Teseo y Fedra
—Mi hermana tiene veinte años y tú le doblas la edad.
Teseo, para demostrar a Deucalión que a pesar de los años conserva todo el vigor de la juventud, reta a los mozos de la corte a diferentes pruebas y les vence a todos. Entonces Deucalión no tiene reparo en darle a Fedra por esposa. Se casan, regresan juntos a Atenas y allí, al principio, son felices, y tienen dos hijos, Demofoonte y Acamas. Teseo, enamorado de su joven mujer Fedra, permanece muchos años en su palacio, sin intentar aventuras fuera de allí. Y esta conducta retraída del rey sorprende a los atenienses, que le admiraban más cuando les obsequiaba con heroicidades y hazañas.
Teseo tiene otros dos hijos mayores. Uno es hijo de Ariadna y se llama Enopión. De éste la leyenda no dice gran cosa. El otro es hijo de Antíope, la reina de las amazonas, y se llama Hipólito. Este Hipólito, por ser hijo de una amazona, se ha consagrado al culto de Ártemis y desprecia el amor de las mujeres. Vive lejos de su padre, en Trezene, y se educa junto con los hermanos de su abuela Ethra.
Entonces se celebran en Atenas las fiestas religiosas llamadas misterios, a las que acude mucha gente de toda Grecia. Hipólito, que ya es un mozo fuerte y que parece el retrato vivo de su padre rejuvenecido, acude también a los misterios. Y allí le ve Fedra. El aspecto del mozo le llama la atención. Pregunta:
—¿Quién es ese muchacho que tanto se parece a mi esposo?
Nadie le conoce en Atenas. Pero la nodriza de Fedra, que la adora y está dispuesta a ayudarla en todo, hace averiguaciones y descubre que el muchacho es el hijo de Teseo y Antíope.
—Señora, este mozo es el hijo de tu esposo, Hipólito.
Fedra había conocido a Teseo cuando él amaba a Ariadna y era un mozo como ahora es Hipólito. Entonces ya le amó y jamás pudo arrancar de su corazón la imagen de aquel bello adolescente. Después, cuando Teseo fue a pedirla en matrimonio, le amó también, aunque le vio mucho más envejecido. Pero ante la aparición de Hipólito, sus antiguos recuerdos se recrudecieron y se le despertó aquel antiguo primer amor que tenía dormido en la noche del alma. Podemos suponer, en defensa de Fedra, que en circunstancias normales no habría amado jamás al hijo de su esposo. Pero concurren raras circunstancias que abonan este amor: Fedra ha conocido a Teseo joven y es posible que ya entonces le haya amado. Al fin y al cabo se dejó llevar a Atenas por el príncipe, a quien conoció y recordaba como a un héroe. Y después de los años, cuando ya es natural que haya disminuido la pasión entre ella y Teseo, se encuentra con un muchacho que le recuerda en todo aquella presencia que amó en la niñez.
El amor de Fedra por Hipólito, en el que podemos ver un reflejo del amor de Fedra por Teseo, es tumultuoso y dominador desde el principio. Tanto que, cuando Hipólito abandona Atenas y regresa a Trezene, Fedra se hace construir un templo en la acrópolis de Atenas, consagrado a la diosa del amor, desde donde puede divisarse a lo lejos, en el mar, la sombra oscura de Trezene. Y allí, en el templo de su amor, pasa las horas entregada a un sueño imposible.
Aquí la leyenda es confusa. Fedra e Hipólito se encuentran, pero las circunstancias de este encuentro no son muy claras. Una versión supone que Teseo visita a su hijo en Trezene y que Fedra le acompaña y que allí se produce el encuentro. Otra versión, la que escogeríamos en disculpa de Fedra, supone que Teseo, cansado de su vida sin aventuras, sale para un largo viaje de nuevas aventuras, entre las que se habla de una bajada a los infiernos y de unos supuestos amores con Perséfone, que le retiene prisionero en el Hades. Si es cierto que durante este tiempo Fedra le cree muerto, la conducta de la reina enamorada del hijo de su esposo es algo más perdonable.
El hecho fundamental, en pocas palabras, es que Fedra, por mediación de la nodriza, hace saber a Hipólito la pasión que siente por él. Y que Hipólito, que ha consagrado su vida a la diosa de la pureza, la rechaza tantas veces como ella intenta seducirlo.
La relación entre Fedra e Hipólito en ausencia de Teseo, tampoco está muy clara. La única coincidencia de todas las versiones es el amor de Fedra hacia Hipólito y el desprecio con que Hipólito la rechaza. Pero mientras una versión supone que Fedra propone a Hipólito destronar a Teseo y ponerle en su lugar, otra versión supone que Fedra, durante este período pasional, cree de veras que Teseo ha muerto.
Ninguna versión relata el encuentro cara a cara entre Fedra e Hipólito y es de suponer que este encuentro no se produciría. Fedra manda siempre a la vieja nodriza en su nombre y el muchacho tiene todos sus despectivos desplantes con la misma nodriza. Hasta que al fin Hipólito, escandalizado por la insistencia de Fedra, huye a los bosques y dedica todo su tiempo a la caza, en servicio de Ártemis, su diosa protectora.
Y a partir de la huida de Hipólito la conducta de Fedra es de una maldad desconcertante, que sólo puede ser fruto del impulso de su pasión desordenada. No soporta el desprecio de Hipólito. Y hasta tal punto no lo soporta que decide morir, pues la vida lejos del muchacho amado no le interesa. Hasta aquí hay pasión ciega, pero no hay verdadera maldad. Lo malo de Fedra es que antes de morir escribe una carta a Teseo en la que acusa a Hipólito de atentado contra su amor de mujer. Parece que esta carta incomprensible está redactada más o menos así: «Tu hijo Hipólito ha atentado contra mi honor. Para librarme de su persecución no me quedaba más que un camino: morir. Y así, muero antes de faltar a la lealtad que debo a mi esposo».
En esta carta todo es pura maldad. Con ella lanza contra Hipólito una acusación terrible, absolutamente falsa. Con ella destroza la vida de Teseo. Y con ella sólo se salva a sí misma al fingir una actitud honorable contraria a la verdad. Y lo más grave es que, por el hecho de matarse después de escrita la carta, elimina toda posibilidad de comprobar las falsedades escritas.
Como mito de maldad femenina ante el desprecio de un hombre, no se podía llegar más lejos.
Después de esta maldad refinada de la carta, la historia es, hasta el final, de una simplicidad y una belleza sorprendentes.
Teseo llega a su palacio y encuentra a Fedra ahorcada, con la carta entre los dedos crispados por la última convulsión de la muerte. Teseo, ciego de desesperación, ruega a los dioses que su hijo no vea aquel día ponerse el sol. Este ruego fatal es propio de la trágica leyenda griega, donde todo se produce siempre en el tono más alto posible hasta culminar en la muerte.