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La meta del viaje

Muchos escritores a este lado de la luna han sentido, desde siempre, el deseo irresistible de cruzar el espacio y tocar el suelo lunar, aunque sólo fuera con la fantasía. Hace ya cinco mil años cierto rey Etan soñó con huir de la tierra y trepar hasta las estrellas, según cuentan las tablillas de barro cocido descubiertas en la biblioteca de Asurbanipal, en Nínive. Etan voló, vio la tierra rodeada por los océanos, "como un pan en un cesto"; luego, la visión desapareció y se perdió en los inmensos espacios siderales.

En los mitos orientales de la India, Persia, China y Japón, no suelen faltar viajes extraterrestres, pero se considera que fue Luciano de Samosata, que vivió en el siglo II después de Cristo, el auténtico pionero de la ciencia-ficción lunar. Era un sirio-griego extravagante, irónico y desencantado, lo mismo que La historia verdadera, donde habla precisamente de su luna increíble. Dice en ella que sus habitantes comen ranas voladoras, tienen vestidos de cristal o de cobre, exprimen el aire para beber y se reúnen en el fondo de un pozo para escuchar lo que se dice sobre la tierra... Para llegar a este extraño mundo, "como en una isla brillante, flotando en el aire", Luciano imaginó barcos de vela sorprendidos por la tempestad, pero a la luna de la fantasía se puede llegar con los medios más variados.

El poeta persa Firdusi, mil años después de Cristo, envía al jeque Kaikos hasta la luna en una balsa tirada por cisnes salvajes. Seiscientos años más tarde, Kepler utiliza demonios como propulsores y Ariosto inventa el hipogrifo para su héroe Astolfo, mientras que Cyrano de Bergerac fantasea con su carro espacial propulsado por cohetes. Francis Bacon piensa llegar a la luna montado en aves domesticadas para la ocasión, y el barón de Münchhausen es enviado hasta allí por su creador, Rudolph Erich Raspe, gracias a las prodigiosas propiedades de una alubia española que crece con enorme rapidez y que "espontáneamente se enredó en uno de los cuernos de la luna".

Verne, tan profeta como de costumbre, se acerca más que ningún otro a lo que sería la realidad del Apolo, imaginando ya entonces una cápsula espacial. Pero también los hay que llegan a la luna en globo: Hans Pfaal, creado por Edgar Alian Poe, es quien inaugura oficialmente la ciencia-ficción, y nuestro siglo empieza con El primer hombre sobre la luna, una novela de Wells, seguida de innumerables relatos ambientados en el astro, hasta llegar a 1969, cuando triunfa la realidad y los escritores se refugian en otros planos y otros planetas...

la luna

Ilustración decimonónica para la novela Viaje a la luna, de Julio Verne.