Tammuz e Istar
Así, como una de las primeras leyendas de amor, en relación con la vida que todos los años se apodera del mundo para embellecerlo, nace el mito de tammuz e istar, cuyo texto primitivo se encuentra en la citada epopeya babilónica, Gilgamesh, nombre que se confunde con el de un héroe primitivo, parecido al Hércules griego, cuyas aventuras se narran en el poema.
Tammuz es un joven dios. Es inmortal como todos los dioses y tiene como ellos un poder superior a todo lo creado. Pero Tammuz ha descubierto la tierra de los hombres, está enamorado de ella; y adopta formas humanas para mezclarse con sus felices habitantes. Y en esta forma humana que tanto le gusta tener, es débil, apasionado y mortal como los mismos hombres.
Tammuz ama la naturaleza y su mayor placer consiste en correr por los bosques y sentarse a tocar la flauta a la orilla de los ríos. En aquellos lejanos tiempos, todos los aficionados a la música se limitaban a tocar la flauta, porque no se conocía otro instrumento. Y es seguro que si Beethoven y Stravinsky hubiesen vivido entonces, no habrían pasado de ser simples pastores tocadores de flauta.
Tammuz es un dios alegre que siempre está de buen humor y que sonríe siempre. El poeta le llama «sonrisa divina de la primavera». Tammuz comprende que los hombres son débiles y que le necesitan y se dedica a protegerles. Hace que las ovejas engorden y los rebaños aumenten, que los árboles den fruto y las cosechas de la tierra sean suficientes para satisfacer el hambre. Y así mantiene el vigor de todo lo creado.
En su verdadera forma de dios nunca se ha dejado ver de los hombres. Prefiere que le tengan por uno de ellos, que así le conozcan desconociéndole. De día, cuando no toma forma humana, se hace invisible y viaja confundido en el viento. Sólo de noche, en la oscuridad, que entonces es mucho más impenetrable que ahora, se atreve a bajar a la tierra como un dios, con todos sus ornamentos divinos. Nunca los hombres le han visto en esta forma, pero si al despuntar el día observan que las yemas se hinchan, que las savias suben, que las ramas empiezan a brotar, que los rebaños han aumentado y que los ríos llevan más agua, saben que de noche les ha visitado Tammuz revestido de todo su poder.
El universo creado se divide en Cielo, Tierra, Mar e Infierno. El Cielo, la Tierra y el Mar se ven. El Infierno no, y los poetas primitivos lo confunden con el reino o la ciudad de los muertos. No se explican el misterio de la muerte, se resisten a no creer en la inmortalidad en una forma u otra, y crean este reino o ciudad de los muertos, a donde va «algo» de nosotros, después que este «algo» se ha separado del cuerpo mortal.
En el reino de los muertos hay una diosa, cuyo nombre no escribe jamás el poeta. Esta diosa ha visto a Tammuz, le ha amado en seguida con pasión invencible y lo quiere para ella. Tammuz no sabe nada de este amor silencioso, y por lo mismo que lo ignora no puede defenderse de su maleficio. En este amor, que puede influir en la persona amada que nada sabe de su existencia, simboliza el poeta la fuerza misteriosa del destino, capaz de desencadenar sobre los hombres males inevitables, que tienen, como todo lo que existe, su origen en el amor.
Cuando Tammuz comparte su existencia con los hombres, revestido de una forma humana que le asemeja a ellos, nunca deja que las mujeres le vean. Sabe que ellas le amarían en seguida y que esta sería su mayor desgracia, porque nunca podrían satisfacer un amor tan imposible. Las mujeres saben que Tammuz existe, han oído hablar de él, saben que algunas veces toma forma humana, y las más atrevidas se aventuran solas en los bosques con la esperanza de un encuentro feliz. No las mueve el verdadero amor, porque no lo conocen todavía y no se puede amar aquello que se desconoce; pero las mueve esta tierna y poderosa curiosidad de la mujer, capaz de hacerle cometer las mayores imprudencias.
La diosa de la ciudad de los muertos no puede salir de su reino tenebroso. Salió una sola vez, en su lejana juventud, y fue tanto el daño que hizo y la desolación que sembró, que Ea, el Gran Dios, la castigó a no abandonar jamás el encierro. Pero en compensación le dio el poder de hacerse invisible, en forma de sueño, y así visitar a los otros dioses y a los hombres. Todas las malas intenciones de los hombres, fruto de sueños que ni tan siquiera recuerdan, son obra de las visitas de esta diosa de las tinieblas.
Istar es la joven diosa del amor y de la belleza, la Afrodita de la mitología babilónica. Istar no conoce a Tammuz y le ama sin conocerle. No ha tenido todavía ocasión de conocerle porque Ea, el Gran Dios, le tiene prohibido bajar a la tierra de la que Tammuz ha hecho su morada. Los hombres, debido a la ausencia obligada de Istar, desconocen el verdadero amor y la verdadera belleza, pero Ea no tiene prisa en dárselos a conocer porque, aunque los ha creado, les ha dado voluntad propia, no los conoce bien ni los acaba de entender, y le da miedo poner las pasiones nobles en sus manos, visto el mal uso que están haciendo de las pasiones innobles.
Un día la reina de la ciudad de los muertos se introduce en forma de sueño en la mente de Istar y le inspira una idea que ella, al despertarse, se apresura a realizar. Vuela hasta el trono de Ea y, en tono de simple curiosidad, le pide permiso para pasar una temporada en la tierra, en forma de mujer mortal.
—Quiero conocer tu obra —le dice.
Ea está satisfecho de su obra y le halaga que los otros dioses se la alaben.
—Me han dicho que es una maravilla. ¿Por qué no me la dejas ver?
Como si a un escritor le dijéramos que nos han dicho que su libro es maravilloso y le preguntáramos por qué no nos lo deja leer. Seguro que le enternecíamos y que nos lo prestaba en seguida. Ea se enternece también y accede al deseo de Istar, pero con una condición: que Istar no tiene que dejarse ver de los hombres. Istar se lo promete. No sabe Ea que el único ser a quien quiere conocer Istar es Tammuz, el dios de la sonrisa.
Y así Istar llega a la tierra convertida en una mujer campesina de extraordinaria belleza.