El novio de la muerte
Sin envainar la espada, César intentó seguir el eco de aquella risa para reclamar su premio, pero se perdió por un entramado de plazuelas y calles en una ciudad que no conocía. Lo mejor sería volver al campamento para preparar las acciones del día siguiente. Había establecido con Felipe de Cáceres un compromiso de honor sobre cuál sería el más valiente y esforzado en la lucha y no era cuestión de dejarse vencer.
Guardó la espada, se embozó la capa y se cubrió la cabeza con su chambergo de pluma roja. Pero, de pronto, se abrió el balcón de un viejo palacio, dejando ver un salón bien iluminado y a una dama que pedía ayuda, tratando de zafarse de un hombre que la acosaba. Levantó los ojos César, mientras a sus pies caía una llave que recogió con presteza y, a todo correr, entró en el palacio subiendo por una escalera. Se abrieron las puertas de un salón y apareció un joven gallardo, con la espada desnuda en su diestra. Se entabló la lucha en el rellano de la escalera, entrechocaban los aceros, y los ánimos de los contendientes estaban, cada vez, más excitados. La risa de la mujer se dejaba oír mientras repetía que los favores los pagaba ella con un beso. César enloqueció de deseo y en un giro audaz y decidido, atravesó la garganta de su rival, que cayó, bañado en sangre, susurrando: "Cuidado... la muerte...
Entró César en la estancia, y la misteriosa dama le agradeció el favor con voz melosa e insinuante. El hidalgo extremeño le suplicó que cumpliese su palabra, venía a por el beso prometido. Coqueta, le dijo la mujer que tal vez se negara a ello, ante lo que él replicó que era una crueldad que actuara así.
La enlutada le miró a los ojos y César tuvo que apartar los suyos de los de su dama, penetrantes, profundos, extraños... y, no obstante, conocidos, familiares... sin saber a ciencia cierta dónde, cuándo o a quién podían pertenecer. Una sensación inexplicable se apoderó del cuerpo y del alma del caballero. La dama siguió dando largas a la entrega del beso, pero ante las exigencias de César le dio la llave de su casa diciéndole que le esperaba al día siguiente, por la noche, para que ambos se viesen compensados. El orgullo del hidalgo se sintió ofendido, y le replicó que ninguna mujer había conseguido retenerlo dos noches seguidas. De nuevo la risa de la mujer sonó como un desafío. Ella sí lo lograría... dos noches y cuantas quisiera. César se cubrió y se dispuso a marcharse, la aventura no había tenido el fin que deseaba, pero, a veces se gana y a veces se pierde. La dama le alargó la mano, una mano de una blancura marmórea, fina como la seda y yerta como si la sangre no corriera por las venas de aquella extremidad. Al besarla, un escalofrío recorrió el cuerpo de César.
- Mañana vendréis, caballero español. Recoged la llave y tened por cierto que siempre, siempre, cumplo mi palabra.
Esa fue la despedida y, envuelto en su capa regresó César al campamento, pensando que, al día siguiente, podía conseguir la banda roja de capitán ganando honra, gloria y la apuesta que había hecho con Felipe de Cáceres sobre cuál de los dos sería el más esforzado y valiente.
Al amanecer ya estaba listo César, con los suyos, para atacar y conquistar la torre del Este de la ciudad, único punto de resistencia de los enemigos. La actuación fue tan rápida y contundente, que sin dar tiempo a que los asediados se aprestasen a la defensa, la bandera española ondeaba ya en lo alto del torreón, al tiempo que el nuevo capitán mantenía en sus manos la enseña enemiga. Pero, al mismo pie de la fortaleza, un encuentro desafortunado con don Felipe de Cáceres, que osó retarle, acabó con la muerte de éste. Como en tantos otros lances, la espada certera del extremeño, pasó el cuerpo del rival de parte a parte.
Don Lorenzo de Cañada, le impuso la banda roja, no sin una sombra de disgusto en su rostro, pues si bien ganaba un capitán bravo y esforzado, había perdido a otro no menos destacado. Sabía que la afrenta partió de Felipe y no podía reprocharle nada indigno a César, pero la muerte de uno de los suyos a manos de otro compatriota, no le agradó en absoluto.
Feliz se sentía don César Dávila y Cortés, ahora capitán de los Cañada murió de unas fiebres malignas ante las puertas de Florencia y el mando fue asumido por César. Su Tercio pasó a llamarse "de la Muerte", y era el único que se atrevía con las empresas bélicas que se consideraban imposibles. Pero el espíritu de aquel hombre continuaba atormentado, nada parecía proporcionarle reposo ni tranquilidad. Buscaba algo, anhelaba un encuentro que no se producía con aquella dama pálida que le besó una noche, ya lejana, en Módena.
Pasaron los años, no conoció la derrota y, cosido a cicatrices, conservó la vida, una vida que le resultaba ingrata. Pensó en retirarse al solar de sus mayores, pensando que allí encontraría la paz que la guerra y la lucha le habían negado durante tantos años. Pero todo fue en vano.
A una de las puertas del Monasterio de Guadalupe llegó, cierto día, un capitán de los Tercios ya entrado en años. El padre guardián le abrió y le trató con cariño, haciéndole entrar. Durante horas, don César Dávila y Cortés, estuvo en confesión. Atrás quedó el capitán glorioso, el espadachín audaz, el aventurero y poeta, aquel que cebara a la muerte proporcionándole tantas presas. Ahora, arrepentido y penitente, viste el hábito del pobrecito de Asís.
Y a César, como a todos, le llegó el momento supremo. En su camastro de la austera celda en la que ha vivido en sus últimos años, agoniza el antiguo capitán. Y allí le confiesa al padre guardián, que la dama del antifaz que le besó en Módena, está ahora a su lado. La ve, con sus cuencas vacías, con la calavera esbozando una sonrisa: la Muerte, largo tiempo buscada, viene a por él. A ella se entrega, pues le protege la bondad de Dios. Pide, como última gracia, que sobre su frente se trace la señal de la cruz... la constante compañera de su vida, su enamorada, le llama. E inclinando la cabeza, se durmió en la paz del Señor.