Orfeo y Eurídice

Orfeo no parece ser un personaje del todo imaginario y es muy posible que en este mito la historia se haya convertido en leyenda. Los poetas se han apoderado de ella, la leyenda se ha ido perfeccionando y concretando más, y la verdad histórica se ha ido esfumando tras ella.
Los primeros poetas griegos, los hesioidos y los homéridas, no citan esta leyenda. Aparece mucho más tarde, en los siglos IV y VI a. C. Pero desde el principio Orfeo cobra mucha importancia en seguida, y, más tarde, le encontramos citado en Esquilo, Píndaro, Eurípides, Platón y otros. Virgilio, en las Geórgicas, es el primero que cuenta de modo completo la leyenda de la bajada de Orfeo a los infiernos.
Orfeo es natural de Tracia y, según parece, hijo de un rey tracio llamado Oiagros y de Calíope, la más augusta de las nueve musas. Otras versiones le suponen hijo de Apolo y de la misma musa o de otra. De todos modos, en su origen interviene siempre en alguna forma la divinidad.
Muy joven marcha a conocer el mundo, y cuando regresa a Tracia es un músico famoso. Ha estado tanto tiempo fuera que no se sabe después si es hijo de un rey o de un dios. Es posible que sólo sea hijo de rey a quien después de una ausencia tan prolongada, y entusiasmados cuando le oyen tocar la lira, muchos atribuyen un origen divino.
Orfeo es el primer músico famoso, y los sonidos que arranca a su instrumento son tan suaves, tan irresistibles, que hasta los animales salvajes de la selva se reúnen a escucharle, olvidados de su condición fiera. Por primera vez en este mito encuentra el hombre la manera de amansar a las fieras, y es por medio de la belleza de la música. No ha servido para esto la convicción, ni la generosidad, ni el amor. Sólo el arte, la música, la belleza, ese algo indefinible que se infiltra en la sangre y con ella en todas nuestras reacciones físicas. Sólo la música ha tenido en la leyenda el poder de amansar a las fieras (la poesía no la comprenden) y sólo la música, otra música, ha tenido después el poder de alborotar a los hombres y hacerles reaccionar como salvajes.
Orfeo inventa la cítara y añade dos cuerdas a la lira. Tenía siete y él le pone nueve, parece que en honor a su madre y a sus ocho tías, las nueve musas. Inventar un instrumento es un gran paso en el progreso de la música, que en sí misma, en su esencia, si no es tocada, no es nada o sólo es pura inspiración. La poesía, en cierto modo, existe más o menos en todo. La música sólo existe en la inspiración, en esta zona misteriosa y secreta de los hombres dotados, y sólo se manifiesta cuando, por medio de un instrumento, suena. De aquí que la música sea mucho más humana y por tanto mucho más universal que la poesía. La música la hace el hombre. La poesía la encuentra; pero ha de saber que aquello es verdadera poesía y la ha de saber explicar a los otros. Toda poesía supone esta difícil explicación. La música no supone nada y es fruto limpio y puro de la inspiración. Es decir, que basta estar inspirado y saber tocar un instrumento para crear música. Y no basta estar inspirado para crear poesía. Hace falta un complicado proceso de ver, comprender, transformar y explicar.
Ya como músico célebre, Orfeo va con los Argonautas en la famosa expedición en busca del vellocino de oro, en la que Jasón y Medea se conocen. La presencia de Orfeo es importante. Él es quien con los sones de su lira apacigua las olas del mar embravecido, hace callar a las sirenas y adormece al dragón monstruoso que tiene custodiado el vellocino. Esta última intervención de Orfeo no consta en todas las versiones.
Algunas viejas tradiciones aseguran que Orfeo es el primer hombre que no come carne, una especie de precursor del vegetarianismo.
Un día Orfeo conoce a la ninfa Eurídice y se enamora perdidamente de ella, tanto, que ya nunca podrá olvidarla, ni amar a otra mujer. Es un amor todo de una vez y para siempre, como son todos los grandes amores.
Orfeo y Eurídice se casan, pero no se sabe bien si viven mucho tiempo felices. Algunas versiones sitúan el principio de la tragedia en el mismo día de la boda. Otras les dejan un tiempo en paz, y hasta les atribuyen un hijo que se llama Museo, del que se sabe muy poca cosa.
Un pastor llamado Aristeo ha visto una sola vez a Eurídice, mientras se bañaba, y la ama desde entonces. Su amor es tan fuerte que no puede consentir que ella sea de otro, y el mismo día de la boda la quiere raptar. Orfeo no se entera de nada hasta que ha ocurrido toda la desgracia. Eurídice huye perseguida por el pastor y en su carrera pisa una víbora, que le muerde el pie. Y, según las versiones más antiguas, Eurídice muere el mismo día de la boda.
Del pastor Aristeo sabemos que es hijo de Apolo y de la ninfa Cyrene, y que, arrepentido de haber sido la causa involuntaria de la muerte de Eurídice, sacrifica cuatro bueyes que eran toda su riqueza, y los dioses, agradecidos, le mandan, para compensarle, una nube de abejas cuya miel le vuelve a enriquecer. Más tarde se casa con Antinoe, hija de Cadmo, y se retira a la isla de Ceos, desierta entonces, y después a Sicilia y a Cerdeña, y al fin, ya viejo, vuelve a Tracia, donde se hace discípulo de Dionisos. Éste puede ser el último consuelo de los viejos enamorados.
La desesperación de Orfeo después de la muerte de Eurídice ha sido cantada por los poetas de todos los tiempos. Es un tema humano, con toda la grandeza de las pasiones puras. Orfeo sabe que su amada está en el Tártaro y decide ir a buscarla. Los hombres no pueden ir, pero él tiene un arma poderosa: su lira, con la que puede hacer llorar a las piedras. Llega fácilmente hasta la orilla de la laguna Estigia. Allí está Caronte con su barca. Orfeo le llama:
—Pásame al otro lado.
—Vivo, no. Este río sólo lo cruzan los muertos.
Pero Orfeo no quiere morir. Quiere encontrar a Eurídice y tratar de que vuelva a vivir ella. Empieza a tocar su lira y Caronte queda absorto, escuchándole. Cuando Orfeo le ve hechizado, deja de tocar y se va. Caronte le llama y le ruega que siga tocando. Orfeo entonces sube a la barca, sin que el barquero trate de impedirlo, y sigue tocando un rato. Después pone condiciones r
—Sólo tocaré si me llevas a la otra orilla.
Caronte empieza a bogar lentamente, para que dure más la travesía. Llegan a la otra orilla y allí Orfeo convence con su música al Cancerbero y consigue que se le abran las siete puertas. Al fin se ve en presencia de Hades y Perséfone (Plutón y Proserpina en la mitología romana). Desde luego le reciben mal.
—¿Qué buscas aquí?
—A Eurídice, mi esposa.
—Cuando mueras te juntarás con ella.
—Quiero llevármela, devolverle la vida.
—Es imposible.

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