Los gestos secundarios
No puede comprenderse el gesto de seducción masculino o femenino únicamente a través de los gestos primarios que califican su esencia. En efecto, los gestos del hombre que pretenden sostener, abrir camino, proteger o incluso conducir, se derivan de su constitución muscular, cuya vocación de potencia lo condicionan para estas actitudes de protección hacia las mujeres.
Para la mujer, la influencia de la morfología es aún más sensible. Su función de amamantar, claramente evidente por la presencia de los senos, le atribuye también una vocación indiscutible desde la noche de los tiempos, pese a los avatares del siglo veinte, y es la de alimentar.
Poder dar de mamar al bebé, y particularmente al niño que se va a convertir en hombre, refuerza aún más este sentimiento colectivo de esperar que la mujer nos alimente, lo que implica todos los gestos de ofrenda ligados a la alimentación y por extensión a la alimentación espiritual, afectiva y sensorial que dependen del don de la alimentación física. La seducción de un seno femenino que se descubre, que se muestra más o menos, que se apunta de modo agresivo o se oculta para ser mejor buscado, refleja el potente atractivo que ejerce sobre el hombre que desea todavía sin cesar la teta.
El gesto primario femenino engendra, pues, naturalmente, dado que permanece en el contexto de un gesto de natura, su gesto secundario.
Recordemos que todo gesto de seducción tiene por objetivo inmediato la satisfacción de un deseo sexual. De donde el mimetismo que reproduce en un macrogesto los seis gestos primarios en tanto que gestos de natura. Con seguridad que, de manera mucho más inconsciente, todo hombre y toda mujer tienen, en potencia, su condición de padre para uno, su situación de madre para la otra. Así nacen toda una serie de gestos nuevos, derivados de esta situación particular, y que participan de una función que se le supone cumplir a toda persona durante un periodo de su vida.
Este pasaje obligado libera los gestos tipo padre y los gestos tipo madre. Una vez más, un comportamiento maternal o paternal, si se expresa libremente y sin restricción, enriquecerá considerablemente los gestos primarios de lo que podríamos llamar una instrumentación gestual más completa. En efecto, el hecho de esperar la paternidad y la maternidad implica una maduración de la conciencia, basada para cada hombre y cada mujer en la responsabilidad de encargarse del niño, así como una autoridad. Es esta autoridad misma, desprendida de una connotación puramente sexual pero que revela sin duda una consecución legítima de este orden, la que hará proyectarse mejor los mensajes de seducción admisibles.
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Regresión infantil masculina En situación de desánimo, de dejarse ir, el hombre, por medio de esta regresión infantil, puede seducir a una mujer segura de sí misma y maternal. Las manos sobre los hombros, y el gesto de la mujer que toma la situación en sus manos. |
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