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Pigmalión

EL mito de Pigmalión apenas tiene historia. No es una leyenda de aventuras, sino de puro amor, y de un amor raro, nuevo y único en la historia de los mitos: el hombre enamorado de su propia obra.
Por ser único, el mito ha sido muy elaborado y se ha usado muchas veces como tema en la literatura. El Pigmalión más conocido de nuestros tiempos es el de Bernard Shaw, en cuya obra el tema se humaniza, y, en vez de ser un escultor enamorado de su estatua, se trata aquí de un hombre enamorado de la mujer que él ha convertido en otra, que él ha recreado. El final, en la obra de Shaw, es confuso. En el mito griego es clarísimo: por intervención de los dioses la obra del escultor se anima, los dos se aman, son felices y tienen hijos.
En todo el mito griego, la intervención de los dioses simplifica los argumentos y sobre todo los desenlaces. Así, los mitos primitivos, como el de Pigmalión, suelen ser incompletos. Algunos se han perfeccionado en versiones posteriores. Otros, no. En el de Pigmalión falta una versión en la que no sean los dioses quienes infundan vida a la estatua, sino el mismo amor del hombre. Entonces se vería muy claramente cómo el amor es fuente de vida, en el sentido más puro de la palabra.

También parece natural que el hombre enamorado de su obra, de su ideal, no pueda ser feliz con ella después que la obra se ha humanizado. Así, el mito podría continuar en dos versiones distintas. En una, ella amaría a otro que no la hubiese creado y ante el cual se sintiera más libre, más independiente, más ella misma. Parece que éste tiende a ser el final de Bernard Shaw. En la otra, sería él, el mismo Pigmalión, quien, decepcionado por la actuación de su obra como mujer viva, dejaría de quererla. Esta última versión podría tener consecuencias imprevisibles, acaso de una gran belleza, y es de esperar que algún día, por obra de algún poeta, se incorpore al tesoro de nuestras leyendas de amor.
Pigmalión es un rey de Chipre, con más inquietudes espirituales que los otros, pues en vez de dedicar al pastoreo sus ratos de ocio los dedica a la escultura. Afrodita vive entonces en Chipre y es posible que algunas veces tome apariencia mortal y se mezcle con los hombres, que el rey la haya visto y se haya inspirado en ella para su obra, en la que interpreta su ideal de belleza femenina.

Es, como buen artista completo, hombre de cabeza y hombre de corazón, y el resultado es que después de tanto tiempo de soledad con su obra labrada lentamente en marfil, siente por ella una verdadera pasión de amor. El marfil tiene suavidades más puras y sobre todo más duraderas que las de la carne. La materia influye en la belleza. Una figura de mármol siempre es más bella que una figura igual de yeso, y una figura de marfil tiene la belleza más humana, más asequible, más sensual.
El escultor se encierra de noche con su obra y trata, insensato, de infundirle vida. Se aparta del trato de los hombres y prefiere vivir a solas con el objeto insensible de su amor. Afrodita se entera, ve la estatua, le encuentra un cierto parecido con ella, esto halaga su vanidad, le sopla sobre los ojos y le ordena:
—¡ Vive!

Y la estatua se anima y baja del pedestal en presencia del escultor. No puede imaginarse un momento de mayor emoción milagrosa. Se supone que Pigmalión pasa la noche más feliz de su vida y que la felicidad continúa igual en las noches sucesivas. Porque lo único que se sabe de ellos es que son felices, que la estatua humanizada se llama Galatea y que les nacen dos hijos: Pafos, que funda la ciudad del mismo nombre, y Ciniras, que sucede a su padre en el trono de Chipre y es sacerdote de Afrodita en la ciudad de Pafos fundada por el otro hermano.
Otra versión de la leyenda supone que Ciniras funda la ciudad de Esmirna o Mirra, en honor de una hija llamada así. Y que esta Mirra es la madre de Adonis. En esta versión, el rey Ciniras y el rey Teyas de Siria serían la misma persona y Adonis, el gran amor de Afrodita, sería nieto de una imagen de la diosa.

Independientemente de la relación de los hijos de Pigmalión con el nacimiento de Adonis, la leyenda del hombre enamorado de su obra, a la que infunde vida por amor o por intervención de la diosa del amor, es una de las más bellas de la antigüedad. Y, por su carácter sin peripecia, una de las más fecundas, puesto que apenas tiene argumento y es tema puro que se puede desarrollar de muy distintas maneras.

Existe una versión mucho más moderna y mucho más llanamente humana, en la que Pigmalión sorprende un día a Afrodita en el baño, y oculto, sin que ella se entere, hace la estatua de la diosa destinada a inmortalizar su belleza entre los hombres. Cuando ya la tiene terminada, se enamora de ella y la guarda escondida, celoso. Entonces Afrodita se entera y se indigna, primero por el atrevimiento del escultor, y después por su egoísmo. Y para castigarle infunde vida a la estatua. Entonces el escultor se encuentra con la realidad diaria de la mujer que él ama sólo por su belleza plástica, y es muy desgraciado. Tanto, que al fin la diosa le compadece y devuelve a la mujer de carne la primitiva naturaleza inanimada de piedra. Y el escultor, al verse libre de la mujer y recuperar la estatua, recupera también la felicidad. La belleza de este tema ha seducido a muchos autores. La bibliografía de los Pigmalión es de todos los tiempos sería bastante larga. Una de las obras de este tipo más conocidas y que han dado la vuelta al mundo, según hemos dicho antes, es el Pigmalión de G. B. Shaw. El tema es también el hombre enamorado de la mujer que es su obra, en el sentido de que ha hecho de ella una mujer distinta de lo que era antes.