Perseo y Andrómeda
En otras páginas de este sitio hemos contado la historia de Zeus y Danae, hija de Acrisio, rey de Argos, y del miedo de este rey, quien, para evitar que se cumpliera una predicción del oráculo según la cual el hijo de Danae le mataría, encerró a su hija en una torre y allí la tuvo alejada del trato con los hombres hasta que Zeus la descubrió y la amó. Y cómo Acrisio se enteró de lo ocurrido a la vista del hijo, ya nacido, de Zeus y Danae. Y cómo entonces el rey metió a la hija y al nieto en una barca (o en una caja de madera) y los abandonó a las olas del mar.
Este niño que empieza la vida con grandes peligros de muerte, sin defensa contra el furor posible de las olas, es Perseo, uno de los héroes, acaso en compensación de este principio, más afortunados de la leyenda.
La barca, empujada por el viento y las corrientes, llega a tierra en la isla de Serifo. El rey de la isla (¡ oh tiempos afortunados en que todas las islas del mar tienen un rey!) es Polidectes. Este rey tiene un hermano más joven, Dictis, que le ayuda a reinar y a apacentar los rebaños, los dos grandes cuidados de los reyes pastores de entonces, cuando apacentar rebaños tenía el mismo valor que ahora acumular riquezas y comprar acciones de las grandes anónimas.
Dictis es poeta. Tiene más tiempo libre que su hermano y lo dedica a componer poemas y a pescar. Dictis, como todos los buenos poetas, es un enamorado del mar, de la visión horizontal y fecunda del mar hasta el lejano horizonte, de la canción de las olas del mar y del movimiento incesante del agua, que le da la impresión de una vida misteriosamente torturada y castigada.
Un día Dictis está pescando desde la orilla del mar, cuando ve a lo lejos una pequeña embarcación sin nadie que la gobierne. El viento la empuja hacia la playa, y entonces Dictis advierte que los únicos pasajeros de la embarcación son una mujer y un niño, y que la mujer, a pesar de ser madre, pues está dando el pecho al niño, es joven y bella. Dictis, emocionado por el poético encuentro, entra en el agua, conduce la barca hasta la orilla y ayuda a bajar a la madre y al niño. Y se cruzan entre ellos las preguntas y las respuestas de rigor:
—¿Quién eres?
Danae no sabe si es prudente explicar su historia a un desconocido, y Dictis, para inspirarle confianza, se anticipa:
—Yo soy el hermano pequeño del rey de esta isla.
Danae explica que llevan muchos días perdidos en el mar, ella y su hijo, y que el niño es hijo de un dios.
—Tendrás hambre y sed.
El niño tiene lágrimas en los ojos, lágrimas de hambre, pues el pecho de la madre está ya completamente agotado. Dictis, enamorado ya de la belleza de Danae, la conduce al palacio del rey. No se atreve a hablarle de amor porque él es muy joven todavía y ella ya es madre. Y Dictis cuenta a su hermano el rey la historia de la bella madre fugitiva.
Pero sin atreverse a decir que está enamorado de ella. Nise atreverá jamás, porque el rey, sobrecogido por la belleza de Danae, y sobre todo al saber que el padre del niño es un dios, le ruega que se quede y le ofrece nada menos que su amor y un sitio a su lado como reina en el gobierno de la isla. Danae acepta a condición de que Polidectes cuide de la educación de Perseo. Y se celebra la boda. El pobre Dictis, personaje secundario de la leyenda, no tiene más consuelo que sus versos, de los que no hemos heredado ninguno.
Perseo crece en palacio y se hace fuerte y bello. Se ve en seguida que está destinado por su padre inmortal a grandes empresas y aventuras y a un gran amor que algún día encontrará. Desde muy joven arde en deseos de lanzarse por los caminos desconocidos del mundo en busca de aventuras, pero el rey le hace esperar hasta cumplir veinte años. Ésta es la edad buena para las primeras grandes aventuras de los hombres.
Había entonces en la tierra seres raros y de apariencia monstruosa, contra los cuales los héroes ejercitaban su poder, pues matarlos era librar de una plaga a la humanidad. Esos seres monstruosos y feos eran siempre enemigos de los hombres, como si la fealdad fuese incompatible con los buenos sentimientos, generosos y humanitarios.
Perseo ha oído hablar de las tres Gorgonas, hijas de Forcis, que son como unas malditas brujas que sólo urden contratiempos contra los pobrecitos hombres. Sabe que dos de las Gorgonas son inmortales y es inútil que los héroes luchen contra ellas. Pero la otra, la llamada Medusa, es mortal, y Perseo quiere ir en su busca y acabar con ella. Al fin, a sus veinte años cumplidos, Polidectes le autoriza y un día Perseo se despide de su madre, de su padre adoptivo y de su tío.
Forcis reina en un extraño país, poblado de seres rarísimos, casi todos hijos del mismo rey, monstruosos, deformes y malos. Entre ellos están las horribles Grayas: son tres hermanas gemelas, envejecidas antes de tiempo, acaso nacidas viejas, y entre las tres sólo tienen un diente y un ojo. Es natural que los estimen mucho, y los guardan en una bolsa que vigilan las tres. Cuando una de ellas necesita el diente para comer o el ojo para ver, lo toma de la bolsa y se lo pone.
Perseo empieza por ellas. Las descubre en un momento en que ninguna lleva el ojo ni el diente puestos, se acerca sin hacer ruido y les arrebata la bolsa. Ellas la reclaman, pues sin el único ojo y el único diente las Grayas no podrán ver ni comer jamás.
—Os la devolveré si me decís dónde están las Gorgonas.
—¿Quién eres tú?
—Me llamo Perseo y soy hijo de un dios.
Los hijos de Zeus que andaban por la tierra nunca nombraban a su padre. Se limitaban a decir que eran hijos de un dios. Las Grayas habían oído hablar de la juventud y la belleza de Perseo, y de la historia de su nacimiento y su primera aventura en el mar. Las tres intentaron disuadirle:
—No vayas. Las Gorgonas son malas y si te miran quedarás convertido en piedra.
—Todo lo que me pueda ocurrir es cuenta mía.
—Eres demasiado joven.
—Los hijos de los dioses nunca somos demasiado jóvenes.