Filemón y Baucis
Hemos leído que en algún sitio de Frigia viven todavía los dos árboles milenarios cuya aparición es el último capítulo de esta historia de amor y de bondad. No parece posible que sea cierto que los árboles existan todavía, pues son muchos siglos, aun para especies nobles, y, además, en algunos textos se habla de dos robles y en otros de un roble y de un tilo.
Filemón y Baucis son dos campesinos frigios, de edad avanzada, cuya mayor riqueza es el amor que reina entre ellos. Saben quererse en la vejez igual que se quisieron en la juventud, porque, llegados a una cierta edad, los dioses quisieron premiar la perfecta armonía y fidelidad que había existido siempre entre ellos.
Una mañana, Filemón, cuando se despierta, ve a Baucis no como es entonces, sino como era años antes, cuando él la conoció y la amó por primera vez. «Es ilusión de mis ojos», piensa. Y no dice nada. A Baucis le ha ocurrido el mismo fenómeno y tampoco lo dice. Y así los dos, cada uno con su secreto, sin que uno lo sepa del otro, son felices. Y porque son felices, con una felicidad fundada en el amor, son buenos y generosos a pesar de su pobreza.
Zeus tenía la costumbre de peregrinar por la tierra para conocer de cerca a los hombres. En estas excursiones se hace acompañar por Hermes, que es su hijo preferido y el más travieso y aventurero. Un día llegan, en Frigia, al pueblo donde viven Filemón y Baucis, y piden alojamiento de casa en casa. Todos les niegan la entrada y algunos ni les abren la puerta, ni les contestan.
Zeus empieza a ponerse de mal humor y ya piensa en la forma de castigar a un vecindario tan poco generoso. Han llegado a las afueras y allí descubren una cabaña mucho más pobre que las otras casas del pueblo. Hermes se adelanta a llamar a la puerta, sin hacer caso de Zeus que trata de disuadirle con un argumento lleno de lógica:
—Los vecinos más ricos no nos han recibido. ¿Qué quieres que hagan los más humildes?
Una viejecita abre la puerta. Es Baucis. Sonríe al desconocido y le pregunta quién es y de dónde viene.
—Somos peregrinos y 110 hemos comido en todo el día.
—Entrad. No nos sobra nada, porque somos pobres. Pero lo poco que tenemos lo partiremos con vosotros.
Y en seguida la viejecita llama alborozada a Filemón.
—¡ Son peregrinos ! ¡ Y no han comido !
Filemón les atiende y les ofrece sitio para descansar. Baucis entra en la cocina y busca todo lo mejor que tiene. Filemón saca un barreño lleno de agua y quiere lavar los pies a los viajeros. Baucis, entretanto, pone la mesa con todo lo que encuentra: leche, miel, pan, higos secos.
Baucis dice en voz baja a su esposo:
—Dales el vino que tenemos guardado.
Zeus, con su poder divino, se entera de todo lo que dicen. Filemón accede en seguida y ofrece un buen vino generoso, servido en cuencos de madera de haya alisados por dentro con cera amarilla. Zeus y Hermes estaban sedientos y beben el vino complacidos. Filemón les ofrece todo el que queda.
—Os sirvo más. Todavía queda para llenar otra vez los cuencos.
—¿Y vosotros?
—No tenemos costumbre de beber. Este vino lo teníamos guardado para una ocasión.
—Pues guardad el poco que os queda.
—¿Por qué? La mejor ocasión es esta de hoy que tenemos forasteros.
Zeus mira a Hermes por el rabillo del ojo y bebe muy a gusto. El buen vinillo viejo le satisface. Siempre que toma figura humana es un devoto de los vinos sabrosos y de las buenas comidas.
Cuando Filemón sirve el vino por segunda vez advierte que la jarra esta llena hasta el borde. No lo estaba tanto antes. Y ha servido una primera ronda. Comprende que se está realizando un prodigio y que los forasteros no son mortales como ellos, sino dioses. Le entra un gran temor y comunica su descubrimiento a Baucis.
Con dos simples peregrinos se creían cumplidos. Pero son dioses y se creen obligados a sacrificarlo todo. Su único auténtico tesoro es una oca que alimentan con lo poco que a ellos les sobra. Deciden matarla y ven, con estupor, que donde cae la sangre de la oca la tierra se calienta y del calor de la tierra nace otra oca mucho más gorda y más bella que la muerta. Entonces los dos viejos, mientras sirven la oca asada, adoran a Zeus y a Hermes y les piden perdón por haberles ofrecido tanta pobreza. Zeus les interrumpe:
—Nos habéis dado todo cuanto tenéis. No podéis ser más generosos. Sin embargo, los otros vecinos de aquí no nos han dado nada y muchos de ellos ni nos han abierto la puerta.
Filemón y Baucis intentan defender a sus vecinos.
—Este año las cosechas no han sido buenas.
—No lo han sido para nadie. Venid con nosotros.
Los dos viejos obedecen como impulsados por una fuerza sobrenatural.
Salen de la cabaña y echan a andar los cuatro hasta lo alto de una colinita que domina el pueblo. Allí Zeus les hace volver la vista atrás.
—¡ Mirad!
Ambos se vuelven a la vez y ven que el pueblo ha desaparecido, con todas sus casas y todos sus habitantes. En el lugar donde estaba el pueblo hay ahora una laguna de aguas azules. Y en las afueras, en el sitio donde estaba la cabaña de los dos viejos, se levanta un templo todo de mármol, con los techos de oro.
Zeus invita a Filemón y Baucis a pedirle lo que más desean y Filemón habla por los dos, seguro de que también interpreta los deseos de su mujer:
—Sólo deseamos permanecer juntos a tu servicio. Y puesto que tantos años hemos vivido juntos, concédenos la gracia de morir los dos al mismo tiempo. Nada sería peor para nosotros que vivir el uno sin el otro.
Zeus les deja allí como guardianes del templo y así se cumple el deseo de los dos viejos enamorados. Pasan años y ellos envejecen más y más, hasta la decrepitud, que no tiene otra salida que la muerte. Y un día los dos ven como el otro se va transformando en árbol: los pies en raíces, las piernas en tronco, y como en todo el cuerpo les van naciendo hojas verdes. Los dos a la vez pronuncian las últimas palabras:
—¡ Adiós, amor mío !
—¡Adiós, mi amor!
Y así quedan convertidos uno en roble y el otro en tilo, o los dos en robles, según la otra versión. No se sabe de cierto. Hemos leído que aún quedan algunas piedras de las ruinas del viejo templo y que con ellas se ha levantado un muro de protección alrededor de los dos árboles. Pero no parece muy seguro que pueda ser cierto