La seducción de la hazaña
Desde siempre, la seducción que mejor funciona es la que consiste en encontrar la gloria gracias a un logro cualquiera. Lo más corriente es sin duda la hazaña física, la más evidente al nivel de la seducción y que suscita la admiración.
Se llega así a unos gestos fundados sobre movimientos susceptibles de provocar la admiración y el gesto seducción-admiración como eco.
Basta con ver a un corredor que ha ganado su carrera liberar un número de gestos de victoria muy específicos, los cuales implican siempre ese enderezamiento primario del gesto fálico ya descrito, ese hinchamiento del pecho tan característico, y esos movimientos del brazo y del pulgar que acometen el aire con la satisfacción de la victoria.
La admiración suscita gestos que aplauden, que trepidan de contento, y que marcan la incondicional apertura que sólo se ofrece a los héroes vencedores. De hecho, es ya en la condición animal donde se encuentra la primera manifestación de esos combates de la manada en los que la ley quiere que gane el más fuerte, para obtener la promesa, es decir, la prometida, hembras que no podrán hacerse montar sino por el más grande, el más fuerte, el más bello. En el vasto inconsciente colectivo de los varones y de las hembras, esta situación perdura y la hazaña física tiene siempre su crédito de seducción.
Para la mujer, podrá tomar otros giros, pero procederán de un mismo origen que implica la rivalidad entre mujeres. La mejor ilustración consiste en lo que podemos denominar los «asaltos de los encantos» de las cortesanas o pensionistas de harén que deben ser elegidas para una noche.
Así es, por otra parte, como han nacido esos enriquecimientos específicos de la seducción femenina consistentes en desarrollar la hazaña en la gracia, y en consecuencia esa capacidad de coquetería que revela la intensidad del poder de seducción. Es ahí donde reside el valor del vestido original, estético y potente atractivo que constituye una verdadera victoria entre mujeres cuando una de entre ellas porta un atavío particularmente logrado. Se puede, pues, hablar de hazaña estética. El éxito de una velada es ya una victoria para la mujer que ha podido hacerse valer por su gracia, su vestimenta, sus atavíos, su acogida y su servicio.
Continuamos con la hazaña literaria, en el sentido del arte de disertar sobre la vida, si es posible con espíritu, humor, y ese extraño deseo que tienen a menudo las mujeres, a veces frivolas, de que les den conversación. Este arte de suscitar la confianza o de hablar de todo y de nada con brillantez constituye a veces una hazaña real para llegar a llenar silencios que desgraciadamente se ven como desprovistos de encanto) Se ve, por tanto, claramente que la mujer tiene tendencia a expresar gestos de seducción centrados en la manifestación cada vez más audaz y cautivadora de su gracia y de su talento agitando su espíritu para deslumhrar al compañero, mientras que el hombre encontrará más satisfacción en el silencio para hacer la prueba de ser el mejor. No se espera, en efecto, de la mujer que sea heroica, y |os hombres están poco dispuestos a tomar en consideración un heroísmo femenino. De esta forma es como sutil-mente el hombre aguarda siempre gestos de admiración de la mujer, y que le es preciso ser siempre el primero a los ojos de aquella que anhela.
A buen seguro, me diréis, muchas mujeres son heroicas, sea en lo cotidiano o en la hazaña, como en el caso de una navegante solitaria que desafía a los hombres, o en el de una religiosa movida por la gracia a salvar miserables. En ello, la admiración del hombre será forzada por un aspecto más esencial del valor de la mujer, que no corresponde particularmente a su sexo. En efecto, el hombre respeta la hazaña de esa navegante, pero ello no estimulará en él otro afán que el de integrarla en su círculo de machos, compinches ante todo.
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Seducción de la hazaña La victoria abre, vuelve gozoso e invita irresistiblemente a la felicidad sexual que trasciende cuerpos y almas. Falta que la mano izquierda se de la vuelta y que las piernas se abran para que esta seducción, de entusiasmo ante todo, revele el abandono completo real ante la pareja eventual.
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