Una raíz interesante
La civilización helénica recogió, asimiló y puso en orden los conocimientos y los mitos del Cercano Oriente mesopotá-mico. La filosofía jónica, en el siglo VI a. de C., ya había extraído numerosas nociones de Babilonia y Egipto. Pero los filósofos griegos, y en particular Tales de Mileto y sus sucesores, trataron de dar una explicación racional al universo, alejándose mucho de la hierática concepción oriental. Como bien dice Boíl: "El gran filósofo Anaxágoras ve en el cielo su patria, y en la contemplación de las estrellas su alta misión; pero el objeto de su investigación no es el éxtasis religioso, y menos aún la temblorosa sumisión al destino desvelado por el firmamento; se trata de un conocimiento racional que no duda en llamar al sol piedra encendida, y que gracias a una explicación puramente naturalista deja al fenómeno inquietante del eclipse lunar libre de horrores."
También la luna, aunque mantiene su aspecto divino y se convierte en el arquetipo femenino, llega a tener otras connotaciones. En Esquilo, en los Himnos homéricos y en la Ilíada recibe el nombre de Mene, un nombre que procede de la raíz meter (madre) y de metra (matriz, vulva, útero). De esta raíz "matriarcal" derivan otros términos relacionados con la medición y, según Platón, con el órgano de la medición tal como se le entendía, la mente: mens, mes; metron, medida; Metis, sabiduría, nombre de la primera mujer de Zeus y de la madre de Atenea; medonai, medito, considero (y de ahí la maga Me-dea); mekame, máquina, recurso, artificio (recordemos que es la virgen Atenea quien enseña a los hombres la técnica y las artes manuales), hasta llegar a manía, locura, desatino, entendida más a menudo como el furor profético que Apolo comunica a la locura. Estas raíces etimológicas, asimiladas por los romanos, dieron lugar a las palabras latinas mensis (mes) y menstruus (mensual, menstruo), representativas del ciclo del calendario y del ciclo fisiológico femenino, ambos relacionados con la luna.
Cuando cayó en desuso el nombre de Mene, se utilizó para la luna el de Selene, que deriva de la raíz selas (esplendor, luz), a la que corresponde en latín lux, luceo, y de ahí luna.

Selene arrastrada por dos caballos, en una cerámica griega