La seducción de la tristeza

 

Este tipo de seducción está bastante bien repartido entre hombres y mujeres. Se trata de provocar en el otro un sentimiento de pena por la suerte dolorosa que el destino nos reserva. Como una gran parte del carácter de la naturaleza humana es la de sufrir, sea por incomprensión, soledad, rechazo por la sociedad, o, peor aún, por represión por parte una célula política dominante cualquiera, parece bastante natural que tenga su papel que jugar en los gestos de seducción. En su versión caricaturesca es el miserabilismo, suerte de neurosis tendiente a responsabilizar al mundo entero de los sinsabores o fracasos que, en última instancia, ha secretado en gran parte uno mismo por impotencia o ignorancia.

Es precisamente en los gestos de impotencia, donde se reconoce una forma de seducción muy frecuente, pero mucho más insidiosa que las otras, pues apela más al instinto paternal o maternal para la atracción directamente erótica del otro miembro de la pareja. Trátese de quien se trate, cualquiera que se confesare vencido y demostrare un gesto de desánimo como bajar los brazos, mostrando su impotencia para actuar, solicitaría del otro una atención alentadora.

De hecho, es muy difícil resistirse a alguien, aparentemente fuerte, o en todo caso sano, que abandona su corazón a vuestra mirada y admite una debilidad de carácter cualquiera. Su potencial de seducción es con ello reforzado. Se pueden, pues, distinguir dos tipos de seducción por la tristeza. La del perro apaleado al que naturaleza pone a prueba y que invita al gesto salvador, como los alcohólicos que curiosamente llegan fácilmente a seducir a su compañero, probablemente por su verborrea afectiva que ejerce sin duda alguna un efecto enternecedor de miserabilismo. Se conocen esos gestos de humilla­ción en los que se arrastran los pies o se baja la cabeza, y donde el movimiento se hace implorando en una actitud que no puede sino invitar a la asistencia pues contiene algo más veraz quizá que aquello que enarbola la satisfacción aparente de las falsas certezas.

Una segunda suerte de movimiento para seducir procede del guerrero o de la guerrera experimentados y acosados cuyo coraje para luchar contra las pruebas parece notable y que muestra, en el contexto de fuerza o de equilibrio que se le atribuyen en general, un poquito de debilidad que contrasta y conmueve sin duda alguna a su pareja. Por ejemplo, ¿no es acaso enternecedor, casi vulgar, ver al hombre fuerte ocultar virilmente una lágrima que se le ha escapado, o, mejor aún, resoplar sutilmente para tragarse la emoción? Pocas mujeres resisten en tal situación a un gesto de protección o de socorro que puede eventualmente favorecer una armonía más íntima.

Para la mujer es peor aún, pues la viuda y huérfana reflejas a las que hay que proteger contra la adversidad actúan poderosamente sobre ciertos hombres en busca de una mujer a la que esperan secretamente poder dominar. Con mucha frecuencia es un medio empleado por su mujer para seducirlos. Qué más enternecedor para un hombre que la responsabilidad de una cabeza gentilmente apoyada sobre su hombro, que la mujer hábil hace pasar por un juramento de fidelidad, permitiéndole a continuación las enormes ventajas de la sumisión aparente en relación con el poder real.

Los gestos de seducción de tristeza se caracterizan principalmente por los movimientos tendentes al acercamiento, por una especie de adopción de la forma de una bola, con una parte del cuerpo que se enrosca, o por los gestos de anidamiento como para hacerse sitio en el territorio corporal del hombre. La idea básica es la de conseguir una posición fetal, como para entrar finalmente al abrigo del cuerpo del hombre. Lo que se concreta, por ejemplo, en un hombre que sabe abrir su manto protector una noche en que hace mucho frío, facilitando esta búsqueda de calor del que los hombres con seguridad disponen.

En cuanto al hombre, uno de los gestos más instintivos que tendrá a este nivel será el de poner la cabeza sobre el regazo de la mujer o, de manera menos espectacular, llevar sus gestos hacia la zona mamaria, que es más accesible al nivel del tabú. La simple posición espacial que el hombre adopta en relación con la mujer, poniéndola por encima de él a través de un movimiento de genuflexión o por medio de una flexión cualquiera del cuerpo, dota a la mujer de un sentimiento de superioridad que no podrá desagradarla.