Dionisios y Ariadna
Teseo podía haber navegado directamente hasta Atenas. Pero sabe que le esperan muchos trabajos y prefiere gozar un tiempo en paz de este primer amor llovido del cielo. Llegan a la isla de Dia (Naxos) y allí se quedan. Ya entonces, a pesar de su aventura con Ariadna, empieza a gustarle Fedra, la hermana pequeña.
Dionisos, en una de sus vacaciones de dios del vino, se acuerda de su amada Ariadna y va a hacerle una visita. No la encuentra en su casa, la busca por todo el mundo y al fin la descubre en otra isla, en brazos de un hombre. Piensa: «La culpa es mía por haber tardado tanto». Decide hacer las cosas bien y acude a Zeus y le pide que le conceda a Ariadna como esposa. Zeus accede, y Dionisos advierte:
—Lo malo es que ahora tiene amores con un mortal.
—Tienes poder suficiente para arrebatársela.
—Sí; pero quisiera enamorarla.
—Es más lento, pero, en fin, allá tú.
Dionisos, que es un dios alegre y está seguro de sí mismo, decide quedársela primero y enamorarla después. Y la misma noche, mientras Teseo duerme, se le aparece en sueños y le reclama a Ariadna. Sus motivos no pueden ser más razonables:
—Zeus me la tiene destinada y de todas formas será mía. De manera que es mejor que me la entregues voluntariamente.
Teseo se resigna a obedecer. Es muy joven y ama la libertad. Y, además, allí está Fedra, que le empieza a gustar, y que, en ausencia de Ariadna, será su compañera de aventuras hasta que lleguen a Atenas.
Y aquella noche ama a Ariadna con más pasión que otras noches. La invita a beber y bebe con ella. Dionisos, que les está acechando sin que ellos le puedan ver, pone fuerza en el vino, y Ariadna no tarda en caer dormida en brazos de Teseo. El héroe la deja acostada, suavemente, en la mejor posición para que pueda dormir con toda comodidad. Fedra, que ya conoce la intención de Teseo, le ayuda en todo, como una personita mayor.
Antes de la primera luz del día todos abandonan la isla, suben al barco, despliegan las velas negras y un viento favorable les lleva hacia su tierra de Atenas. Teseo, entristecido por la separación, busca consuelo en la pequeña Fedra.
Pero Ariadna, cuando despierta en pleno día y se encuentra sola y abandonada en la isla, se lamenta a grandes voces. Los poetas antiguos cantaron esas lamentaciones de Ariadna sola en la isla, que duran mucho tiempo, porque Dionisos prefiere que ella se desahogue y sufra una cura de tiempo antes de someterla a una nueva prueba de amor, y se ha ido a correr mundo con su alegre cortejo de bebedores.
Cuando regresa a la isla, no se atreve a presentarse a Ariadna sin cambiar de aspecto. Deja pasar unos días, se baña y se embellece. En el mito hay dos figuras de Dionisos: una nos lo presenta borracho y feo, y la otra joven y bello. Así, en la segunda forma, es como al fin se presenta a su amada. No le dice en seguida quién es. Empieza por fingirse un peregrino y le cuenta que una de las hijas de Minos está destinada a ser la esposa de un dios. Ella no pregunta nada y Dionisos espera unos días más y repite la noticia. Y así varias veces, hasta que Ariadna se muestra curiosa y hace la pregunta esperada:
—¿Cuál de las dos?
—Ariadna.
—¿Quién es el dios?
—Dionisos.
Ella le pregunta si conoce a Ariadna y él le dice que no; le pregunta si conoce al dios y él dice que sí.
—¿Cómo es?
Dionisos ve la curiosidad como una luz en los ojos de Ariadna y decide arriesgarlo todo.
—Soy yo.
Ella, en seguida, sin ningún miedo, le confiesa la verdad.
—Yo soy Ariadna, la hija de Minos.
Así él sabe que ella le quiere. Si no le hubiese amado, no le habría dicho que era ella. Se entregan al amor y son felices. Dionisos la lleva primero al monte Drios y la tiene un tiempo allí, en un sitio maravilloso donde habitan las dríadas, divinidades protectoras de los árboles y de la vegetación. En la Grecia antigua no podía cortarse un árbol sin que antes declarasen los sacerdotes que las dríadas lo habían abandonado.
Pero Dionisos ha de cumplir su misión con los hombres, lejos de su amada, y un día se esfuma, sin que haya vuelto a aparecer por aquellos parajes. Unos días después se esfuma también ella, sin que nadie la vea salir ni sepa adonde se ha dirigido.
Hasta ahora se desconoce el sitio donde se refugiaron. Él, a través de su vida aventurera por el mundo, va siempre solo. Organiza grandes orgías, y, cuando todos están enloquecidos, desaparece. Entonces se encuentra con Ariadna, su amor, que es la única que le conoce bajo una forma de la que los hombres no saben nada.
Más adelante, en la historia de Teseo y Fedra, contaremos la trágica llegada del héroe a su patria, donde el viejo, su padre, le espera todos los días en lo alto de un promontorio. Y al fin ve llegar, a lo lejos, las velas desplegadas al viento. Pero no las velas blancas que dio al hijo para el caso de una llegada feliz, sino las velas negras que el hijo, con la alegría del regreso, y acaso distraído con la pequeña Fedra, se ha olvidado de quitar. Y el viejo rey, en un momento de desesperación, se arroja al mar y muere ahogado, muy poco antes de la llegada del hijo vencedor, que tan feliz podía haber sido.