Del "mal de luna" a los "golpes de luna"
Esta ciencia astrológico-médica, continuada y enriquecida durante la Edad Media, tuvo célebres cultivadores en el Renacimiento, desde Cornelio Agripa a Pietro Abano y Marsilio Ficino, Santorio y Paracelso.
Paracelso (médico, alquimista y para algunos, brujo), recogiendo la analogía de la luna con el agua, estudió la influencia de este satélite sobre el cerebro, cuyas patologías siempre habían estado estrechamente relacionadas con aquélla. La epilepsia, llamada también enfermedad sagrada, mal caduco y "mal de luna", fue considerada como una alteración típicamente lunar.
Se creía que la exacerbación de crisis terminaba el tercer día después de la luna llena, y que los epilépticos se resentían de forma especial durante las fases lunares; esta creencia, compartida en la Antigüedad por investigadores y poetas, se ha conservado hasta bien entrada la segunda mitad del siglo pasado.
En efecto, se curaba a este tipo de enfermos con exorcismos realizados durante la fase de luna creciente, y se tenía la certeza de que esta enfermedad tenía mucho que ver con la posesión por parte del demonio. Ya en el Evangelio de Mateo, cuenta una parábola cómo Jesús sanó a un joven epiléptico arrojando a los demonios fuera de su cuerpo.
Y Tomás de Aquino, en el siglo XIII, en la Summa Theologica, afirma: "Por tanto, al ser de manifiesto que la parte más húmeda del cuerpo humano es el cerebro, según la acertada observación de Aristóteles, precisamente el cerebro es quien se ve especialmente sujeto a la acción de la luna, que posee la propiedad de actuar sobre los elementos húmedos; y al ser el cerebro la sede de las fuerzas animales, he aquí que los demonios turban la imaginación del hombre, según las distintas fases lunares, de modo que notan en el cerebro una disposición favorable a sus funestos influjos." Por lo que respecta a las hemicráneas, el filósofo y teólogo medieval Alberto Magno las llamaba "golpes de luna", y la creencia popular se las atribuye, todavía hoy, a las influencias del astro durante su último cuarto.
Para prevenirse de ellas, se debían rezar oraciones (tres avemarias y tres padrenuestros) en el momento en que el primer gajo de luna se dejaba ver. Los recientes estudios de biología y de fisiología no confirman ninguna de estas creencias. Sin embargo, Frank A. Brown, un biólogo estadounidense de la Universidad de Evanston ha podido establecer una correlación entre los ritmos lunares y la actividad biológica de algunos seres vivos.
