Tarot 806--------|Horoscopo 2010

 

Hero y Leandro

 

En la leyenda de Jasón y Medea hemos contado el origen del vellocino de oro, que fue primero un carnero vivo, regalo de Hermes, que sabía volar, y en el que dos niños huyeron a través del espacio. Ella, la niña, cayó al mar durante el vuelo y murió ahogada. Se llamaba Hele y dio nombre a un mar que desde entonces se llamó el Helesponto. Hoy, esta pequeña faja de mar entre dos tierras se llama el estrecho de los Dardánelos, que separa Europa de Asia y comunica el mar de Mármara con el mar Negro.
En aquellos tiempos había dos ciudades, una frente a otra: Abydos en la orilla oriental y Sesto en la orilla occidental. En la ciudad de Sesto, a la orilla del mar, se levantaba un templo consagrado a Afrodita, en donde se criaban multitud de avecillas que eran las criaturas preferidas de la diosa. Las cuidaba una joven sacerdotisa llamada Hero.
Al templo acudían, sobre todo en los días de «misterio», gentes de todas las ciudades vecinas. Y un día, con otros vecinos de Abydos, acudió un muchacho de familia noble, llamado Leandro. Y en el templo se produce el encuentro entre el muchacho y la joven sacerdotisa. El templo está consagrado a la diosa del amor y las consecuencias del encuentro sólo pueden ser un amor inflamado y ya definitivo, y fatal desde el primer momento.
Leandro acude otras veces al templo, donde sólo trata de ver a la sacerdotisa y de hablarle. Pero hay siempre mucha gente y no lo puede hacer. Un día Leandro espera en el templo hasta que, al caer la noche, se han marchado todos los devotos de la diosa. Entonces, cuando Hero está sola con sus aves, oye una voz que la llama. Ella no se había dado cuenta todavía de la presencia del muchacho.
—He cerrado el templo...
—Conmigo dentro, porque necesito estar a solas contigo.
No hace falta que diga cuáles son sus sentimientos. Hero los comprende en los ojos que la miran e intentan ser más expresivos que las palabras. Y también esta vez, como todas, el amor empieza por el amor, ya desde el primer momento con todo su poder. A Hero le tiembla la voz:
—¿Quién eres?
Leandro abre los brazos como queriendo decir: «¿No lo ves? Todo lo que soy lo llevo encima. Soy mi presencia y mi pensamiento, que no quiero ni sabría disimular. Soy un hombre que te ama».
Está muy avanzada la noche cuando Hero y Leandro se despiden a la orilla del mar, junto a la puerta del templo. Ya se aman con amor inevitable y definitivo. Y entonces Hero, que todavía ignora muchas cosas del hombre amado, le pregunta:
—¿Dónde vives?
—En Abydos, al otro lado del mar.
—¿Te irás mañana?
—Ahora. Mis padres me esperan y ya están angustiados por mi ausencia.
—¿Ahora? No hay barco hasta mañana.
—Sé nadar.
—No serás capaz de nadar hasta la otra orilla.
—¿Por qué no?
Es una noche clara de luna. No se ven, a la luz de la luna, las luces de la orilla opuesta. Pero no están tan lejos que un buen nadador como Leandro no pueda intentar la travesía. Es un muchacho fuerte y alegre y le entusiasma la aventura de cruzar el brazo de mar en una noche de luna. Hero no consigue disuadirle y deja de intentarlo cuando él le da una razón convincente:
—Sólo puedo verte de noche porque de día siempre hay mucha gente en el templo. Y de noche nunca hay barco. Ya ves que no tengo otra solución que ir y volver a nado. Mejor que empiece hoy y así me ejercitaré para la próxima vez.
Y desde entonces, todos los días, al anochecer, Leandro cruza a nado el Helesponto, desde Abydos a Sesto, ama a Hero hasta la media noche y vuelve a nadar hasta la otra orilla para dormir en su casa. Leandro prefiere gozar el secreto de su amor, pues teme que si dice a sus padres que ama a la sacerdotisa del templo empiecen las complicaciones, como siempre que otras personas intervienen en un amor ajeno.
Cuando se acaba la luna, Hero enciende una antorcha en lo alto de la torre del templo, y así señala el camino a Leandro, que llega nadando a través de la oscuridad de la noche. Esta pequeña proeza diaria contribuye a aumentar el amor en el corazón de Hero. Cualquiera que visite el lugar, desde una orilla verá la otra a unos dos kilómetros y medio y pensará que un buen nadador no tardaría mucho más de una hora en alcanzarla. Pero Leandro hace la travesía todas las noches, y mientras está con Hero, en vez de descansar, la ama apasionadamente.
