanta con respeto. Con cada vestido se retira el caparazón personal, los problemas cotidianos, la máscara social; en fin: el mundo exterior. Por esta razón, mientras más se acerca uno a la desnudez más se establece una ruptura con el universo superficial de lo cotidiano. Así se pueden alcanzar los niveles profundos del psiquismo en los que el ser está en armonía consigo mismo y con el otro. El desvestir es una poesía de la ternura, es un cuidado de la belleza, y por ello algunas mujeres se sienten violentadas si no se las desviste con arte.

Ciertos hombres consideran que hay que desvestir voluptuosamente a la mujer sólo la primera vez; luego, cuando ha pasado el tiempo, creen que la mujer puede desvestirse sola, o lo hacen con precipitación, como si el vestido fuera únicamente un obstáculo antes de pasar a cosas más serias. Éste es un error, pues la mujer siente intensamente la falta de atención que crea un abismo con relación a la primera experiencia. Ella deducirá de esto, y no sin razón, que el clima generoso que presidió una experiencia en la que el hombre no estaba todavía seguro de lograr sus fines, ha ido degradándose progresivamente. Lo mismo sucede con las caricias iniciales del rostro y de los senos.

Si un hombre, tras una o dos experiencias ricas, comienza a esperar que la mujer se haya instalado en la cama para acercarse, más le valdría a ésta que se buscara otro amante. El acto, reducido así a su mínima expresión, sin que el hombre se ocupe del placer de la mujer, hace que la relación sexual se convierta rápidamente en decepcionante y carente de sabor.

Si la mujer ya no obtiene placer, el hombre no podrá volver a sentir la alegría infinitamente superior que procura la armonía erótica. La rutina y la precipitación, en el acto amoroso, son los dos males mayores que se deben evitar, pues son fuente de malestares que crecerán con el tiempo.

Desvestir, lejos de ser algo superfluo, es así un paso muy erótico del acto mismo, a igual nivel que las caricias preliminares. Esbozaremos un ejemplo típico, siguiendo el desarrollo del acto sexual; aunque, para que se trate verdaderamente de un arte, debe ser una creación espontánea, diferente en cada oportunidad.

 

Caricias de los senos a través de la ropa


Estas caricias son de primerísima importancia para llevar a las mujeres a un estado de deseo apasionado; algunas sentirán su falta si tú las omites, otras no se despertarán sexualmente mientras no les hayas acariciado los senos y no sentirán más que un placer limitado si los dejas de lado. Como preludio del acto, estas caricias aportan una dulzura particular pues el pecho es un don de amor y de vida. En el hombre que acaricia, se establece una relación con el elemento maternal, suave y protector. La mujer, cuyo deseo se agudiza de esta manera, propaga las ondas calurosas del lado sentimental y generoso de su amor.


Caricias cubriendo los senos

Pon tu mano abierta sobre el seno, con una presión ardiente de la palma, sea por arriba o sea apoyando directamente la palma en el centro. Luego apriétalo suavemente con tus dedos y haz correr la mano desde la base del seno hasta el pezón, manteniendo una presión firme pero suave. Insiste con fuerza en el hecho de abarcarlos bien y en el pellizco del pezón. Repite este gesto haciéndolo alternar con una presión de la punta de tus cuatro dedos planos sobre el pezón, al tiempo que imprimes un movimiento giratorio al seno mismo. Evita los apretujones laterales del seno que son desagradables. Los movimientos giratorios con presión son los más armoniosos y suaves.
También puedes pellizcar el pezón con pequeños movimientos resbaladizos o rotatorios.
Cuando el deseo de la mujer se despierta, el pezón se pone erecto y se contrae.

Posturas para acariciar los senos

En las caricias del pecho es preferible colocar a la mujer en una posición cómoda en la que pueda abandonarse. Entre todas las posturas imaginables:

— La mujer aún está de pie y el hombre la enfrenta. Cuando su placer crece, llévala hacia la cama o hacia un sillón.

— La mujer está de pie y el hombre por detrás, con los brazos bajo los senos. Simultáneamente puede, en esta postura, besar su cuello.

— El hombre está sentado, teniendo a la mujer sentada entre sus piernas replegadas.

 

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