La seducción maternal

Es en los países latinos donde se advierte más a menudo la componente maternal. Es la de alimentar de la que se trata, y la mujer se muestra entonces muy protectora en el sentido de la conservación vital que es su primer papel nutriente. Se deben, en efecto, evocar las fuentes originales de los comportamientos para comprender los gestos milenarios que se derivan de ellas y que han perdurado incluso si los tiempos han evolucionado. El hecho, por ejemplo, de jugar a la mamá que da el sustento a su pequeño, o que le tiende el seno, puede constituir todo un juego de seducción ambiguo. Presentando este último bajo ángulos diversos y jugando con su cualidad de posible cebo, se observa la tendencia más maternal de la seducción.

Se sabe, en efecto, que ciertos hombres consagran un verdadero culto al seno femenino. Estos mamófilos inveterados, si muestran una dependencia a los senos jamás resuelta, lo que rinde justicia a la psicología clásica, no pueden, pues, sino conducir a toda mujer que posee este atributo generoso a jugar con él hasta la saciedad. Buscarle las pulgas, como hacen los macacos, es cada vez más raro, salvo a falta de una higiene poco eficaz. Pero subsistirán esos gestos de tomas delicadas que buscarán ajustar el detalle que falla en el hombre. Lo más evidente, sin duda, es esa inspección de los hombros para comprobar si algunas motas indeseables han manchado la frescura de la chaqueta. Estos gestos de vigilancia, esta inspección cuidadosa y afectuosa, permiten al hombre darse cuenta, por lo no-dicho, de que ella está dispuesta a ocuparse cuidadosamente de él. Este proteccionismo típicamente femenino es heredado de su vocación biológica a cuidar, mantener) lavar y hacer que la progenitura tenga «buenas formas».

Por extensión, este niño grande de la familia, como se complacen en decir ciertas damas de lengua viperina, les permite no obstante sentirse seguras, mostrar su importancia e incluso sentirse indispensables a través de gestos de seducción tendentes a mimar un poco lo cotidiano. Coger la americana con la mano para verificar la naturaleza de una mancha fastidiosa puede ser un pretexto perfecto para atender al señor. Peor aún, el botón que transporta el alma en el extremo de un hilo muy delgado puede ser elevado por una mujer con un gesto de autoridad incontestable, mostrando bien a las claras el cuidado que tiene de la vestimenta impecable del hombre del que comienza ya a comportarse como garante... La manera maquinal, o, al contrario, la delicadeza un poco reclinada, con la que una mujer retirará el pelo del traje de él, acompañado de una sonrisa de tierna conmiseración, produce un buen efecto de seducción sin demasiado riesgo.

Los gestos de servicio en la mesa, particularmente, permiten, cuando es servido el hombre, presentar múltiples ventajas femeninas hasta el roce seductor que muestran la disponibilidad y la maestría de la mujer, que sabe por igual envolver y halagar que abrirse y acoger. El vestido en tanto que accesorio podrá eventualmente acentuar el gesto por medio de un escote más o menos liberal. Reajustar una corbata, recolocar correctamente un cuello que sobresale, es una ocasión muy esperada por una mujer para realizar un gesto, cuando menos bastante audaz, pues va incluso a tocar algo perteneciente al hombre. Ella se expone, en efecto, a un rechazo, a veces violento, por parte de un hombre que no comprende el movimiento y se siente pillado en una falta o demasiado cerca. Ella le da a entender, sin decir palabra, una condición infantil que él puede captar mejor o peor, según el nivel de seducción en que se encuentre respecto a ella.
De hecho, la mujer, discretamente, puede entonces evaluar la potencia de un pectoral y autoestimularse así.
Una última palabra: se trata de las mujeres que administran el tiempo, y más aún de las mujeres-madres. Son ellas quienes se acuerdan de los aniversarios a preparar, quienes prevén las fiestas rituales familiares, quienes organizan las ceremonias y todo lo que es de prever o de anticipar para un acontecimiento que necesita de una organización. De donde, por ejemplo, esos microgestos que invitan al hombre a apresurar el paso para llegar a un espectáculo, a abandonar una situación confortable del momento para ir a buscar a alguien a la estación, o incluso a exigir la cuenta, pues es tiempo de partir, por no hablar de la anotación de esas citas (dentista, etc.) para los que la mujer se convierte en madre-secretaria.