La seducción de identidad
Para seducir al otro por la identidad, conviene borrar toda diferenciación, incluso entre los sexos. Dado que parecerse a toda costa deviene el código gestual necesario para entrar en el procedimiento de cautivación, se verá más particularmente a este nivel la acentuación de los gestos de la sexualidad opuesta a la propia.
Ello es frecuente en el comportamiento entre deportistas, donde la competición, el esfuerzo y la exigencia fisiológica del cuerpo anulan los caracteres sexuados. La mujer, por ejemplo, que quiera seducir a un deportista, podrá ir hasta el punto de afrontarlo directamente en su terreno masculino mostrándose lo suficientemente viril como para ser apreciada ante todo en tanto que camarada.
En el caso de la camaradería ambigua, la idea que bulle en la cabeza del uno o del otro es la de llegar a una intimidad que los gestos fraternales, en su apariencia exterior, permitirán al jugar un papel de transición. El varón macho y deportivo, por ejemplo, no desdeñará mostrarse como un excelente enfermero si la elegida que anhela tiene la suerte de torcerse un pie, lo que permitirá por otra parte algunos gestos de masaje gracias a esta ocasión inesperada.
No nos engañemos, es un gesto típicamente femenino, ligado al cuidado y al servicio, el que este varón ejecuta en ese momento. De la misma forma, ciertas mujeres particularmente vigorosas emplean a menudo para seducir sólidos golpetazos en los costados, grandes palmadas en la espalda o codazos, que no tienen nada de la ternura exquisita que cabe esperar de una feminidad más arquetípica.
En los medios de la moda o de la estética, por ejemplo, donde todo converge hacia el sentimiento de la belleza, de la galanura y del cuidado del cuerpo magnificado, aparecen esta vez los fenómenos de identidad inversa en la medida en que es aquí el papel femenino el privilegiado, así como una suerte de competición basada en la seducción. En esta situación, el lenguaje es bien claro, y los grandes modistos, o los más pequeños, así como los vendedores de lujo, parecerán particularmente educados respecto a las damas, hasta el punto de caer la mayor parte del tiempo en el manierismo.
Las buenas maneras llevadas hasta ese punto de intensidad se convertirán en el lenguaje privilegiado, y la gestualidad femenina literalmente imitada para agradar, hasta el punto de bordear el ridículo para el hombre de salón que multiplica genuflexiones, reverencias, torsiones y gestos de apertura o de exclamación que serían sospechosos en cualquier otro mundillo.
Tanto la deportista que se desfeminiza para agradar, como el maniquí que se desviriliza para cautivar, obligarán a su pareja a utilizar un lenguaje opuesto al de su sexo. Se trata, por otra parte, de uno de los grandes problemas de la seducción a corto o largo plazo. Una mujer maniquí está obligada, contrariamente a la imagen de feminidad que ella representa, a comportarse muy a menudo de manera masculina, incluso autoritaria, con los hombres que la rodean. En efecto, en este medio en donde la seducción rige todos los comportamientos, los hombres se feminizan al máximo para agradar a estas soberbias criaturas. Lo que justamente obliga a estas mujeres a adoptar un comportamiento de seducción masculino, pese a que ellas, en el fondo, esperan de parte del hombre una virilidad afirmada.
Así se explica, de alguna forma, la bisexualidad frecuente en estos medios.
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Seducción de identidad Gesto de argumentación, que seduce por su soltura, frecuentemente usado en medios profesionales relacionados con el derecho o los negocios.
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