La seducción espiritual - intelectual
Recordemos que el cuerpo humano, en su morfología completa, es decir, integrando las funciones espirituales y las funciones corporales, estructura sus comportamientos a partir de tres funciones que la tradición espiritual ha descrito ampliamente. Se trata de las funciones espirituales e intelectuales en cuanto a las primeras, emocionales y empáticas en cuanto a las segundas, e instintivas y estéticas en cuanto a las últimas.
Incluso la seducción intelectual posee su código gestual específico. Se la encuentra frecuentemente en los medios despiertos al pensamiento, sea éste racional, literario, filosófico, científico, o incluso metafísico. Para ilustrar este tema, podemos pensar en el profesor que, debiendo ya seducir a sus alumnos por largo tiempo, desarrolla toda una panoplia gestual tendente a sostener la argumentación del pensamiento. De hecho, es un poco como si el gesto debiera imitar los azares, los rodeos, los encaminamientos, los cuestionamientos, las dudas o las certezas de la comunicación puramente intelectual. El hombre intelectual en situación de seducir intenta atraer a la mujer por esos mismos gestos que le son familiares y que ha juzgado relativamente operativos para sostener su identidad de encontrarse fuerte en un tema ante un auditorio a convencer. No podrá, por tanto, emplear grandes gestos de argumentación, más ligados a la actitud teatral de los sentimentales, centrados en lo que pudiéramos denominar los gestos «cutáneos». La expresión del rostro, compuesta de múltiples músculos faciales, afina por regla general, al aportar ciertos matices, los gestos del cuerpo propiamente dicho, por desarrollar una movilidad particular a base de micro gestos de atención hacia todo aquello capaz de despertar la reflexión. Por ejemplo, agitando el músculo frontal o el frontal extremo, lo que significa, si se abre al mismo tiempo los ojos, que uno se come las palabras del otro. El otro miembro de la pareja percibirá esta mímica como un signo amable, ya que es heredado del aspecto femenino. Pero, al mismo tiempo, puede también fruncir las cejas, plegar los ojos y aplicar múltiples expresiones en la boca, echándola hacia delante, todo con un movimiento de avance de la cabeza tendente a convencer de que se es ofensivo intelectualmente. Al mismo tiempo, muchos gestos de la mano, más que del brazo, del antebrazo o de los hombros, sirven a la argumentación utilizando el índice que apunta hacia el otro o el conjunto de la mano, con los dedos entrelazados, o jugando con aquella en gestos de alternancia que indican el esfuerzo de encontrar pensamientos para agradar, hasta el punto, a veces, de realizar ese gesto que busca convencer presentando una palma hacia el cielo, los cuatro dedos y el pulgar apretados, como si tuvieran algo que ofrecer. Más sutilmente, poner las manos juntas delante de la boca, pero quitándolas al filo de la conversación para dirigirse hacia el interlocutor, puede provocar un efecto bastante seductor, evocando la idea de maestría en la comunicación o en la emisión verbal, con una capacidad, sin embargo, de hendir de arriba abajo. Este gesto puede también realizarse con una sola mano y se ve a menudo entre verdaderos pensadores que, sin pretensión ni fanfarronería, lo hacen de modo completamente natural. No se puede evidentemente actuar ni comunicar sin reflexión, que es lo que significa la mano llevada a la boca") Según la elegancia con que se realiza este gesto, que muestra el cuidado que se tiene en no decir cualquier cosa, pero, sin embargo, de saber decirlo cuando es preciso, se puede ver una transposición simbólica del gesto erótico masculino. Uno de los principales gestos de seducción intelectual es el gesto de consejo que muestra que se sabe algo y que el que sabe puede seducir por medio de su saber. La mano y el brazo se llevan hacia delante, como si quisiesen al mismo tiempo ofrecer e introducirse en la materia gris del otro para fecundarlo a este nivel.
Aunque, tradicionalmente, no es a este nivel como se acuerda el potencial de seducción de la mujer, conviene darse cuenta, sobre todo actualmente, de que muchas mujeres pueden seducir por este medio, lo que las honra si saben servirse de él. En efecto, será mucho más delicado para ellas por el hecho de la persistencia del instinto —la mayor parte de las veces bastante primitivo— del hombre que no espera, de entrada, ser cautivado por un pensamiento seductor por parte de la mujer. Ella, si su intelecto tiene una buena dominante femenina, es decir más centrado sobre la especulación, lo imaginario y el aspecto espiritual de las cosas, puede cautivar al hombre justamente por su espíritu diferente en el que aquél se pierde un poco, y en el que a fin de cuentas quisiera perderse mucho.
También en ese caso, el juego del rostro cobrará una importancia aún mayor en relación con el hombre, menos habituado por su educación a traducir en gestos faciales los perfiles de su alma.
La mujer, en otro tiempo poco escuchada por tradición, al menos para las cosas puramente intelectuales en las que se la ha juzgado a menudo inferior, se ha esforzado con frecuencia por compensar a través de gestos o expresiones del rostro, muy reveladores de esa represión. En particular, el uso de la sonrisa y de morritos de enojo o escépticos, y la movilidad ocular que vuelven inasequible la mirada, traducen una alerta del pensamiento particularmente desarrollada. Sin embargo, es en modo negativo como ella tiene más oportunidades de seducir al hombre) por su capacidad de apertura a los pensamientos muy eclécticos, que se manifestarán a buen seguro por medio de gestos múltiples reveladores de su apertura de espíritu apta para seducir al hombre. El juego del rostro que muestra el asombro, la escucha, la capacidad de maravillarse, el entusiasmo eufórico o la excitación nerviosa que aceleran el ritmo de las risas y los gestos de la cabeza, revelan la aptitud para absorber el mundo mental del interlocutor.
Para simplificar, podemos decir que al espíritu masculino de penetración, salido de los gestos primarios de seducción, que será su vehículo para seducir intelectualmente, se le opondrá el espíritu de apertura femenino, salido también él de los gestos primarios de seducción. De ahí la seducción emanante de las actitudes femeninas, en el curso del acercamiento de seducción, de concentración atenta, de recepción de las ideas del otro, de atención inteligente.
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Seducción intelectual Un modo de seducción que emplea los gestos habituales de la vida intelectual. El gesto de las manos sirve de vehículo al mensaje verbal, y significa al mismo tiempo una cierta apertura hacia el otro.
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