La seducción instintivo - estética
Este modo de seducción nos devuelve a la seducción ancestral de los gestos primarios ya evocados, pero la intelectualización de nuestra humanidad y su culturización atenúan un poco el impacto de una valoración de las formas que resulta demasiado directa para seducir.
Mientras que hasta hace poco las buenas o bellas maneras podían ser decisivas, incluso necesarias, para apuntalar la seducción sobre la base de una presentación excelente de los gestos de urbanidad, de cortesía y de respeto al otro, la era mediática ha alterado todo aquello. En efecto, en el siglo de la imagen reina, es el efecto visual el que deviene prioritario, con esta urgencia a consumir el placer a veces brutalmente. El cuerpo se encuentra por consiguiente altamente valorado, sobre todo el cuerpo sexuado, y aquello que mejor lo representa es sin duda la actividad de los maniquíes, la de los actores, y todas las situaciones escénicas posibles.
En una sociedad espectáculo, en la que incluso los presidentes son elegidos por sus capacidades para seducir, la estética de uno u otro estilo deviene una verdadera meta comunicación con sus sectas, sus capillas y sus ramificaciones más o menos oscuras. El aspecto de la vestimenta puede ser también valorizado por un aspecto gestual apropiado. Es preciso agradar físicamente a todo precio, y todo lo que pueda gratificar a un erotismo muy directo se ve recompensado. La audacia que consiste en descubrir un muslo de manera lánguida, en el caso de la mujer, o en acentuar particularmente los gestos de auto contacto sobre las partes próximas a las zonas sexuales, incluso muy próximas, es clara.
Para el hombre, es, sobre todo, la identificación con gestos de escena como golpear con el pie, el puño o el codo para afirmar perentoriamente la verdad que exaltará su virilidad. Uno de los gestos más notables sin duda a este nivel, y que no engaña jamás al ser una pose que se pretende muy seductora, incluso si ciertas mujeres no se dejan atrapar por él, es el de los pulgares enganchados a los bolsillos de un pantalón vaquero, cerca del sexo. Las manos se encuentran en forma de cuchara, como para proteger el sexo en cuestión, pero también para indicar que está ahí, sobre todo si el pubis se proyecta hacia delante de manera bastante convincente. Se adoptan, por tanto, posturas muy estudiadas, y a veces acrobáticas, para mantener la pose. Se valoran, pues, las partes que se estiman más ventajosas, y si se quiere una caricatura que dé una idea de la seducción estética de la gama baja, citemos el ritual de las prostitutas, que son profesionales de la seducción, o de ciertos proxenetas que se las dan de guapos.
Los gestos son muy a menudo académicos o decididamente brutales, instintivos. Académicos cuando se trata de reproducir al máximo y muy conscientemente todo gesto del que se sabe que hará mella por su simple belleza, instintivos cuando se responde a la urgencia de un deseo que se impacienta y que evade todo control racional de los gestos primarios, así como toda connotación sentimental. Al gesto sensual o bruto exaltado le corresponde en nuestra época la muerte del gesto que reflexiona y del gesto que siente.