Tammuz e Istar

 

Hace muchos miles de años, en el Asia Menor, en la zona ocupada actualmente por Siria, el Líbano, Jordania y el Iraq, existía el famoso reino de Babilonia, cuna de una de las más antiguas civilizaciones, umbral legendario entre Asia y Europa y escenario de hechos históricos que ahora, a distancia, nos parecen todos fabulosos. Alrededor de Babilonia, fronterizos con ella, estaban los reinos de Frigia, de Armenia y de Media.
Al decir «Babilonia» se roza siempre la confusión, porque llevaban este nombre un reino y una ciudad, capital del reino. La ciudad fue siempre la misma y estuvo siempre situada en el mismo lugar. El reino pasó por distintas fases de engrandecimiento y segregación, y estuvo algunos siglos unido al reino de Asiría, formando con él el gran imperio babilónico.
La ciudad de Babilonia, a orillas del Eufrates, era una de las dos ciudades importantes del imperio y una de las más importantes del mundo conocido. La otra era Nínive, a orillas del Tigris, capital del reino de Asiría (o Siria) y, en la gran época, la segunda ciudad del imperio. Babilonia fue primitivamente capital del reino de Caldea y pasó más tarde a ser la capital del Imperio.
Los orígenes de la civilización babilónica son confusos y datan de unos 4.000 años a. de J. C. Sólo desde el emperador Hammurabi se puede establecer una cronología completa, pero este monarca vivió unos 2.000 años a. de J. C. y los mitos y leyendas babilónicos empiezan a formarse muchos siglos antes.
La «cultura general» conoce históricamente a Babilonia por Nabucodonosor, que conquistó todo el país sirio y fue el fundador del gran imperio. Nabucodonosor vivió sobre los 600 años a. de J. C. Es de la época de los Juegos Olímpicos y contemporáneo de la poetisa Safo. En tiempos de Nabucodonosor, Babilonia fue sin competencia la ciudad más famosa del mundo, porque el mismo Nabucodonosor se encargó de destruir Nínive, y Alejandría no había sido fundada todavía.
En la Babilonia de Nabucodonosor había un famoso templo, el de la diosa Belo, el cual, según Herodoto, tenía 186 m. de altura. Fue el edificio más alto construido hasta entonces, pues la gran pirámide de Keops sólo tiene 146 m. Esta famosa pirámide se conserva en toda su primitiva belleza; del templo de Belo no queda rastro. Pero los datos de Herodoto de Halicarnaso pueden ser ciertos, porque este historiador vivió poco más de un siglo después de Nabucodonosor.
Los jardines colgantes de Babilonia, obra del mismo Nabucodonosor, figuran entre las siete maravillas del mundo antiguo. Y parece que, aunque no clasificado entre ellas, también fue una maravilla el palacio del rey, en el que algunos años después, en realidad casi dos siglos, en 323, moría, a los treinta y tres años, uno de los más famosos guerreros de todos los tiempos: Alejandro Magno.
De todas las civilizaciones antiguas se conservarían muchos más documentos históricos si las guerras no hubiesen destruido y arrasado ciudades. Babilonia fue destruida y abandonada, y en tiempo del emperador Augusto se había convertido en un montón de piedras que no servían ni de refugio al peregrino. Hoy todavía quedan algunos restos de aquellas ruinas, cerca de Hillak, y parece que se están haciendo excavaciones en ellas.
Pero hay una obra del hombre mucho más resistente que la piedra y que sobrevive a la guerra y a la destrucción. Es la obra de los poetas, por la que conocemos toda la fábula y la leyenda de los mundos antiguos. Babilonia tuvo sus poetas, y en su gran epopeya anónima, Gilgamesh, se explica en doce cantos el misterio de la creación y las primitivas luchas entre los dioses, héroes mitológicos de todas las pasiones humanas \
Estos héroes divinos legendarios de Babilonia son Merodaj, el dios del sol de primavera, y Thiamant, la gran serpiente del mar que al fin es vencida y de cuyas dos mitades Merodaj hace de una la tierra y de la otra el cielo. El tema de casi todas las epopeyas primitivas es la lucha entre el bien y el mal, con el triunfo final del bien, única posibilidad para explicar la existencia de una humanidad que puede ser feliz o aspirar a la felicidad.
El gran dios legendario de Babilonia, padre de los hombres, es Ea, dios de la tierra, que forma una rara trinidad con el dios del cielo y con Anu, dios de los vientos y mensajero entre sus dos otros compañeros. El hombre primitivo, impresionado por todo lo que ve, tiende a divinizarlo. Pero como el hombre es incapaz de crear nada superior a sí mismo, sus dioses se parecen mucho a los hombres y sus divinizaciones son personificaciones auténticas.
En la leyenda de Gilgamesh, el amor es la gran fuente de vida de todo lo que existe. El poeta anónimo (o los poetas) se encuentra ante el gran misterio del día y de la noche, del sol y la luna, del viento y la lluvia, del calor y el frío, y, sobre todo, ante esta maravilla anual de las estaciones, con el repetido advenimiento de la primavera, renacer total de la vida sobre la tierra que el frío del invierno dejó como muerta. Y al buscar la causa de este misterio, aparece por primera vez la belleza en el lenguaje con los términos amor y fecundidad.
Cuando sobreviene el poeta, se encuentra con un mundo creado ya, con todos sus misterios. Él no sabe nada de las primeras fuentes de la vida, ni de los misterios de la creación. Han de pasar muchos siglos para que el hombre empiece a ser científico. Pero el poeta es creador, y puesto a explicarlo todo no tiene otro remedio que inventarlo todo. De esta voluntad creadora del poeta nacen las más hermosas leyendas de amor de todos los tiempos. Porque el poeta que siente y empieza a comprender el amor con toda su inmensa realidad, no puede buscar en otra fuente el origen de la vida.

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