Adonis y Afrodita
Entonces Afrodita conoce a Anquises, un bello pastor que apacenta sus vacas en las alturas del monte Ida. Y le ama. Es un amor provocado por las otras diosas, que le tienen envidia y la quieren desacreditar ante la buena sociedad del Olimpo. Todas ellas habían tenido aventuras galantes con hombres, y Afrodita sólo había sido amante de un dios. De este amor de Afrodita y Anquises nace un niño, que se llamará Eneas y será un semidiós heroico, digno de que los poetas canten sus aventuras.
Anquises, aunque apacentara vacas, es hijo de un príncipe troyano llamado Capis y desciende de Zeus en línea directa. Tiene la belleza de un dios y sólo se dedica al pastoreo a ratos perdidos. Fue un capricho pasajero de Afrodita y él vive después muchos años feliz, entregado a los bellos recuerdos de la juventud. En el momento de la destrucción de Troya vive todavía y su hijo Eneas le salva y le lleva a la Arcadia, donde muere al fin, al pie de una montaña que todavía lleva su nombre.
Se comprende que Afrodita, después de tener un esposo deforme y cojo, de un primer amante en cuya presencia es humillada y de un segundo amante que es pastor de afición, esté perfectamente dispuesta a cumplir su destino y a ser protagonista de uno de los amores más bellos de la leyenda. Adonis es el gran amor de su vida, y los dos siguen, después de los siglos, tan enamorados como el primer día.
Adonis es hijo de un rey de Siria llamado Teyas. Este rey tiene una hija muy bella, Mirra. Y esta Mirra tiene una vieja nodriza, una tal Hipólita, dispuesta a cualquier trapicheo para satisfacer los caprichos sentimentales de la muchacha. El padre de Mirra la guarda apartada de los hombres, pues todavía no ha decidido a quién la destina, pero ella no puede resistir su vocación de amor y se enamora de su mismo padre, que es el único hombre a quien trata. La nodriza hace creer al padre que una mujer le ama en secreto; no le dice quién es, y así consigue que la hija pase doce noches con él. A la doceava noche el padre descubre el engaño, se indigna contra su hija y la quiere matar.
Mirra, aterrada, se pone bajo la protección de los dioses, y Afrodita la convierte en un árbol. Es un árbol que llora y sus lágrimas esparcen una exquisita fragancia por el aire: el olor a mirra. La corteza del árbol se va hinchando como el cuerpo de una mujer, y a los nueve meses nace un niño. Este único fruto del árbol oloroso es Adonis, hijo incestuoso de Mirra y de su padre Teyas.
Afrodita es amiga de Mirra, como lo es de todos los enamorados. Ve al niño y lo encuentra maravilloso. En seguida lo ama. Escarmentada por lo que ha ocurrido otras veces, tiene miedo de que se lo quiten, lo encierra en una caja y lo confía a Perséfone, esposa de Hades, reyes los dos de las regiones infernales.
Perséfone es hija de Zeus y de Deméter. Hades la raptó y se la llevó a los infiernos contra la voluntad de la joven, que nunca estuvo enamorada. Tan poco lo estaba que protestó por su destino, y al fin Zeus le concedió que pasara sólo la mitad del año con su raptor y la otra mitad en el Olimpo con su madre Deméter. No se podía esperar mucha fidelidad de esta diosa, y en su leyenda se registran varias aventuras de amor.
Afrodita ruega a Perséfone que no abra la caja, pero Perséfone es mujer y lo primero que hace es abrirla. Entretanto, Adonis se ha hecho un guapo mozo y Perséfone le ama en seguida. Afrodita se entera. Acude a Zeus, Perséfone se defiende y reclama al bello Adonis para sí; y al fin Zeus, al verlas tan enamoradas a las dos, toma una decisión justa: que Adonis pase una tercera parte del año con Perséfone en los infiernos, otra tercera en la isla de Chipre con Afrodita (otras versiones sitúan el escenario de este amor en la isla de Citerea, la actual Cerigo) y la otra tercera parte a su gusto, donde quiera. Parece que esos cuatro meses de libertad Adonis también los pasa en la isla de la diosa del amor. Y ésta es la causa de su muerte, en plena juventud.
Los otros dioses se burlan de él porque da tanta importancia al amor y le llaman afeminado. Y él, para demostrarles su hombría, se lanza a perseguir jabalíes salvajes, sin armas o armado sólo de un simple cuchillo. Es fuerte y consigue matar muchos. Pero Apolo medita venganzas contra Adonis, por una antigua ofensa. Un día Afrodita y Adonis se estaban bañando en un río de su isla. Les sorprendió un hijo de Apolo llamado Erimato, y desde entonces languidecía de amor por la diosa. Apolo rogó a Afrodita que accediera a satisfacer la pasión de Erimato, y ella, que amaba demasiado a Adonis, se negó. Y en venganza, Apolo toma la forma de un jabalí salvaje, surge de pronto en el monte detrás de Adonis y se le echa encima sin darle tiempo a defenderse ni a sacar el cuchillo del cinto. Le hunde los colmillos en los costados y le mata.
Adonis lanza un grito de agonía y cuando Afrodita acude ya es demasiado tarde, y sólo llega a tiempo para recoger el último suspiro del semidiós.
En el sitio donde cae el primer borbotón de sangre de Adonis, nace una nueva flor, que todavía sigue siendo una de las más bellas de la montaña: la anémona. Afrodita recoge el cadáver de su amante y lo lleva hasta el palacio donde vivían los dos en la isla. Por el camino mana sangre de la herida. Es un camino con seto de rosas a los dos lados, que todas quedan teñidas con la sangre de Adonis. Y, desde entonces, todas las rosas de la isla de Chipre (o de Citerea) han sido siempre rojas.
Venus y Adonis han tenido cinco hijos: cuatro varones, Príapo, Golgo, Istastie y Zariadre, y una mujer, Beroe.
Una vez muerto Adonis, Perséfone lo reclama para ella. Pero Afrodita pone una condición:
—Iré yo con él.
Prefiere encerrarse con los muertos en compañía de su amado, a continuar entre los vivos sin él. Perséfone no quiere que Afrodita se instale en los infiernos, no quiere competencias. Las dos diosas acuden a Zeus, y éste decide que Adonis esté muerto y en poder de Perséfone una parte del año y la otra parte con Afrodita. Es el mito de Tammuz e Istar, que se repite.
Es curiosa la actitud de Perséfone, tan contraria siempre a renunciar a sus derechos sobre los muertos, y que en este caso prefiere pactar con Afrodita y cederle a Adonis unos meses todos los años, antes que consentir que ella se quede en los infiernos. Parece como si la belleza de Afrodita pusiera siempre en guardia contra ella a las otras diosas.
Todos los años el encuentro de Adonis y Afrodita marca el comienzo de la primavera y el renacer de la vida sobre la tierra. Y la separación de los dos amantes señala el comienzo del otoño y del frío. Nunca la leyenda es tan fundamental como en esos mitos primitivos en los que el amor es el origen de toda la belleza que está al alcance de las posibilidades del hombre.