La seducción por el humor
El
humor es, sin duda, una de las mejores armas para seducir
eficazmente. Cualquiera que sepa hacer reír, hombre o mujer,
podrá hacer olvidar incluso desgracias físicas notables. El
humor es la pimienta de los gestos más imprevistos, hilarantes o
delirantes que, a buen seguro, fuerzan la atención y relajan
considerablemente esa desconfianza muscular que le hace a uno
volverse tenso, reticente o
incómodo en la comunicación. El mohín es un gesto, y todos los gestos de burla hacia uno mismo o hacia otros es
evidente que no son inocentes. Se dice que un santo triste es un
triste santo, y un seductor o una
seductora que carezca de humor perdería seguramente muchas
ventajas en la relación. Por lo
general, los gestos de humor
tienden a caricaturizar una situación vivida por uno mismo o por
otros, cuya naturaleza corresponde al modo de humor del otro,
pues todo el arte consiste en saber bien qué es lo que le hace
reír. Si queremos llegar a
nuestros fines con inteligencia, vale más comenzar por algo
sutil, pero a veces es la bufonada grosera la que seduce a los
tontos, como esos personajes que tienen necesidad de soltarlo
todo en su resistencia a entrar en materia. Es así como, en el juego de seducción,
todo debe hacerse para alegrar al otro, lo que dice bien a las
claras la importancia de aligerar todo aquello que podría
eventualmente constituir un obstáculo, como son las diferencias
demasiado marcadas, salpicándolo con algunas dosis de humor.
Nadie pone en duda que aquel que sabe hacer germinar en el otro
una sonrisa recogerá los frutos de ella en el curso de la
seducción. De hecho, se apercibe que el humor
constituye casi siempre el pretexto para poner en funcionamiento
gestos transicionales que permiten salir del conformismo de una
relación, ante todo social o convencional, antes de que sea más
densa. Con el humor, por ejemplo, se puede hacer
un guiño cómplice al otro, aplicándose a calificarlo
deliberadamente de humorístico. Ante la reacción del otro, se
comprobará si el mensaje es recibido por medio de una contra
mirada, o una sonrisa, o un gesto falsamente reprobador que
indicará bastante claramente que el grosero guiño del ojo, visto
como tal y convertido en burla, ha cumplido, sin embargo, su
oficio. Particularmente en Francia, tanto las
mujeres como los hombres no vacilan en llegar hasta la pantomima
para hacer reír al otro, hasta tal punto que puede comenzar a
instalarse una competición de la risa entre ambos miembros de la pareja.
Los gestos pueden calentarse entonces y devenir del todo
informales, justificados por el pretexto humorístico que permite
muchas bufonadas o gestos más acariciadores con un contacto
físico. A menudo, dos compañeros que ya no pueden
reírse más juntos se cogerán gustosos del brazo, como para
testimoniar una reciprocidad satisfactoria ya vivida de este
modo. Esta especie de congratulación, que tiene la ventaja de
asegurar la intención y la disponibilidad del otro, está
perfectamente admitida bajo la cubierta del humor, pero
seguramente que no lo sería sin su ayuda. Reírse de la misma
cosa prueba a menudo muchas afinidades reales entre los
compañeros, pues este gesto cultural quiere decir que su
naturaleza, su experiencia o su cultura se sitúan en la misma
frecuencia. Hasta el punto de que se puede incluso
tocar la rodilla del otro, como si nos apoyásemos de algún modo
sobre su buena palabra, lo que es una prein-timidación sin
equívoco alguno. Dentro de esta misma categoría se puede
coger al otro por el hombro, el antebrazo u otra parte para
invitarlo a escuchar la última buena historia, pretexto
perfectamente pasable para, al mismo tiempo, avanzar un peón más
en el plano del contacto físico con la reacción posible de
rechazo o de aceptación. Incluso sin aprovechar, para no
arriesgarse al eventual rechazo, un pequeño golpecito con el
índice para invitar a la escucha sirve de vehículo a un mensaje
transitorio de manera aún más sutil. La complicidad es siempre buscada en la
seducción, ¿y acaso no es el humor quien mejor hace caer todas
las máscaras?
Seducción por medio del humor Fantasía, humor y relajación. Todo es
posible aquí, y el modo de seducción no puede ser sino
lúdico, lo que anuncia a menudo un poder erótico más
desenfadado que inhibido. El regocijo invita al disfrute, y
los aguafiestas sienten temor de este
tipo de gesto que los devuelve a su autorrepresión.
