La seducción de la niña pequeña

La seducción paternalista apela a menudo en respuesta a un comportamiento de tipo infantil en la persona a seducir. Dos posibilidades se presentan. La primera es que la mujer sea realmente infantil y encuentre particularmente placentero encontrarse en relación con la imagen del hombre que más seguridad le da, es decir, la del padre. Ella puede, por consiguiente, representar otro juego de seducción muy frecuente, consistente en acentuar los signos de inmadurez y de dependencia filial a la autoridad paterna.De hecho, este juego, que ha dado todos esos gestos de frivolidad donde el artificio del movimiento gratuito y lúdico es rey, depende de la condición femenina tradicional que, por su proximidad obligada a los niños, siempre ha sido reducida a este comportamiento inmaduro y egoísta.La segunda situación podría ser la de una cortesana hábil que ha comprendido muy bien cómo utilizar una ingenuidad prefabricada para atraer en el hombre ineluctablemente un comportamiento paternalista, mientras que aquél, ingenuamente, puede muy bien no ver que es manipulado. Esta situación es cada vez más frecuente en nuestra época, en la que las mujeres ya no son obligatoriamente dependientes. Una mujer muy reafirmada en sí misma y que, por ejemplo, haya triunfado profesional y socialmente puede, si es muy amorosa, ponerse a interpretar el papel de la mujer-objeto, sabiendo muy bien que apela así a los recursos de la virilidad que anhela. Sus gestos se inspiran entonces a menudo en los de las jovencitas que hacen piruetas para atraer la atención, o que esbozan un paso de danza seductor, o incluso, lo que adulará mucho al hombre, manifestando la abertura corporal y sensual beata de la muchachita bajo la varita del mago profesor.Hay que comprender bien, en efecto, que la mujer aprende desde la cuna a hacer el papel de la ingenua, libertina o no, con todos esos gestos de gracia que van de la reverencia al movimiento de mano provocador, o a la sonrisa burlona y excitadora, o incluso a esos gestos de falso pudor acentuado, protegiendo las partes genitales.La gran Marilyn Monroe ha utilizado a menudo estos gestos de muchachita inmensamente seductora en un cuerpo de mujer con formas deleitosas. Las dos manos que se posan sobre la entrepierna cuando el aire eleva sus ropas constituyen un ejemplo ostensible, ampliamente difundido por las fotos, y convertido en símbolo. Mordisquear sus cabellos no es tampoco del todo adulto, pero tan encantador en ese movimiento de boca que se auto acaricia. Los morritos de un enojo infantil más o menos fingido da todas las oportunidades de hacer vibrar la fibra consoladora de un seductor de tipo paternalista.Para la mujer-niña, todos los gestos de seducción tienden a jugar entre el pudor y el impudor, con tal ingenio que uno no puede sino reírse o caer completamente bajo el encanto. La muchachita, a buen seguro, desemboca en la mujer objeto, muy próxima de la mujer mantenida y a la que se deberá todo. Esta afirmación no es gratuita, pues el periodo de la infancia es aquel en que se es más egocéntrico por naturaleza, estando por construir el sentimiento del yo.Saber aprovecharse de la vanidad masculina interpretando a las inocentes perversas es un juego en el que muchas mujeres, en la moda, por ejemplo, o en las relaciones públicas, son consumadas maestras. Los gestos de sumisión son, pues, acentuados exteriormente por gestos de obediencia, de sumisión o de falsa timidez. Por ejemplo, la mano o el dedo delante de la boca, como para prohibirse hablar, o incluso la mano que sostiene el mentón en un gesto de escucha.El pataleo travieso que intenta mostrar el gozo ingenuo y puro es también un buen medio de la seducción de tipo infantil para llegar a sus fines. Si ella quiere llevar su ventaja más al extremo aún, le bastará golpear las manos para aplaudir, con el fin de descongelar el eventual bloque de hielo que la encara.

 

 

 

Mujer-niña

Mujer-niña

Ambigüedad de una postura evidentemente afectada. El movimiento de las piernas es bastante masculino, el del brazo y el del codo es un poco más femenino, y el vestido de fuerte connotación masculina muestra de modo evidente una seducción más activa que pasiva, incluso más provocativa que prudente. Displicencia y voluntad deliberada de mostrar una libertad sin barreras. Seducción andrógina de la adolescencia.