Tarot 806--------|Horoscopo 2010

Nocturno poético

Si la luna no existiera seguramente la habría inventado un poeta. La reina de la noche es la inspiradora perfecta de los versos de amor, de las preguntas existenciales y de las eternas ilusiones. Resulta ideal para crear atmósferas idílicas, por lo que tiene un lugar asegurado en los cielos más altos de la poesía de todos los tiempos y todos los países. En la literatura española, la luna resplandece con su purísima luz: fray Luis de León, en Noche serena, canta:

"La luna cómo mueve
la plateada rueda, y va en pos de ella
la luz do el saber llueve."

También Quevedo habla de ella y de

"las tres caras que muestra diferentes, ya la vemos menguante, ya creciente,
ya en la sombra el eclipse nos la entierra;
mas a los seis planetas no hace guerra,
ni estrella fija sus injurias siente".

Toda la literatura romántica es nocturna y melancólica, iluminada apenas por la claridad del pálido rayo lunar como en un paisaje de Friedrich. El joven Werther no hubiera podido expresar su enfermedad vital sin ese astro confidente y a la vez remoto. Una de las leyendas de Bécquer lleva precisamente por título El rayo de luna: en ella, el triste y solitario Manrique, durante noches y noches persigue una luz blanca y brillante que supone es la orla del traje de la mujer de sus sueños. En El estudiante de Salamanca, de Espronceda, tampoco podía faltar la luna, y esta vez aparece dentro del clásico entorno nocturno de los románticos:

"Melancólica luna
va trasmontando la espalda
del otero: su alba frente
tímida apenas levanta,
y el horizonte ilumina."

En una época más reciente Antonio Machado nos habla de la luna en las tierras castellanas de Soria: "¡Luna amoratada de una tarde vieja!", y también de la bella luna andaluza:

"¡Desde mi ventana, campo de Baeza, a la luna clara!"

Esta referencia literaria sobre la luna pasa necesariamente por la generación del 27: ninguno de los diez poetas de esta gran generación se ha olvidado de la luna. La luna de Lorca, siempre unida a los gitanos:

"Ajo de agónica plata
la luna menguante"

y la de Guillen con su "fulgor familiar". Cernuda se lamenta en su Noche de luna de que

"vida tras vida, fueron
olvidando los hombres
aquella diosa virgen".

Gabriel Celaya, poeta de la posguerra, nos consuela al decirnos que

"pese a todos los cohetes,
la luna
imprescindible
aún nos dará que hablar".

El futurista italiano Marinetti grita, iconoclasta, a principio de siglo, "¡Fusilemos el claro de luna!", pero, como hemos podido comprobar, no se le hizo mucho caso.