Dionisios y Ariadna
Dionisos es un dios tornadizo. Un día descubrió que el zumo de la uva fermentado producía la embriaguez, y desde entonces busca la felicidad en este placer tan fácil. Vive acompañado de un cortejo de bacantes y con ellas celebra alborotados ritos sensuales que hacen estremecer las tierras. Pero si Dionisos es un dios siempre alegre, a pesar de sus imprudentes evasiones de sí mismo, es debido a un secreto de amor. Sí, el dios de las bacanales tiene su refugio sentimental en un escondite que nadie le ha descubierto todavía. Y, de vez en cuando, desaparece y va a ser de veras feliz en su casa, con su única esposa, a la que ama por encima de todo. Porque este dios borracho y alegre no tiene jamás una verdadera aventura de amor fuera de casa.
Dionisos ha conseguido la inmortalidad para la mujer que ama. Se sabe que ella está en algún sitio del cielo con él, pero nadie sabe dónde. Él cumple su destino, su ficción, representa muy bien su personaje, baja a la tierra y enseña a los hombres a beber, a cantar y a gozar lejos del hogar. Y bebe y canta y goza con ellos. Pero después, cuando todos duermen por efecto del vino, les abandona y se refugia en su hogar misterioso, donde se entrega al único gran amor de su vida. El mito no puede ser más bello: mucha juerga, sí, pero un solo amor auténtico, que en Dionisos tiene mucho más valor, por cuanto es un artista consumado de todos los placeres.
Ya hemos contado que Dionisos es hijo de Zeus y de Semele y que pasó los primeros meses de su vida oculto en una abertura del musió de su padre, donde la sangre le calentaba.
Ariadna es hija de Minos, rey de Creta, y de Pasifae. No se sabe cómo fue que Dionisos la descubriera y la quisiera para sí. La leyenda de este amor fiel empieza cuando Dionisos ya está enamorado. Pero es joven, quiere divertirse, y además ha de cumplir con su misión de enseñar a los hombres a divertirse por su parte. Y no confiesa su amor. Entretanto, ocurren cosas en Creta.
El rey de Atenas, Egeo, ha de pagar un tributo anual de siete muchachos y siete doncellas al rey Minos. Es el castigo impuesto por los dioses, por una ofensa que Minos no ha querido perdonar. Minos encierra a los cautivos en un laberinto que le construyó Dédalo, y allí los deja a merced del Minotauro, un monstruo mitad hombre y mitad toro, que los devora uno a uno, despacito, para que le duren todo el año.
El pueblo de Atenas está contra su rey. Ellos han de pagar el tributo y renunciar a sus hijos y el rey no. Les parece injusto y mandan un emisario al rey.
—Señor, nuestros hijos son entregados al rey de Creta, y los tuyos, no. Y, sin embargo, tú eres el culpable de la ofensa.
Egeo tiene un hijo llamado Teseo, destinado a grandes heroicidades y aventuras y a convertirse en uno de los más famosos reyes legendarios de Atenas. Teseo participa en la entrevista, ve que su padre duda y contesta él: —Tenéis razón. Y yo, el hijo del rey, iré con el tributo.
El pueblo vitorea al príncipe generoso, pero el rey está triste. Quiere mucho a su hijo. Teseo tiene una gran confianza en sí mismo y trata con ella de consolar a su padre:
—No temas por mí. Yo lucharé con el Minotauro, le venceré y devolveré a sus casas a las víctimas de los anteriores tributos.
En aquellos tiempos legendarios, cuando un monstruo moría, recuperaban la vida todos los hombres que habían sido devorados por él. También este mito de la vida que vuelve cuando muere aquello que nos ha devorado, tiene mucha belleza y es digno de figurar en un lugar de honor en la temática universal.
La nave que todos los años lleva a los jóvenes atenienses a la isla de Creta tiene las velas negras en señal de luto. Esta vez Egeo, que espera mucho de su hijo, les da una vela blanca para que la puedan izar al regreso, en el caso de que Teseo haya conseguido vencer al Minotauro.
Teseo llega a Creta y, a pesar de formar parte del tributo, Minos le recibe como a hijo de rey. Es joven, bello y fuerte y produce sensación en la corte, sobre todo entre las mujeres, y sobre todo en el corazón de una de ellas, Ariadna, que es la hija mayor del rey.
Ariadna, enamorada ya, da a Teseo una espada mágica con la que vencerá al Minotauro, y un ovillo, el famoso ovillo o hilo de Ariadna, para que ate un extremo al entrar en el laberinto, vaya soltando el hilo por dentro y pueda salir después.
Teseo ama también a Ariadna, pero no se compromete mucho con ella. Es demasiado joven y las aventuras le seducen más que el amor. Entra en el laberinto con sus compañeros de tributo, encuentra al Minotauro y lo mata con la espada mágica de Ariadna. Los mocitos y las mozas que habían sido devorados los años anteriores recuperan la vida y todos juntos vuelven a la ciudad. Por suerte para ellos, es de noche. Anclados en el puerto de la isla, junto al barco del héroe, están las naves de Minos. Teseo y sus compañeros suben primero a los barcos del rey, los agujerean, dejándolos imposibles para una navegación inmediata, y se disponen a huir en el suyo.
Pero allí está Ariadna, que ha ido a despedir al héroe. Es joven, no se ha atrevido a salir sola de palacio y se ha hecho acompañar por su hermanita Fedra, todavía muy niña. Cuando Teseo va a separarse de Ariadna, ella le agarra por la túnica:
—¡ Quiero ir contigo !
Teseo trata de convencerla para que se quede. Pero Ariadna está como obsesionada y repite su única idea:
—¡ Quiero ir contigo !
—¿Y tu hermanita?
-—Me la llevaré.
La pequeña Fedra es feliz con la aventura. A pesar de sus pocos años, ya siente una gran admiración no sólo por los héroes, sino por la belleza de los hombres. Y Teseo es héroe y es hermoso. Así, deciden que las dos hermanas suban al barco de los atenienses, Ariadna en calidad de amor de Teseo y Fedra en calidad de damita de honor.