Tarot 806--------|Horoscopo 2010

 

La misteriosa muerte de Juan de Tassis

 

Siempre se ha creído que éste fue el desencadenante de la muerte de Villamediana, pero lo cierto es que continuó viviendo un año más en la corte sin que los reyes mostrasen ningún síntoma de retirarle su favor.
Pero los comentarios continuaban, y el Conde de Olivares tenía buen cuidado de que todos llegasen a ser conocidos por Felipe e Isabel. Además, Juan de Tassis dedicó al rey una serie de poemas en los que le comparaba a los homosexuales más famosos de la historia, llamándole el Alejandro español y el César cristiano, lo que acrecentó, más si cabe, todos los cotillees.
A los pocos días, Villamediana sufrió un atentado, en la Calle Mayor. Como consecuencia de él, murió, al poco tiempo, la mujer de Juan de Tassis, una camarera de la reina de la que poco o nada se sabe, pues parece que contó muy poco en la vida del conde. No dudó Juan de Tassis en atribuir este hecho al Conde de Olivares, y en la boda del duque de Alburquerque, tuvieron los dos un agrio enfrentamiento.
La muerte rondaba al seductor don Juan. Acababa de morir Baltasar de Zúñiga, preceptor y valido que fuera de Felipe IV, y Villamediana fue al Alcázar con más criados de los que le solían acompañar. Tal vez temiese ya por su vida. Allí, un cortesano le advirtió que tuviera cuidado con sus pasos, pero él lo tomó más como una amenaza que como un sabio consejo. Abandonó el Palacio Real cuando el rey volvía de las Descalzas Reales acompañado por don Luís de Haro, menino de la reina, amigo personal de don Juan y sobrino del Conde-Duque de Olivares, e insistió en que éste le acompañase a su casa. Don Luís estaba remiso y le decía que tenía prisa, pero al fin los dos montaron en el carruaje de Tassis.
No se sabe bien de qué hablaron durante el trayecto. Don Luís dijo, con posterioridad, que fue una conversación banal, sobre el juego, los caballos y otras diversiones. Cuando llegaron cerca de la casa del conde, insistió don Luís en bajarse para tomar otro camino, pero don Juan se lo impidió, porfiando para que se quedase con él. En un momento en que el de Haro sacó la cabeza por la ventanilla para llamar a sus criados que le seguían, un embozado, surgido de la acera donde está situado San Ginés, se acercó al lado izquierdo de carruaje, y con un arma, que nunca se supo muy bien cómo era, le asestó un golpe terrible. Ante el grito de dolor del conde, Luís de Haro intentó bajarse para perseguir al asesino, con tal mala fortuna, que cayó sobre el herido don Juan, haciendo la herida más profunda. Estaba ya prácticamente muerto.
Un poco más adelante el carruaje se detuvo. Se bajó al Conde de Villamediana y las gentes se arremolinaron para ver qué pasaba. Era domingo, y tanto la calle como la Plaza Mayor, estaban concurridísimas, por lo que el asesino se confundió entre la multitud y no fue posible dar con él.
Muchos contemplaron el asesinato, pero nadie supo dar razón de quién o quiénes lo llevaron a cabo. De ser cierta la insistencia de Villamediana en que le acompañara Luís de Haro podría deducirse que se sabía amenazado y creía estar protegido con su compañía, pero un halo de misterio envolvió esta muerte.
El cuerpo sin vida de Juan de Tassis fue velado en el convento de San Agustín de Valladolid, y enterrado allí a toda prisa.
Se dice que se hicieron averiguaciones para conocer al culpable, pero parece que el propio Palacio ordenó silencio sobre este crimen. Unos dijeron que estaba instigado por su rival el Conde-Duque de Olivares y otros por el mismo rey. Villamediana resultaba peligroso para muchos. Sabía, quizás demasiado, de la propia monarquía y su talante amenazador de contar cuanto sabía convirtió su muerte en un asunto de Estado, en el que no cabe duda que tuvo una participación directa el propio don Luís de Haro, pero su palabra, como único testigo del hecho jamás fue puesta en duda.
Y así murió aquel noble español que gustaba de hombres y mujeres, que vivía con la magnificencia de un príncipe y que asombraba a propios y extraños con sus atuendos fantásticos y con su ingenio. Como despedida, le honraremos con uno de sus más bellos sonetos dedicado a los efectos del amor:


"Determinarse y luego arrepentirse;
empezar a atreverse y acobardarse;
arder el pecho y la palabra helarse;
desengañarse y luego persuadirse.
Comenzar una cosa y advertirse;
querer decir su pena y no aclararse;
en medio del aliento desmayarse,
y entre el amor y el miedo consumirse.
En las resoluciones detenerse;
hallada la ocasión no aprovecharse,
y perdido de cólera encenderse.
Y sin saber por qué, desvanecerse;
efectos son de amor; no hay que espantarse,
que todo del amor puede creerse".