El misterio del anillo y del breviario

 

Esta leyenda extremeña cuenta una historia sentimental, un tanto enrevesada, de amores y tragedias, en la que un anillo y un breviario tendrán un papel de gran importancia.
Cerca de Badajoz, en la aldea de Telena, allá por el siglo XV, vivía la familia formada por Álvaro Alfón y Ana Gil, servidores que fueron de la ilustre familia de González que les habían dejado esta heredad. Tenían muchos hijos y con ellos convivía una niña, Elvira, que contaba unos siete u ocho años de edad.
Todas las tardes, esta niña, vestida con atavíos de hidalga, recibía las visitas de varias damas linajudas de la ciudad. Isabel Suárez de Figueroa y su hija, Teresa de Aguilar, no faltaban nunca a la cita y con la niña compartían lecturas y labores. También Mencía Goes y su hija, Blanca de Sotomayor, de la misma edad de Elvira, solían frecuentar la heredad de Telena y ambas niñas compartían juegos y aficiones. Otros nobles extremeños, como por ejemplo, Alonso de Aguilar y Constanza Esteban, con su sobrina Constanza Fernández, así como la marquesa de Santillana, cuando se encontraban en Badajoz, acudían a ver a Elvira.
Todos se preguntan quién puede ser esta niña, mimada por las familias más principales, cuyo nombre es el mismo que el de la hermana de la marquesa de Santillana, es ahijada de esta marquesa y que Isabel Suárez contempla con cariño y con nostalgia. Los rumores y las consejas corren de boca en boca y sobre la niña se cuentan mil historias fantásticas. Los nombres de todas estas damas, que con sus amores y desengaños, alegrías y pesares, llenaron las crónicas de la ciudad en la primera mitad del siglo XV, son hoy apenas recordados y sólo se mantienen en la memoria de los amantes de las más vetustas tradiciones.
Por aquel entonces, los próceres de la ciudad levantaron sus casonas y palacios junto al muro almenado que daba al Guadiana. Sobre los dinteles de sus hermosas construcciones campeaban los escudos de sus nobles prosapias. Al lugar se le conoció como el Miradero y en él se reunían los jóvenes de la sociedad noble y burguesa de aquellos tiempos.
Don Gome Suárez de Figueroa, primogénito del primer señor de Feria, levantó la mansión más esplendorosa de Badajoz. Su familia está emparentada con lo más florido de la nobleza extremeña y castellana, y en su nuevo palacio descansa de los ajetreos de la corte, junto a su esposa Elvira Laso de la Vega, hermana a su vez del marqués de Santillana, Iñigo López de Mendoza, que matrimonió con la hermana de Gome, Catalina. La hija menor del señor de Feria, Isabel, se desposó muy joven con Gonzalo Aguilar y Fernández de Córdoba, primogénito del señor de Priego, don Alonso de Aguilar. Las nupcias se celebraron con alegría por ambas partes, pero no iban a dar la felicidad a la joven y dulce Isabel.
De este enlace nacieron dos niños: Alonso y Teresa, pero Gonzalo, el esposo, falleció muy pronto, dejando a Isabel viuda en la flor de la vida y señalando su existencia para siempre con la impronta de la incomprensión y del dolor. El viejo don Alonso, quién sabe por qué, desheredó a los hijos de este matrimonio para que el mayorazgo pasase a su segundo hijo, don Pedro, destinado al estado eclesiástico, al que forzó a contraer matrimonio para continuar su estirpe. Una vez más, la desgracia se cebó en la familia y don Pedro, el segundón, murió en la batalla de Moclín, pasando el mayorazgo al mayor de los hijos de Pedro, obviando a sus nietos, hijos de Alonso.
Isabel, desengañada por la actuación de su suegro, se fue a vivir a Badajoz, junto a Gome y los dos vivieron en el palacio casi siempre solos, con una abundante servidumbre.
Los hijos de Isabel tenían diecinueve años Alonso y diecisiete Teresa. Eran muy hermosos, gentiles y apuestos y su sino desgraciado hacía que todos sintieron por ellos una gran simpatía, siendo siempre los primeros invitados a las fiestas y solemnidades que celebraba la grandeza de la ciudad. Por otro lado, don Gome y su esposa la marquesa, adoran a sus sobrinos a los que consideran como hijos propios.
Una de las mansiones del Miradero, es la del noble Andrés Esteban y su esposa Constanza Fonseca. Tienen tres hijos: Vasco, Isabel y Constanza, que comparten fiestas con su prima Mencía Goes, hija de Ferrand Sánchez de Badajoz y de María Esteban. Las tres jóvenes son amigos inseparables de Leonor Díaz, la heredera de Ferrand Diez y de Catalina González, hija de los González, señores de Telena.
Teresa Aguilar es también íntima de estas jóvenes y en los jardines y salones de los Esteban se reúnen para pasar agradables veladas, en compañía de su hermano Alonso, al que se conoce como el Desheredado, los hermanos de Catalina: Rodrigo, Diego y Juan; Vasco, hermano de Constanza y Álvaro, hermano de Leonor.
Como es natural, en estas reuniones de amigos, pronto surgió el amor. Mencía Goes se prometió a Hernando de Sotomayor; Isabel Esteban se habla de que se casará pronto con Juan González, lo mismo que Constanza y Álvaro Díaz. Alonso, el Desheredado y Catalina González, están profundamente enamorados y también Rodrigo González, el hermano mayor de Catalina, se ha prendado de la bonita Teresa de Aguilar. Pero este amor no es correspondido, porque Teresa ama con ternura y es correspondida por Vasco Esteban. La marquesa de Santillana, confidente amable de sus sobrinos, ve con buenos ojos estas relaciones, ignorando la tragedia que se cierne sobre ellas y que marcará para siempre la vida de estos jóvenes que parecía estar destinada a un futuro feliz en el que la nobleza y amor se enlazarían sin más problemas.
Rodrigo González no pudo soportar la fortuna de su rival, Vasco, que gozaba del cariño de Teresa y en su corazón anidará el resentimiento y el odio que le llevarán hasta el asesinato.
Cerca de la sinagoga de la ciudad, se encontraba la tienda del judío Abiú Armandel, que frecuentaba la marquesa de Santillana. Nadie se extrañaba de ello pues el judío tenía una gran variedad de riquísimas telas, joyas preciosas y perfumes maravillosos traídos de Siria y Arabia. El judío se sentía muy complacido con una cliente tan distinguida, aunque también se murmuraba que la marquesa estaba interesada en otras materias que no eran, precisamente, sedas y abalorios.
Abiú Armandel tenía fama de ser también un hechicero que podía predecir el porvenir, preparar pócimas amorosas y todo tipo de sortilegios. Lo cierto es que menudeaban la visitas de la rica-hembra, siempre rodeadas de cierto misterio, y acompañada de Teresa y su inseparable amiga Catalina. Alonso y Vasco solían acompañarlas, no tanto porque estuvieran interesados en las posibles "artes" del judío como por estar más tiempos junto a sus amadas.

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