Tarot 806--------|Horoscopo 2010

 

Los gestos primarios de seducción

 En efecto, no hay por qué creer que esos gestos tan brutos o salvajes que rechaza nuestra educación de seres civilizados, no sean por otra parte perfectamente correctos y perfectamente justos desde un punto de vista espiritual o incluso sagrado. Estos hinchamientos o agresiones en el caso de los hombres, y estas exhibiciones o falsas huidas para mejor estimular el deseo del otro en el caso de las mujeres, responden a un orden inscrito en la herencia más profunda de nuestro reino humano y animal, que se tiende por desgracia a olvidar, rechazar, inhibir, desviar, pervertir o, peor aún, a degradar y envilecer. ¿Dónde está el amor, me diréis, en todo eso? ¿No es acaso la seducción la función necesaria e instrumentada por los gestos para hacerlo vivir? Hay, pues, que comprender bien que el instinto bruto de copulación, cuando no es pervertido por el pensamiento o el sentimentalismo, que muy a menudo desvían el orden natural, es la forma de amor más pura que existe, pues ella permite la procreación, la cual, no lo olvidemos, es en la naturaleza la finalidad del placer sexual. Estos gestos primarios se hallan todavía muy presentes en numerosos pueblos próximos a la naturaleza y que practican danzas rituales de matrimonio, gestos de aproximación completamente evidentes, incluso si la violencia participa en ellos. En tanto que occidentales, podemos vernos sorprendidos de que una mujer, para seducir y apropiarse del hombre que anhela, no vacile en poner su muslo sobre el hombro de él, una vez que éste ha probado su valentía y que aguarda su recompensa. La naturaleza misma de la mujer la orienta hacia una mayor actividad sexual cuando se sabe fecunda. Es por esta razón particular por lo que, de modo natural y no cultural, la parte femenina de la mujer será conducida a buscar al macho/el cual, por naturaleza, está siempre disponible desde que se le invita. Se constata así que todos estos gestos de natura, es decir, los seis gestos «raíces» elementales (gestos-maestros) pertenecientes a ambos sexos, han podido ser desviados por el clima, la religión, la política, las exigencias sociales, las desigualdades de población entre los dos sexos debidas, por ejemplo, a las guerras. Existe también toda la romería de usos y costumbres que codifican, para cada nación, cada pueblo y cada cultura, la manera en que se pueden transformar estos gestos instintivos en gestos más emotivos, capaces de hacer intervenir el alma del pueblo en el cortejo, y después el alma individual en el emparejamiento. Toda la cuestión, en la seducción y en los gestos, estriba en interpretar correctamente estos seis movimientos fundamentales, inevitablemente civilizados, afinados y, por tanto, transformados por la necesidad de respetar el alma y el espíritu del otro, de comprender sus necesidades corporales así como sus deseos afectivos o espirituales. Desde el momento en que el espíritu humano se ha despertado un poco de su comportamiento instintivo y visceral, ha querido no solamente saborear la satisfacción del contacto físico del otro, sino también gozar de su «sexo» psíquico o espiritual. Los sentimientos y las emociones, por tanto, se han sexuado. El alma masculina tiene tantas propiedades sexuales en su movimiento como el alma femenina en la suya. El sentimiento íntimo de la mujer es difícil de comprender para el hombre, precisamente por estar su alma injertada de modo homológico con la misma inteligencia que su cuerpo. El pensamiento femenino es, por vocación y por naturaleza, más contráctil, más interiorizado y más centrado sobre la aptitud a la recepción o a la reflexión profunda, lo que condiciona, esta vez por arriba, las modalidades de los gestos que ella libra conscientemente, en armonía o no con las compulsiones de abajo. De la misma forma, el aspecto a veces colérico o conquistador del hombre, liberando con cierta agresividad la toma de posesión o la anexión de un territorio sentimental por dominación, resulta ser exactamente una conducta emocional en armonía con su característica biológica, que es también la de anexionarse el territorio del otro penetrándolo. Se capta así mejor la dificultad que tienen las mujeres para comprender la personalidad profunda del hombre, cuyo pensamiento está fabricado, conformado, según su sexo. Lo racional, lo métrico, lo reglamentado e incluso la regla, lo que es derecho y por tanto rígido, se derivan de un tipo de pensamiento en ángulo, en el que las cosas deben ser derechas como un falo. Constatación apoyada no por especulaciones intelectuales o racionales delirantes, sino, aunque parezca imposible, por una observación estética de la condición sexuada de los cuerpos masculino y femenino. Se trata de una observación rigurosa, no de un cada ver, como se practica en el anfiteatro de la medicina, sino del movimiento mismo, de los gestos más importantes para nosotros, puesto que aseguran la perennidad de la especie. Nos ofrecen una clave fundamental para comprendernos sin ilusión. Si se admite que el «sexo» del espíritu no es sino una emanación del sexo del cuerpo, es decir, que aquél posee su propia inteligencia sexuada, se comprende que toda intervención del espíritu que genera un gesto de aproximación, de aclimatación, de ternura, de intención deliberada, no es independiente de lo que se siente instintivamente. Bien al contrario, y si su espíritu puede definir conscientemente la razón del gesto de seducción que una persona manifiesta, ésta mostrará grandes capacidades de éxito en su aproximación amorosa, y de comprensión de la aproximación amorosa del otro. Es por ello que nunca puede decirse que un gesto, cualquier gesto, sea insignificante o anodino, sobre todo cuando no contiene utilidad práctica, concreta o técnica alguna que lo justifique.

En el gesto de amor, del cual el gesto que seduce no debería ser más que el artesano hábil, esta verdad es particularmente valiosa, pues, finalmente, a través de todas las parejas que se buscan, se ensayan, se experimentan, se aproximan o viven historias muy complejas de atracción o repulsión, son siempre los gestos físicos, vistos en su verdad, los que dan la clave del modo de relación, mucho más que cualquier discurso verbal. Bien a menudo, por otra parte, Y del todo inconscientemente, la observación de Parejas que se descubren o que se aproximan revela desde el comienzo, a quien los descifra, las posibilidades de evolución de estos gestos. Lo que importa comprender es que el intercambio de los ojos y sus movimientos sutiles o la dirección que toman las manos, los dedos o incluso la marcha, el movimiento de los hombros, del torso o del vientre, se exhiben a los ojos de un observador, sin que la pareja se percate de ello. Lo que prueba que el orden instintivo del deseo, que promueve los gestos de seducción capaces de llevarlo a término, es la mayoría de las veces totalmente inconsciente para la pareja que, por un momento, es literalmente arrebatada por esa melodía natural y espiritual que puede considerarse como el bello preludio del amor.

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