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Leyenda del príncipe Ahmed al Kamel o el peregrino de amor

Es ésta una hermosa leyenda que nos habla de que el más universal de los sentimientos, por mucho que se quiera, ni se puede ocultar ni se puede negar a nadie por más que se desee apartarle de sus peligros, de sus gracias y desgracias.
Un rey moro de Granada tuvo un solo hijo al que puso por nombre Ahmed. Con el tiempo, los cortesanos le añadieron el sobrenombre de al Kamel, que quiere decir el Perfecto y es que, desde niño, el príncipe mostró una inteligencia preclara. Los astrólogos confirmaron esta impresión, vaticinando que, en efecto, sería un hombre perfecto y un soberano próspero. Sólo vería enturbiado su futuro por los grandes peligros del amor, a los que se sometería y por los que no dudaría en poner en peligro su vida. Si se le pudiera poner a salvo de este sentimiento, su existencia sería de una felicidad ininterrumpida. El rey decidió hacer caso a los consejos astrológicos y mandó levantar un hermoso palacio en la cumbre de una colina, cerca de la Alhambra, donde recluyó a Ahmed, lejos de cualquier mujer y al cuidado de un sabio filósofo, Eben Bonabben, con la orden expresa de que, bajo ningún concepto, se le hablase al príncipe del amor.
El sabio filósofo dijo que así lo haría y el príncipe se crió bajo su atenta mirada, rodeado de jardines y de cuantos lujos pudiese desear. A su servicio sólo había hombres, todos mudos, con el fin de que nada pudieran contarle del sentimiento amoroso.
Eben Bonabben pronto notó que a Ahmed la filosofía no le interesaba en absoluto. Atendía a las clases lo mejor que podía, pero sus bostezos ponían bien de manifiesto que las duras disciplinas, filosóficas o algebraicas, no estaban entre sus prioridades. Su maestro le enseñó algo de música para que se entretuviera, y advirtió que, pese a sus desvelos, el príncipe se daba a vagar por los jardines con aire melancólico, tocando el laúd, acariciando las flores entre suspiros. Bien se dio cuenta el anciano que, sin saberlo, su pupilo se hallaba al borde de la ciencia prohibida.
Pensando en qué podía ofrecerle al príncipe para despertar su interés, se acordó que, en Egipto, había aprendido el lenguaje de los pájaros. Se lo enseñó un rabino que, a su vez, lo había aprendido de Salomón al que se lo transmitió la reina de Saba. Ahmed se mostró encantado con poder conocer esta ciencia, pues así no estaría tan solo. Los jardines estaban poblados de aves con las que podría comunicarse.
Su primer amigo fue un halcón, que vivía entre las grietas de las torres del Generalife. Con sus grandes ojos y su elegante prestancia, el ave y el príncipe conversaban sobre filosofía, astronomía o metafísica, con lo que Ahmed se aburría casi tanto como con Eben Bonabben.
Después estableció contacto con un murciélago, que permanecía todo el día colgado de la bóveda, pero su talante era depresivo y su comentarios tan sombríos que Ahmed renunció a su compañía.
También una golondrina, pizpireta y juguetona, se contó entre las amistades del príncipe. Al principio su charloteó divirtió al príncipe, pero sus temas eran superficiales, sin sustancia seria y pronto se cansó de hablar de nada.
Ahmed volvió a sentirse solo en su palacio. Pero pasó el invierno y llegó la exultante primavera, la estación en la que las aves que emigran vuelven a sus lugares de anidamiento y establecen tiernos cortejos con los que serán sus compañeros y compañeras. Cantaban alegres hablándose de amor, ante la sorpresa del príncipe que se preguntaba qué sería eso del amor. Decidió consultar al halcón que parecía tan sabio, pero el ave le dijo que él nada sabía de ello, pues era un ave de presa, hecho para la caza y la lucha, en la que no cabía el absurdo sentimiento del amor. Preguntó a un búho, pero se dedicaba a la filosofía y lo consideraba un sentimiento inútil y pernicioso.
Harto de dudas, interrogó a Ebe Bonabben, recriminándole que entre las muchas materias que le había enseñado, no se encontraba ninguna que se llamase "amor". El filósofo comprendió que tanta soledad y tantos cuidados no habían servido de nada. El amor irrumpía en la vida de su alumno sin que se pudiera evitar.
Los aromas de la primavera, el melodioso canto de los pájaros... todo hablaba de amor, mientras el joven Ahmed se volvía cada vez más melancólico y ausente. Una mañana, mientras contemplaba los exuberantes jardines apoyado en una ventana, llegó a hasta él una paloma jadeante perseguida por un halcón. Penetró en la estancia y cayó rendida sobre el pavimento. El príncipe, compadecido, la cogió, y la arrimó a su pecho. Fue a por comida y le puso trigo y agua fresca para que se repusiera de la penosa aventura. Pero, ante su sorpresa, el ave no quiso ni comer ni beber. El príncipe le preguntó el porqué de su actitud. Estaba a salvo del halcón y, además, tenía todo cuanto podía desear. La paloma, entristecida, le comentó que le faltaba algo primordial, su compañero, al que tal vez no volviera a ver y al que tanto amaba. Y Ahmed le preguntó si sabía ella qué era eso del amor.
Y la paloma se explayó. El amor era el tormento de uno, la felicidad de dos y la enemistad de tres. ¡Qué hermosa descripción! Es un encanto que une a dos seres, que los hace felices cuando están juntos y desgraciados cuando se separan. Es el misterio y el principio de la vida, el sueño apasionado de la juventud y el sereno deleite de la madurez. Todos los seres vivos tienen a su compañero, desde el más humilde de los escarabajos hasta los seres superiores... todos buscan con quien compartir su vida y su esperanza, sus alegrías y tristezas... y le chocaba muchísimo que, el príncipe a su edad, no hubiese conocido a alguna damisela que encandilara su corazón.
Ahmed empezó a comprender. Soltó a la paloma para que se reuniese con su amado, pues bien entendía que el amor era el más fuerte de los deseos y él no tenía derecho a privar al ave, inocente y enamorada, de aquellos deleites que le había descrito.

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