Zeus y Leda
La mitología griega es la que nos ha llegado más directamente y con toda su primitiva fuerza, porque los griegos eran poetas y supieron convertir sus viejas leyendas en bellos poemas que casi en su totalidad han llegado hasta nosotros. Muchos nos son conocidos por sus traducciones y siguen siendo leídos.
Así, la leyenda mitológica y heroica de la Grecia antigua y, con ella, todas sus historias de amor y de muerte, han sido tema literario de todos los tiempos y de todos los países. Y un tema tan enorme, tan vasto, que bien puede decirse que abarca todo el drama de la pasión humana. Esta leyenda prodigiosa no es fruto de la imaginación de los poetas cuyos nombres han llegado hasta nosotros, sino de otros poetas más antiguos, desconocidos, que la fueron urdiendo para que otros poetas posteriores la pudieran tejer definitivamente, al recopilarla y perfeccionarla en sus obras.
La principal recopilación de este fabuloso mito es la obra de Hesíodo La Teogonia y Los Días; la Odisea y la Ilíada de Hornero, y las tragedias de Esquilo Prometeo encadenado, Las Suplicantes, Los siete contra Tebas y La Orestíada, trilogía heroica formada por Agamenón, Las Coéforas y Las Euménides.
Uno de los principales protagonistas de la mitología griega es Zeus, llamado el padre de los dioses. Lo fue de muchos y también de muchos héroes y semidioses, pero no de todos, porque él también nació de la unión de dos dioses anteriores, Cronos y Rea, en la isla de Creta, y, según parece, a escondidas.
Cronos, el padre de Zeus, se había rebelado contra su propio padre Urano (el cielo) que estaba casado con Gea (la tierra). Cronos, para evitar complicaciones hereditarias, mutiló bárbaramente a su padre, le destronó y se puso en su lugar. Rea, su esposa, que era también su hermana (pues ésta es la única solución en el comienzo de los tiempos) tuvo cinco hijos: Hestia, Deméter, Hera, Haides y Poseidón. Su padre los devoró a todos apenas nacidos, pues temía que hicieran con él lo mismo que él había hecho con el padre propio, Urano. Y Rea, cuando el sexto embarazo, huyó a la isla de Creta, se escondió y allí nació Zeus.
Cronos, a pesar de todas las precauciones de la madre, se enteró del nacimiento y corrió en busca del hijo. Rea le ofreció una piedra envuelta en pañales manchados de sangre y Cronos devoró la piedra convencido de que se estaba comiendo a su último hijo. Zeus se hizo hombre, se enteró de todo lo ocurrido y un día dio un bebedizo a su padre y le hizo vomitar los cinco hijos que se había tragado años antes. Los seis hermanos lucharon contra el padre, le vencieron y Zeus se estableció como dueño y señor del cielo y de la tierra.
Zeus, al principio de los tiempos, se encontraba solo, y para cumplir su alta misión de poblar el Olimpo de dioses y la tierra de héroes, no tuvo más remedio que casarse varias veces y tener, además, frecuentes aventuras, no sólo con otras diosas, sino con mujeres mortales. Para llegar hasta ellas se valió casi siempre de engaños y de metamorfosis. En su forma divina no se podía aparecer, pues ya veremos las fatales consecuencias que tuvo para la mujer la única vez que lo hizo. En forma humana corriente quizás le parecía poco para él. Como fuese, acudió a las formas menos tenidas como objetos de amor: animales, lluvia, nubes...
De sus amores con las diosas nacieron siempre dioses. De sus amores con mujeres mortales nacieron semidioses y héroes, todos a última hora premiados con la inmortalidad. Aunque muchos de ellos (es el caso de Hércules) fueron mortales y hasta murieron como los hombres, después, gracias a su origen a medias divino, fueron proclamados inmortales. Ésta es la diferencia esencial entre los dioses y los semidioses: los dioses nacen inmortales: los semidioses pueden nacer mortales y morir como los hombres, pero después de muertos alcanzan la inmortalidad.
Zeus tuvo hijos conocidos con quince mujeres. Algunos de estos hijos son grandes héroes legendarios. Hércules, Perseo, Minos, Castor, Pólux, Kermes, Argos, Dionisos y Helena, la famosa causante de la guerra de Troya, la mujer más bella de cuantas existieron jamás, son hijos de Zeus.
Y algunos de esos hijos son fruto de amores dignos de figurar entre las más bellas leyendas.
Leda es hija de un rey de Etolia, llamado Testios, y de Euristemis. Es de una belleza tan sorprendente que hasta llama la atención al propio padre de los dioses. Ya hemos dicho que, en la región del mito, siempre el fundamento de un gran amor apasionado es la belleza de la mujer. Ninguna otra cualidad suscita amor. El hombre legendario sólo ama la belleza, o sólo ama a la mujer por su belleza. Y la mujer, legendariamente, sólo es instrumento de amor. Todo lo demás es cosa privativa de los hombres. Y hasta las mujeres guerreras, las Amazonas, cuando pasan a la leyenda es por su belleza inspiradora de amores, en general muy bien correspondidos. Nunca los hombres, ni los poetas con ellos, han agradecido a la mujer que tomara las armas en defensa de una causa. Y siempre le han agradecido que fuese bella sin par.
Antes de que Zeus la descubra, un hombre se ha enamorado de Leda. Es Tíndaro, un rey de Esparta huido, que se ha refugiado en Etolia después de que sus hermanos le destronaron y le querían matar. Testios le da hospitalidad y le presenta a Leda, su hija. En cuanto Tíndaro la ve, le gusta tanto que le pide que se la dé también. El rey accede y Tíndaro y Leda se casan. Entonces Hércules les ayuda a reconquistar Esparta. Tíndaro vence a sus hermanos y recupera el trono.
Por aquellos tiempos, Zeus decide crear la casta de los semidioses, destinados a ayudar o a fastidiar a los hombres, según el humor. Quiere que los primeros semidioses tengan una belleza perfecta y les busca como madres a las mujeres más bellas de la tierra. Como padre se basta a sí mismo; pues por algo es también el padre de los dioses.
Tiene noticias de la belleza de Leda y decide hacerla madre de semidioses. Tíndaro no le sirve como padre, porque es mortal y los hijos de dos mortales sólo pueden ser mortales como sus padres. No ha visto todavía a Leda con sus propios ojos de dios. La quiere ver antes de elegir el rival de Tíndaro, y una tarde, a la hora del paseo de Leda, se oculta entre los arbustos del jardín real. La ve, le gusta mucho, la ama y da por resuelta la cuestión del padre: será él mismo.