Teseo y Fedra
Teseo es el décimo rey de Atenas, la capital del Ática. Es hijo de Egeo y de Ethra, y aunque algunas leyendas le suponen hijo de Neptuno, parece que el origen de esta versión es una estratagema del padre que, para revestir de más autoridad la personalidad del hijo, le simuló un origen divino que nunca fue verdad. Entonces la infidelidad cometida con los dioses era considerada como un honor y una gloria y tanto los esposos como las esposas se sentían honrados por la divina rivalidad.
Teseo es un rey legendario que muy pronto salió de la historia para ingresar en el mito. En su niñez ya era más valeroso que los otros niños y nada le asustaba. Una vez Hércules rindió visita a Egeo y, al entrar en palacio, se despojó de la piel de león que le cubría y la dejó sobre un banco, de tal manera que parecía un león vivo de verdad. Los otros hijos del rey y de los príncipes así lo creyeron y huyeron muertos de miedo. Pero Teseo, que sólo tenía siete años, en vez de huir como sus primos, cogió un hacha y se lanzó contra la piel de león dispuesto a matarle.
Ya en el nacimiento de este niño hubo prodigio. Egeo quería un hijo, se había casado dos veces y no lo había conseguido. Consultado el oráculo dice que el hijo nacerá de una tercera mujer extranjera. Egeo toma por mujer a Ethra, hija de Píleo, rey de Trezene. Pero el pueblo no está de acuerdo con la elección de una reina extranjera y Egeo no se atreve a presentarla al país. Cuando ve que ella está esperando un hijo, Egeo deja de visitarla y se va solo a Atenas. Pero antes deja su espada y sus sandalias debajo de una gruesa piedra.
—Cuando mi hijo sea mayorcito que pruebe de levantar esa piedra. Si no lo consigue, no le reconoceré como hijo. Si lo consigue, que tome mi espada y mis sandalias y vaya a buscarme. Pero que nadie le diga antes que es hijo del rey de Atenas.
Teseo vive con la madre hasta la edad de veinte años, y entonces, como todos los héroes, siente el deseo de correr aventuras. Su madre le invita a levantar la piedra y él la levanta sin demasiado esfuerzo. Toma la espada y las sandalias, se despide de la madre y se lanza a conocer el mundo y a correr aventuras. La madre le aconseja que no deje de ir a Atenas y él le promete ir. Cumple la promesa, pero toma el camino más largo y tarda algunos años en llegar. Entretanto se hace famoso por sus proezas.
Cuando llega a Atenas es un mozo lleno de vigor. Egeo vive entonces con Medea, probablemente casado con ella. Medea no quiere competidores en la influencia que ejerce en la voluntad del rey, a quien ha prometido devolver ]a juventud. Gracias a sus conocimientos de magia reconoce en seguida en el mozo al hijo del rey y durante la comida que se celebra en palacio en honor del recién llegado, Medea pone veneno en el vino que le han de servir.
Egeo y Teseo están sentados frente a frente. Teseo deja la espada sobre la mesa y levanta la copa para beber a la salud del rey. Y entonces Egeo reconoce la espada, su propia espada.
—¿Quién eres? ¿De dónde vienes? Sólo un hombre en toda la tierra puede poseer esta espada. Dime, pues : ¿quién te la dio?
—La encontré debajo de una roca.
Egeo reconoce entonces a su hijo, y al echarle los brazos al cuello vierte la copa con el vino envenenado. Ya hemos dicho antes que los perros que acuden a lamer el vino mueren por efecto del veneno y que así se descubre el crimen de Medea, que es expulsada del reino.
Teseo observa que a pesar de la alegría producida por su llegada, hay una sombra de tristeza en los rostros de todos los comensales. Quiere saber la causa y le cuentan que, en castigo de una vieja ofensa, el rey Egeo está obligado a entregar, una vez cada quince años, un tributo de siete mancebos y siete doncellas a Minos, rey de Creta.
Hemos contado también cómo Teseo, cuando llega el momento de pagar el tributo, se une a los muchachos y se hace conducir con ellos a Creta, y cómo allí, gracias a su valor y a la ayuda de Ariadna, la hija mayor del rey Minos, consigue vencer al Minotauro y librar a los que estaban cautivos en poder del monstruo, desde los tributos anteriores.
Teseo, al huir de Creta, se lleva a las dos hijas del rey; a la mayor, Ariadna, a quien ama, y a la pequeña, Fedra, que no ha querido separarse de su hermana. Por el camino se ve obligado a abandonar a Ariadna en poder del dios Dionisos, y llega a Atenas con Fedra, que entonces es una niña. También hemos relatado ya que, con la alegría de la victoria, se olvida de izar las velas blancas en vez de las negras, y su padre Egeo, que le espera todos los días, al ver de lejos las velas negras cree que Teseo ha muerto, y desde lo alto del acantilado se arroja al mar que en adelante llevará su nombre : el mar Egeo.
Teseo, ya rey de Atenas, empieza uno de los reinados más largos y más famosos de la historia legendaria de este país. Devuelve primero Fedra a su padre Minos y, ya libre de este cuidado, tiene muchas aventuras de amor y de guerra. En una de las más famosas se combinan la guerra y el amor. Es la expedición contra las amazonas, a las que derrota. Se lleva prisionera a su reina Antíope. Se aman y se casan y tienen un hijo, Hipólito. Viven felices hasta que las amazonas declaran la guerra a Atenas con el deseo de redimir a su reina, a la que imaginan reducida a la esclavitud. Es una guerra en la que los atenienses están a punto de ser derrotados, hasta que Antíope se lanza al combate contra sus compatriotas las amazonas, y en favor de Teseo a quien ama. Y en este combate muere. Como consecuencia de la muerte de la reina, las amazonas se retiran y Teseo manda hacer unos solemnes funerales en honor de su amada esposa 5.
Pasado un tiempo, Teseo se acuerda de aquella niña que tuvo en su poder años atrás, hermana de Ariadna, a quien tanto quiso, y va a Creta a buscarla para casarse con ella. Ya el rey Minos ha muerto y en Creta reina Deucalión, hermano de Fedra. Cuando Teseo ve por segunda vez a Fedra se siente en seguida inflamado de amor por ella, pues su rostro, su voz, su actitud y todo en su persona le recuerdan aquella Ariadna que en otros tiempos había amado tanto. Deucalión accede a cederle a la hermana por esposa, aunque le hace observar que la diferencia de edad puede, a la larga, ser causa de desgracias.