Tarot 806--------|Horoscopo 2010

 

Zeus e Io

 

—Guarda esta becerra —le dice—. La confío a tu vigilancia. Déjala pacer durante el día y enciérrala durante la noche. Pero ¡ay de ti si la dejas escapar! Te costará la vida.
—¿De quién es la becerra?
—Mía.
Argos mira a todas partes, cosa facilísima para él, con sus cien ojos, y pide a la diosa que encargue la vigilancia a otro. Él prefiere ser feliz y vivir en paz. Sabe cuáles son las consecuencias de estar al servicio de una diosa en cosas que otro dios puede querer al revés. Pero Hera insiste y el pobre Argos tiene que obedecer.
Argos es un verdadero monstruo y nadie le quiere. Cumple las órdenes en frío sin intentar siquiera despertar compasión o ternura en el corazón de la becerra. Lo mismo le da. Sabe que él no puede ser objeto de sentimientos tiernos. Esos seres deformes, que no pueden ser amados, han sido siempre los mejo res carceleros. Argos, ya con la becerra en su poder, la deja pacer durante el día, sin perderla nunca de vista, pues en cualquier posición en que se eche a descansar siempre la ve con alguno de sus cien ojos. Y de noche la encadena y la encierra en una gruta.
Io, cuando se ve tan maltratada por culpa del amor que ha inspirado a un dios, trata de inspirar compasión a su guardián. Quiere decirle quién es y contarle toda la verdad, y entonces, en vez de voz humana, le sale un berrido, con el que no consigue hacerse entender. Intenta juntar las manos ante Argos, en un gesto de súplica, y advierte que en vez de manos de mujer tiene patas de animal. Se acerca a mirarse al espejo del agua de un río y ve su cabeza deforme y su rostro feo. Sus ojos se llenan de lágrimas y el viento, más compasivo que los hombres, se levanta y se las seca.
Un día Zeus pregunta a su esposa:
—¿Y aquella becerra que te di? ¿Dónde la tienes?
Hera miente. Dice que la confió a Argos con la orden de llevarla de un sitio a otro en busca de los pastos mejores y que no puede saber dónde está en aquel momento. Y antes de que Zeus intente buscarle, corre a advertir a Argos y le manda llevarla siempre, desde entonces, de un sitio a otro. Piensa que así será menos fácil que Zeus la encuentre.
Y así la pobre becerra emprende una larga peregrinación por el mundo, como esclava del monstruoso guardián. Llegan un día a la tierra de los pelasgos, la patria de lo. Ella reconoce en seguida su amada tierra. Ve a sus hermanas que están jugando en un prado y se acerca a ellas. Ellas no la reconocen y hasta la rechazan. Acude el padre y ellas gritan:
—¡ Una becerra que no nos deja jugar!
El padre está triste desde la desaparición de su hija lo y se siente inclinado hacia todos los que sufren. Ve una expresión dolorosa en los ojos de la becerra, le acaricia el rostro y se deja lamer la mano. Le extraña que el animal le demuestre tanto cariño. Y entonces la becerra traza con una pata un nombre sobre la tierra: lo. Así al fin el padre comprende, pero sólo es para entristecerse más, pues él no puede hacer nada para devolver la becerra a su forma primitiva.
Anochece, y Argos reclama su becerra. Inalcos se la quiere quedar, pero es en balde. Argos se la lleva, la encierra en una cueva y la encadena como todas las noches. Antes de amanecer la saca y se la lleva lejos de allí. Desde entonces sólo la deja pacer en sitios solitarios. Él sube a una cumbre próxima, desde donde, con sus cien ojos, observa hacia los cuatro costados.
Zeus, entretanto, sigue acordándose de lo y de su belleza. Quiere recuperarla y al mismo tiempo quiere obrar con cautela para no indisponerse con su esposa Hera. Llama a su hijo Hermes, el bienamado, el que le ayuda en todas las aventuras de amor, y le pide que intente dormir a Argos, pues sólo así podrán recuperar a la becerra.
Hermes es músico y toca muy bien la flauta. 2 Toma la forma de un pastor, se apodera de un rebaño de cabras y va con ellas a situarse cerca de la pradera solitaria donde pace la becerra lo. Allí, mientras su rebaño pace, se sienta en una piedra y empieza a tocar. Argos oye la música desde la cumbre, le gusta y se alarma al mismo tiempo, pues es el anuncio de alguna presencia humana. Baja de su cumbre y, sin hacer ruido, se acerca al pastor. Nunca ha oído tan dulces melodías. Mientras el pastor toca, no le interrumpe. Cuando el pastor descansa, se acerca a interrogarle:
—¿Quién eres?
—Un pastor. ¿No lo ves?
—¿De qué rey?
—Del rey de Coléis. ¿No sabes que estamos en Coléis?
Es un nombre que se acaba de inventar el pastor, pero desde aquel momento aquélla se llamará la tierra de Colcis.
—¿Sabes que tocas muy bien?
Hermes saca entonces otro instrumento que llevaba oculto, una siringa, y dice:
—Mejor toco con este otro instrumento. ¿Lo quieres oír?
Argos nunca ha visto una siringa y pregunta a Hermes de dónde la ha sacado.
—Es una historia larga de contar. Te la contaré después, Escucha el instrumento, primero.
La siringa es un instrumento más complicado que la simple flauta, que más tarde adoptó, para su placer, el dios Pan. Está formada como por varias pequeñas flautas de distintos tamaños, unidas en una sola pieza. Hermes empieza a tocar melodías suaves y lentas como canciones de cuna. Observa a Argos mientras toca y ve que algunos de sus ojos se cierran. Y sigue tocando sin cesar, cada vez con mayor suavidad.
Argos siente que le empieza a vencer el sueño. Ya con la voz velada, pregunta:
—¿Por qué no me cuentas la historia de este instrumento?
—Es larga. Si tienes paciencia para escucharme, te la contaré.
Ha empezado a caer la noche. Hermes va contando lentamente, con voz monótona, suave como un murmullo. Dice:
—Existe un país que se llama Arcadia, muy al norte de aquí. En sus bosques viven alegres las dríadas, lejos del contacto con nosotros los hombres. Una de ellas, llamada Siringa, era más bella que las otras, y todos los dioses de los bosques y los sátiros estaban enamorados de ella. Pero ella se había consagrado a la diosa Artemis y prefería conservar la virginidad y ser feliz con sus compañeras, dedicada a la caza.

 

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