Tarot 806--------|Horoscopo 2010

 

Meleagro, Atalanta e Hipomenes

 

En el mito de Atalanta la mujer no queda muy bien parada desde el punto de vista de su capacidad sentimental. Y es curioso que no hayan aparecido otras versiones en las que el primitivo mito se desvíe en un sentido más favorable. Sin embargo, esta desviación parece sumamente fácil y cualquier poeta moderno la podría emprender con éxito.
Éneo y Altea reinan en Calidonia. Son felices, porque les ha nacido un hijo, a quien llaman Meleagro. Y para celebrar este nacimiento organizan grandes fiestas a las que invitan a los héroes y a los reyes de los países vecinos y, en compañía de todos los invitados, ofrecen grandes y hermosos sacrificios a los dioses.
Altea, vencida por el sueño en plena fiesta, recibe la visita de un mensajero de los dioses que, en forma de oráculo, le anuncia el bien y el mal del porvenir de Meleagro.
—Tu hijo —le dice— podrá competir en valor con los héroes más famosos. Tu hijo será magnánimo y tendrá un gran corazón. Tu hijo vivirá mientras arda el fuego en la chimenea de tu palacio; si un día el fuego se apaga, tu hijo morirá.
Altea se muestra extrañada por este raro destino, y el Sueño le dice que en los sacrificios se han olvidado de Ártemis y que la diosa hará todo lo posible para arrebatarles el hijo, pero que los otros dioses le ofrecen un medio de conservarle la vida, y es mantener el fuego de la chimenea siempre encendido. Desde aquel día Altea no tiene otra preocupación que mantener el fuego de la chimenea. Nunca se aleja de palacio y pasa las horas muertas contemplando el fuego y añadiéndole leños, mientras el niño crece. Y así hasta que, a los veinte años, Meleagro puede competir en fuerza con todos los muchachos de su edad y hasta vencerles a todos.
Conocedor de su fuerza, arde en deseos de emprender aventuras, pero sus padres no le permiten abandonar el país. Y Meleagro, para consolarse, organiza grandes cacerías a las que invita a los hijos de los otros reyes, y en las que les desafía a todos y los vence.
Ártemis descubre un día a los cazadores y se entera de que su cabecilla es Meleagro. Y para hacerle arriesgar la vida manda a la tierra a un jabalí feroz que empieza a hacer grandes destrozos entre los rebaños. Cuando Meleagro se entera de la aparición del jabalí, llama a todos sus amigos y manda mensajeros a todos los países vecinos por si los hombres quieren participar en la gran cacería que ha de culminar con la muerte de la fiera.
Entre los cazadores acude una mujer, Atalanta, que se ha hecho famosa por su habilidad en la caza y por el poco caso que hace del amor y de los hombres. Esta famosa Atalanta es hija del rey de Arcadia, Jasión. Cuando nació, los padres esperaban un niño y, enfadados al ver a la niña, la abandonaron en un bosque, donde la diosa Ártemis la protegió, la hizo amamantar por una osa y le enseñó el único arte que conocía bien: el de la caza.
Esta Ártemis de los mitos griegos y la Diana de los mitos latinos son la misma diosa, que al pasar de una civilización a otra cambia de nombre. Ovidio, en sus Metamorfosis, cuenta una •« aventura prodigiosa y bella de la que son protagonistas Diana y un cazador llamado Acteón. Un día Acteón sorprende a Diana en el baño y, sobrecogido por la belleza de la diosa, intenta amarla. Diana, que no es nada compasiva con los sentimientos de los hombres, convierte a Acteón en ciervo, y los mismos perros del cazador se le echan encima, le destrozan y le matan.
En general, los héroes y las heroínas cazadores son poco devotos del culto de Afrodita, sobre todo de la Afrodita licenciosa y sensual. En la leyenda, el placer de la caza parece contrario al placer del amor y hasta incompatible con él. La diosa de los cazadores es Ártemis, o Diana, cuya compañía preferida son las Gracias, las Ninfas y las Horas y que es el símbolo de la belleza de la virginidad. Todos los que han pretendido el amor de Ártemis han pagado con su vida esta pretensión. Orión fue uno de los enamorados de Ártemis que la quiso conseguir, y su aventura terminó en la muerte terrestre, que le fue compensada por una sombra de inmortalidad, pues los dioses le admitieron en el cielo, donde los hombres le han convertido en constelación.
Atalanta creció sola en el bosque y sólo se ejercitó en el manejo del arco y de las flechas, que más de una vez empleó contra los hombres que la solicitaban atraídos por su belleza. Era bella, desdeñosa, fuerte y más ligera que ninguna. Lo era tanto que, acostumbrada a perseguir a los animales salvajes, aventajaba en ligereza a los mejores corredores entre los hombres. En cierta ocasión mató a flechazos a dos centauros que la sorprendieron en el baño y a los que dio alcance a pesar de tener ellos cuatro patas de caballo y ella sólo dos piernas de mujer.
Meleagro sabe que Atalanta está entre los cazadores. Ha oído hablar de ella, pero no la conoce. La teme porque la sabe bella, fuerte y desdeñosa, Y antes de enfrentarse con ella la observa de lejos, sin que Atalanta lo sepa. Le gusta mucho en seguida y siente una pasión que le ha de consumir. Pero es cauto, y antes de intentar seducir a la bella cazadora decide terminar con el jabalí, que ha pasado a la leyenda con el nombre del «jabalí de Calidón».
Muchos héroes famosos son de la partida, entre ellos Néstor; Castor y Pólux, los dos hermanos de Helena, y los hermanos de Altea, tíos de Meleagro, que están envidiosos de la fuerza y el aspecto del sobrino. Al principio es el jabalí, protegido por  Artemisa, el que les ataca a todos ellos. Néstor, que ya está en la primera madurez, tiene que subirse a un árbol para salvar la vida. Castor y Pólux son los únicos que alcanzan el jabalí y cuando parece que lo van a matar, en un sitio despejado, las rocas se convierten en maleza y el jabalí puede esconderse, huir y despistar a los cazadores.
En el segundo intento sólo una flecha de Atalanta hiere al jabalí. Meleagro increpa entonces a los otros cazadores:
—¿Una mujer os ha de enseñar cómo se hiere a un jabalí?
Entonces ellos, enardecidos, tiran todos a la vez, sus flechas chocan entre sí y ninguna llega al blanco. Así se pierde una segunda ocasión y el jabalí desaparece otra vez en la espesura. Meleagro grita:
—¿Quién se atreve a seguirle?

Continua >>>