La seducción del salvaje
Este modo de seducción funciona bastante bien para el hombre, o en todo caso bastante bien, y el cine ha magnificado a estos héroes viriles de piel curtida y con barba de tres días que indican la resistencia a las intemperies, y esa indiferencia orgullosa frente al maltrato de la naturaleza. Conviene mostrarse independiente de la civilización, a buen seguro, y por lo mismo exhibir gestos cuya rusticidad confiere más encanto que la urbanidad. Este modo de seducción apela ante todo a los instintos y a la destreza, necesarios para la supervivencia o útiles en condiciones de vida extremas como las que se encuentran en una naturaleza efectivamente salvaje. Es, por ejemplo, el médico o su homólogo enfermero, que seducen por su coraje y simplificación mental» tendentes ante todo al sentido práctico más eficaz franqueando de golpe alegremente las reglas de la moral social, los tabúes en curso o los gestos de cortesía demasiado sofisticados. Otro ejemplo es el cazador con todos sus rituales de acecho, sus armas prestas a afrontar a «la bestia» y sus maneras precisas, directas, imperativas y decisivas que nacen efectivamente del acostumbramiento a una práctica continua de la naturaleza salvaje. El montañés un poco eremita, sobrio en gestos, duro en palabras y firme en la tarea, seduce sin duda fácilmente a la pequeña mundana que hace esquí durante sus vacaciones. Es, por otra parte, como monitor de esquí en invierno y como nadador-maestro socorrista en verano como deben disfrazarse a veces estos solitarios bruscos que no desdeñan, sin embargo, esas butacas de opereta que pueden hacer crujir como el lobo de la historia.
Tienen los gestos lentos y cargan los hombros, garantizando la seguridad de los neófitos, que se perderían sin ellos en medio de los peligros de la naturaleza. Por ejemplo, el cuidado extremo y ejemplar con que se ponen a verificar la habilidad de un equipo les da al mismo tiempo ocasión de practicar gestos de control, de profesionalismo y de condescendencia paternalista, que tienen con seguridad el mejor efecto sobre las casquivanas en tránsito, en busca de un macho, de uno verdadero.
Las películas que relatan historias situadas en el lejano oeste americano han «incubado» también esta dignidad varonil, ya citada, del solitario que abre camino y resiste, impasible, los sufrimientos físicos y las pruebas que le abruman. En esta situación nace la seducción salvaje a base de gestos de asalto, tendentes a demostrar que los seres llamados civilizados no valen gran cosa cuando se trata de enfrentarse a las duras realidades de la vida salvaje que templan a un hombre como el acero. (Mostrarse diestro físicamente y capaz en todo ejercicio deportivo, también es seducir por medio de gestos ancestrales que evocan al caballero de la Edad Media que debe afrontar las peores dificultades. Se golpeará con firmeza sobre la mesa para hacerse oír, no se vacilará en empujar la puerta con el pie o con el hombro para mostrar la fuerza de uno, y se demostrará que no se tiene miedo ni del fango, ni de la mugre, ni sobre todo de la lluvia, de la nieve, del frío o del calor. Hay que admitir que las actitudes de temor no estimulan particularmente la seducción cuando vienen de un hombre, mientras que son provechosos a la mujer que puede utilizar estos mismos gestos para sutilmente hacerse cubrir, proteger. En esta categoría está el explorador impenitente y sobre todo salvador, pues el gesto de seducción privilegiado en el salvaje es el de salvar en todo momento al otro de los peligros ignorados del camino. Muchas mujeres de mundo muy sofisticadas se regocijan ante la idea del criado de la hacienda bien plantado, imaginado como cornudo, y del que presienten que será animoso en la tarea. Esta seducción apela principalmente al encanto de una relación erótica un poco asilvestrada, muy eficaz al nivel de la aceleración del placer. Hay que comprender bien, en efecto, que en la seducción salvaje se regresa hacia la parte más animal del ser que sabe poner en funcionamiento los gestos más adaptados a una eficacia de potencia. Ninguna barrera cultural ni tabú alguno social, religioso o moral pueden impedirle el deseo de expresarse en toda su urgencia y en toda su frescura para llegar hasta el final. No hay por qué creer que el estado salvaje, que puede ser vuelto a jugar en ausencia de peligro real para tener la ventaja de parecer fuera de los conformismos, sea exclusivo de los hombres. Muchas amazonas muestran igualmente un talento real para provocar al varón por medio de gestos a veces rudos, destinados a probar que ellas son tan empaconas como sus caballos. La literatura de numerosos países, a través de cuentos o de historias próximas a la leyenda, describe a estas mujeres duras a toda prueba que provocan continuamente, por medio de gestos de desafío, al hombre en competición. También en ese caso, los gestos centrados en los simulacros de combate tienden a agredir con la sonrisa apoyándose fuertemente sobre gestos desplazados y extremos en relación al medio civilizado en el que ellas evolucionan.
Ambos sexos pueden, pues, detentar gestos que ofrecen seguridad, como tender la mano o el brazo para mostrar que se está presto a asistir físicamente al otro. Y también que se está liberado de la civilización, independiente del entorno social. De hecho, todavía seducción de carácter salvaje tiende a explotar en el otro la fantasmagoría de un acto erótico totalmente libre y natural.
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La seducción salvaje Seducción rústica del montañés que da seguridad por su simplicidad corporal. La reminiscencia del buen salvaje, mezclada con la virilidad imaginada del hombre de los bosques, atrae a ciertas mujeres inseguras o en busca de valores seguros
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