Enamorarse bajo la luna
¿Y los enamorados? Es inútil esquivar este capítulo inevitable, tocándolo aquí y allá de refilón en un desesperado intento de no caer en las redes del tópico. La luna, casamentera, celestina, cómplice y espía, ayuda a los amantes, los protege y los consuela. Además, ha sido la primera en tener muchas historias de amor, desde el hermoso Endimión, al que besaba en sueños y del que tuvo cincuenta hijos, hasta su eterno enamorado, el sol, que la persigue loco de amor por los cielos, mientras ella se divierte esquivándolo y saliendo únicamente de noche...
¿Cuántas palabras apasionadas, verdaderas o engañosas, se siguen pronunciando bajo su mirada de luz? Y sin embargo, ya Julieta sabía que no se podía fiar de los juramentos inspirados "en el inconstante astro que cambia todos los meses". Pero es inútil, la luna se ha instalado desde siempre en el cielo del amor, incluso en el bendito y consagrado, azucarándose con miel para los recién casados, y nada ni nadie puede quitarle su liderazgo amoroso.
Dejadnos cantar
Sobre el mar de la canción luce el astro de plata hasta la saciedad. Ya sea en versión clásica, infantil o rock, la luna se presta a todo. Aún hoy las niñas cantan: "Quisiera ser tan alta como la luna, ay, ay, como la luna, para ver los soldados de Cataluña..." Pero, evidentemente, ella prefiere los ritmos lentos y las palabras tiernas y anhelantes: "La luna es astro nupcial, que alumbra sin dar calor, y en el fulgor de su gran fanal se oye la voz del amor." También la canción popular la elige muchas veces de protagonista y le otorga atributos físicos: "Luna, luna de España cascabelera, luna de ojos azules, cara morena."
Tan atractiva es, que hasta el sol se enamora de ella: "La luna es una mujer y por eso el sol de España anda que bebe los vientos por si la luna lo engaña"; ¿y quién no recuerda a "ese toro enamorao de la luna que abandona por la noche la maná"'*
Hartos de lunas mentirosas, marineras, enamoradas, hemos tratado incluso de asir el reflejo de la luna sobre los tejados... "Guarda che luna", decía Buscaglione, y en una "notte di luna calante" terminaba un verano espléndido de los años sesenta... A decir verdad, se había llegado a cierta saturación. Un puntilloso cronista italiano resaltaba que en el festival de la canción napolitana de 1957, de las veinte canciones representadas, nada menos que diez, la mitad, incluían de alguna manera al satélite del amor. Ninguna de esas composiciones ha sobrevivido, pero aquellas a las que favoreció la fama y la fortuna han llegado a ser tan indiscutibles, que aunque ningún letrista encontrara ya inspiración en el astro de plata ya serían suficientes para siempre.