
Paris y Helena
Príamo es un rey de cuerpo entero y para él el bien de la patria está por encima de todo. Antes de consentir que el oráculo se cumpla, ordena a uno de sus criados que lleve al niño al monte y que lo mate. Hécuba, que al parecer es madre antes que reina, enterada de esta orden, ruega al criado que en vez de matar al niño lo entregue a los pastores del monte para que lo cuiden y lo tengan con ellos, pero sin decirles quiénes son los padres del niño.
Así Paris empieza sus aventuras acabadito de nacer, en el monte Ida, en un ambiente que 110 es el que le corresponde por su nacimiento, en compañía de unos pastores que le crían, le cuidan y le educan, enseñándole lo único que ellos saben: a apacentar rebaños, a ordeñar, a manejar la honda.
Paris se queda treinta años con los pastores y él mismo cree que es un verdadero pastor. Al crecer se hace bello y fuerte y a veces siente en su alma una rara nostalgia que le hace amar la soledad. Un día, en el monte, conoce a Enone, una ninfa hija de un dios-río. No dice la leyenda si Paris sorprende a la ninfa mientras se baña, como era costumbre entonces. Se aman, se casan, viven felices y les nace un hijo cuyo nombre no aparece en la leyenda.
Enone, antes de conocer a Paris, había sido pretendida por Apolo, que, para ganarle la voluntad, le había concedido el don de adivinación y el conocimiento de las virtudes de las plantas. Así, Enone es capaz de curar las heridas más enconadas.
Parece que Paris, en sus tiempos de pastoreo, fue muy feliz con su primera mujer. Ella era bonita y él era bello y fuerte, de aventajada estatura, sin rival entre los pastores. No se sabe cuántos años vivieron felices en el monte, porque no dice la leyenda la edad que tenía Paris cuando se casó con ella.
Esta Enone es uno de los personajes secundarios de la leyenda más simpáticos y de tema más bonito. Es una pequeña heroína de amor sin mucha gloria, con un final melancólico, lleno de triste y trágica belleza. Hace falta que un poeta se enamore de este personaje y lo convierta en un protagonista de primera serie, pues lo tiene merecido.
El juicio de Paris.
Durante el tiempo del pastoreo de Paris, Peleo y Tetis se casan (serán los padres de Aquiles) y los dioses asisten como invitados a la boda. En esto de las invitaciones a los dioses había un cierto rigor, y si se invitaba a unos y a otros no, los despreciados solían tomar venganza. Es lo que ocurrió en la fiesta de la boda. La diosa Discordia no fue invitada, por olvido. Y se presentó, en pleno banquete, muy enojada, y arroja una manzana de oro sobre la mesa. En la manzana hay una inscripción: «Para la más bella». Ésta es la famosa manzana de la que todavía se habla muchas veces como «la manzana de la discordia».
Zeus lee la inscripción y tres diosas alargan la mano hacia la manzana, pues las tres se creen con derecho a ella. Las tres gritan a la vez:
—¡ Es para mí!
Y las tres se dirigen a Zeus y le ruegan que decida cuál de ellas tiene derecho a quedarse con la manzana. Zeus, que conoce a las diosas, no se quiere comprometer y pide el parecer a los otros dioses. Pero ninguno de ellos quiere correr el riesgo de crearse dos enemigas en el Olimpo. Y entonces Zeus decide designar como juez a un mortal. No dice la leyenda por qué razón es elegido París, ni los motivos que tiene Zeus para creer que un pastor educado en el monte, aunque sea hijo de un rey, pueda tener tanta experiencia en belleza de mujer como para nombrarle juez único en el primer concurso de belleza de que se tiene noticia.