Zeus e Io
El drama, en los devaneos de Zeus con las mujeres mortales, surge casi siempre por la intervención de Hera, esposa del padre de los dioses. Esta diosa reacciona por ventoleras. Algunas veces está muy atenta a los pasos de su esposo y se ensaña con las pobres mujeres que han colaborado con él en la infidelidad, y otras veces no se entera de nada y hasta consiente.
El primer rey de los pelasgos, fundador de esta raza, se llama Inalco. Tiene varios hijos y una hija llamada lo, tan bella, que Zeus, en cuanto la ve, se enamora de ella perdidamente. Io entonces, como buena princesa de leyenda, se dedicaba a apacentar los rebaños de su padre el rey. Un día se le aparece un joven cazador y le habla así:
—Estoy perdido en el bosque. ¿Puedes indicarme el camino de la ciudad más próxima?
—Yo soy la hija del rey de la ciudad y puedo acompañarte.
Por el camino el cazador intenta amarla y ella le rechaza. Es la primera vez que tiene un encuentro con un desconocido y sospecha que pueda ser un engaño de los dioses.
Io ruega a su padre que no la mande más al monte con los rebaños. Ya le da miedo estar allí, sola, todo el santo día. El padre le mira el rostro y le advierte:
—Si te quedas aquí, será peor. Eres demasiado bella para estar entre los hombres.
Ya entonces, como ahora, la belleza era un don maravilloso y a la vez un castigo, y las mujeres demasiado bellas estaban más destinadas a ser muy desgraciadas que a ser muy felices. Sólo ellas han sido protagonistas de la leyenda que, en general, tiene resonancias trágicas.
Io vuelve al monte con los rebaños, y allí la sorprende un peregrino, que se le acerca y le dice:
—Estoy perdido en el bosque. ¿Puedes indicarme el camino de la ciudad más próxima?
—Yo soy la hija del rey de la ciudad y puedo acompañarte.
Por el camino el peregrino intenta amarla y ella se defiende. Y otra vez ruega a su padre que no la mande más al monte con los rebaños. El padre no cede:
—Aquí, en palacio, corres más peligro, hija mía. Cuando los príncipes te conozcan, todos te pretenderán, y yo no podré darte por esposa a todos.
Io vuelve al monte con los rebaños, y allí se le acerca un joven príncipe forastero que le pide ayuda en la misma forma que antes el cazador y el peregrino.
—Estoy perdido en el bosque. ¿Puedes indicarme el camino de la ciudad más próxima?
Ella, muy escamada por la repetición del encuentro y de las palabras, contesta como las otras veces:
—Yo soy la hija del rey de la ciudad y puedo acompañarte.
También el joven príncipe intenta amarla y también ella se defiende. Está muy asustada y teme que las tres apariciones estén ligadas con algún misterio en el que intervengan los dioses. Y aquella vez dice a su padre que está decidida a no volver al monte. Quizás se habría resignado ante la fatalidad si hubiese sabido que los tres mozos, el cazador, el peregrino y el príncipe, eran tres formas humanas de Zeus, el padre de los dioses.
Inalco la manda entonces al templo de la diosa Hera, esposa de Zeus, como guardiana y sacerdotisa.
—Esta diosa te protegerá — le dice.
Se equivoca, pues todas las desgracias posteriores de lo serán debidas a la intervención de Hera. Los dioses de entonces eran apasionados y lo mejor que podían esperar de ellos los hombres era que les dejasen en paz.
Zeus busca a lo, la encuentra y continúa apareciéndosele en formas distintas. Ella advierte una cierta semejanza en todas las apariciones, piensa que todas son formas distintas del mismo ser, pero no sabe de quién. Zeus pretende inspirarle amor. Parece que esto de inspirar verdadero amor a las mujeres mortales ha sido siempre una de las mayores ilusiones de los dioses, y también este tema podría convertirse en un mito: el del deseo, a veces irresistible, que sienten muchos hombres superiores de inspirar amor a mujeres que ni en situación, ni en genio, ni en inteligencia podrían competir con ellos.
Y un buen día Zeus, que ya no puede dominar su amor, se transforma en una nube vaporosa, de sustancia de oro, y en esta forma envuelve a su amada lo. Ella siente un raro aliento a su alrededor, una rara humedad tibia, un raro calorcillo espeso, se le va la cabeza y el corazón se le despierta a las irresistibles melodías que suenan a su alrededor. Y oye una voz que le susurra:
—Soy Zeus, el padre de los dioses, y tú, lo, serás mi esposa.
El nombre del dios le produce un efecto mágico. Olvida su condición de sacerdotisa de Hera, precisamente la esposa divina de Zeus, y se siente invadida por un dulce sueño de amor. Zeus consigue entonces satisfacer su amoroso afán, y mientras lo consigue, para evitar cualquier enojosa intervención, forma una nube espesa que les rodea y les oculta.
Pero Hera tiene mal día. Está inquieta y celosa. Hace rato que no ve a Zeus. Le llama, no le encuentra y siente la primera sospecha. Conoce las veleidades de su señor esposo con las hijas de los hombres, baja a la tierra y empieza la indagación. Pronto descubre una rara nube, formada sin más ni más y que no tiene lluvia dentro, en un día sereno de sol. Una nube que sólo puede estar allí para ocultar algo que ocurre dentro de ella. Usa de su poder divino, sopla con toda su fuerza sobre la nube y la disipa.
Zeus, que es el más poderoso, ha presentido la presencia de Hera, y en el mismo momento en que se disipa la nube que le oculta, convierte a lo en una hermosa becerra de pelo dorado. Y así Hera le encuentra allí solo, a la orilla del río, y ve a poca distancia una becerra que pace la hierba.
—¿Qué haces aquí?
—Nada. ¿No lo ves? Tomaba el sol.
Hera observa la becerra y la ve rara, más bella que todas, con el pelo más fino y sobre todo con una rara expresión de amor y de tristeza en los ojos.
—¿Y esta becerra?
Zeus se hace el desentendido.
—Está aquí paciendo. Es todo lo que de ella sé.
—¿Te pertenece?
—Todo me pertenece. Pero quédatela, si te gusta,
Hera se apodera en seguida de la becerra. No puede ver que en ella late un corazón de mujer enamorado, pero sí comprende que hay un misterio y ha decidido descubrirlo. Le ata al cuello un cinturón de oro y así la lleva hasta una pradera donde vive Argos, el monstruo de los cien ojos que nunca los cierra todos y nunca está completamente dormido.