Hero vive en el templo, donde no tiene más compañía que la de una esclava que la sirve. Desde que recibe las visitas nocturnas de Leandro es otra mujer, cuya vida interior se reduce a una espera que dura todo el día y a un goce de amor que dura desde la primera oscuridad hasta la medianoche.
Un día Hero dice que ya no sabría vivir sin la visita diaria de su amado. Leandro le asegura que esta visita se repetirá siempre y que, en último caso, jamás estará más de siete días sin visitarla. Que si alguna vez está más de siete días, es señal de que le ha ocurrido alguna desgracia.
Llega el invierno y el mal tiempo. Un día, a última hora de la tarde, el mar está tan embravecido que Leandro no se atreve a cruzarlo. Piensa que Hero lo comprenderá y ruega a los dioses que no dure el mal tiempo. Hero sube a la torre con su esclava y desde allí tratan de descubrir la presencia de Leandro entre las olas, para acudir en seguida en su ayuda. El viento fuerte les impide tener la antorcha encendida.
—No vendrá esta noche —insinúa la esclava.
—Ojalá obedezca a tu pensamiento. Prefiero que no venga. Correría un peligro demasiado grande.
A pesar de todo, las dos mujeres permanecen toda la noche en la torre, siempre con los ojos fijos en la oscuridad del mar. El mal tiempo continúa igual la otra noche. Hero no ha dormido, pero no siente la fatiga. Sube a la torre y tampoco puede encender la antorcha, pues el viento sigue soplando con la misma fuerza. Y otra noche igual, y otra y otra...
Leandro sufre, en la opuesta orilla, una angustia parecida a la de Hero. Teme arriesgar la vida sin necesidad, y espera que calme el tiempo. No tiene ni la solución de cruzar el agua de día, en barco, porque debido al mal tiempo los barcos no se atreven a abandonar el refugio del puerto.
En la séptima noche, Leandro recuerda la promesa que hizo a Hero de no estar jamás más de siete días sin visitarla. Piensa que ella lo comprenderá y no sabe qué decisión tomar. Desde la orilla grita al mar rogándole que le tenga compasión y se calme, y de pronto, como si los elementos le hubiesen escuchado y le hicieran caso, cede el viento y amaina la tormenta. Leandro levanta los ojos y allá, a lo lejos, en la orilla opuesta, ve la luz de la antorcha de la torre del templo. Piensa que Hero le llama recordándole su promesa y, sin pensarlo más, se arroja al mar y nada hacia la luz.
Hero ha subido a la torre como todas las noches, y ha aprovechado el momento en que el viento ha dejado de soplar para encender la antorcha. Sólo pretende con esto que Leandro sepa, desde la otra orilla, que ella le recuerda. Es feliz porque sabe que Leandro ha visto la luz y se la agradece. Y, de pronto, una nueva ráfaga le apaga la luz y se renueva el bramido de la tormenta.
Leandro ya no piensa en retroceder. Nada con toda la fuerza de sus brazos, en la dirección que fugazmente le indicó la luz.
Nada, en una lucha desigual con las olas y con el viento, que parecen quererle castigar por su osadía. Nada hasta que ya no puede más y, agotado, vencido, grita el nombre de Hero con sus últimas fuerzas y se entrega a merced de los elementos.
Hero ha oído la voz y corre hacia la playa, al pie del templo. Grita el nombre de Leandro y no obtiene contestación. Sus ojos escrutan en la oscuridad, hasta que le parece distinguir una forma humana entre las olas. Grita más fuerte y nadie le contesta. Y cuando, angustiada, si la esclava no la detiene se habría arrojado al mar, una ola enorme deposita en la playa el cuerpo inerte de Leandro, todavía con los ojos abiertos, pero ya con la máscara de la muerte en el semblante y el primer frío de la muerte en la sangre.
Hero siente que se le desgarra el corazón. Se abraza al cadáver amado, y una ola que semeja un brazo levantado hacia la presa se apodera de ella y del muerto, los engulle y los lanza después contra las rocas. La esclava no ha podido hacer nada para impedirlo.
El día siguiente amanece sereno y con el mar en calma. Los dos cuerpos yacen abrazados sobre la arena. Allí, en el sitio donde los encuentran, se levanta un monolito en recuerdo de los enamorados. Parece que hoy en día la piedra ha desaparecido, pero los nombres de Hero y Leandro siguen incrustados como dos recuerdos vivos en el tema de la leyenda.