Tarot 806--------|Horoscopo 2010

 

La seducción del solitario

Uno de los mitos más gloriosos, que apela también irresistiblemente a la seducción, es sin duda el de esa independencia a menudo reivindicada tan fuerte y tan claramente por muchos hombres. Se trata de mostrarse capaz de tener la fuerza de vivir sin la ayuda del grupo. En esta categoría de hombres o de mujeres, cada vez más numeroso en nuestra época, se reclutan también los dirigentes, los que tienen el poder, y sobre todo, más aún, los que se salen de la colectividad.

En efecto, la independencia de espíritu real para los escritores, artistas o buscadores provoca una atracción para quienes no frecuentan los caminos de todo el mundo. Va desde el lobo de mar que rehúsa

la sociedad hasta el pensador que ha puesto seriamente en cuestión la sociedad en la que vive, y que por este hecho la relativiza de tal manera que la critica o se separa de ella con un modo de vida original.

De todos modos, por naturaleza, los hombres temen estar apegados y una parte de su encanto se basa justamente en esta manifestación de independencia. Más profundamente, es la reivindicación del hombre a ser libre de la coacción materna la que lo conduce a querer tratar de explorar el mundo, contra el consejo de protección o contra las defensas y prohibiciones que se le inculcan con razón o sin ella.

Así es como se observan al menos dos tipos de hombre en el mundo. Aquellos que realmente pasarán su vida poniendo en cuestión toda la herencia de los saberes recibidos y de las seudoverdades que la tradición les enseña a través de su madre. Y los otros, los que se refugian en esta alma mater, esta alma madre, como gusta de calificar la universidad dispensadora de la leche de los saberes convenidos. Son los castrados, que no hacen sino que continuar dependiendo toda su vida de esta inmensa madre que, es la sociedad misma.

Para las mujeres que no gustan demasiado de los castrados, y afortunadamente hay un número bastante grande de ellas, aquel que establece su propia convención, que tiene el coraje y la fuerza de ésta hasta la exclusión misma del consenso social, suscita entre ellas el afán de reconducir a su regazo a estos independientes solitarios a los que las pruebas acosan. Es el matrimonio tan clásico de la Bella y la Bestia. Es entonces un instinto maternal impregnado de erotismo el que subyace a este deseo de rodear de calor y de impedir hacer tonterías al que asume riesgos, lo que estimulará gestos de seducción tendientes al apaciguamiento y la negociación. La imagen que se viene a la mente muy espontáneamente es la del torero —el cual puede muy bien ser del género femenino— que intenta reducir por medio de diestros pases la sangre hirviente del toro. El hombre solitario conquista porque, de entrada, piensa por sí mismo, y porque sus acciones no coinciden casi nunca con lo que se espera convencionalmente de la lógica admitida.

Por ejemplo, si le entra al hombre solitario el afán de hacer un viaje relámpago totalmente imprevisto, si propone este mismo tipo de cosa a una mujer, o si muestra en su conducta o su comportamiento que no está regulado conforme a la multitud, intrigará infaliblemente al otro.

Este juego no es específicamente masculino, aunque se halle más próximo a su naturaleza, pues la mujer ha heredado hoy en día este carácter y lo juega a veces hasta la saturación, por el hecho de que hace poco que puede realmente vivir una vida completamente independiente. Esta ruptura con la tradición ancestral puede igualmente fascinar a ciertos hombres, por el hecho de que esperan que esta conquista eventual no se apegará. Pero al mismo tiempo, la nueva independencia de la mujer estimula su curiosidad, pues la imaginan más experta que otras en el erotismo, precisamente por el hecho de conducir su vida como ella lo entiende.

La mujer independiente, como el hombre por otra parte, es particularmente ambivalente en sus gestos; y lo que sin duda se manifiesta mejor y con mucho encanto es esta constante ambigüedad de los gestos destinados a buscar el apego, y/aquellos, contradiciéndolos, que se pueden atribuir a los destructores, buscando deliberadamente romper todo eventual futuro en el huevo.

De manera absolutamente sorprendente, puede observarse una mano derecha que se agarra al reverso de la americana mientras que la otra, igual de firmemente, sostiene la portezuela del coche, símbolo de evasión y de libertad. Se asiste entonces a un extraño vaivén en los movimientos del cuerpo del independiente o de la independiente, (que se desplazan hacia el otro como si manifestasen claramente la intención de seducir, y se sueltan bruscamente en el momento de un posible contacto.

Caricaturescamente, los independientes frenéticos son a menudo farsantes de primer orden que quieren a toda costa tener las riendas de la relación en su mano, y sobre todo no quieren abismarse en el amor, por temor a perder el control.

Los Casanova forman parte igualmente de esta raza, y podemos preguntarnos por qué tienen tanto éxito mientras que, por otra parte, pueden ser criticados e incluso odiados por los chupatintas bien pensantes o las gatitas de salón que quieren seducir. La razón es muy simple: encarnan el mito del hombre irreductible que ha decidido buscar la madurez, incluso torpemente, fuera de la bienpensante seducción confitada en los tarros de la burguesía.

Este género de hombre puede alzarse bruscamente de la mesa y saludar en el límite de la cortesía a una asamblea, dejando a todo el mundo a la expectativa, pero haciendo brillar en la mirada de ciertas mujeres ese fulgor de admiración que ellas siempre tienen por aquel que no hace concesiones.

Hay por consiguiente muchos gestos de denegación, que significan el rehúse, percibidos como corrompidos o aptos a corromper. A buen seguro, las actitudes audaces, resueltas, totalmente impasibles o ausentes, como pueden exhibir ciertos hombres a quienes la conversación y los albures de lo cotidiano hastían, intensificarán ineluctablemente este encanto del solitario.

 

La seducción del solitario

Seducción solitaria

El hombre que vive en solitario, sin más compañía que su perro fiel, fascina por su lado fuera de las normas, haciendo también jugar en la mujer su instinto maternal. En muchos casos, el animal se vuelve intermediario de la seducción; el gesto que acaricia, practicado sobre el animal, prefigura el que ha de venir sobre la pareja eventual.

 

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