La seducción de complementariedad

En esta forma de seducción se produce lo inverso que en la seducción por identidad. Se encuentra, en efecto, en el otro todo aquello que no tenemos, pero no se ve modo de disponer un trozo de terreno lo bastante común a ambos como para constituir un área de entendimiento. Resultará de ello una gran dificultad en la comprensión de los problemas del otro, que no está lo bastante próximo como para que lleguemos a hacerlos nuestros. Es algo a menudo flagrante en parejas salidas de culturas muy distintas: cada uno de ellos posee referencias personales tan distantes de las del otro que sostener la relación se hace difícil. En esta situación precisa puede verse hasta qué punto la fuerza de las imágenes arquetípicas inconscientes o semiconscientes provoca literalmente una fascinación de la diferencia. ¡Qué hombre de piel blanca, por ejemplo, no es seducido por el exotismo de una bellísima mujer de color de la que espera las delicias sensuales que son exactamente lo opuesto a lo que su trágica cerebralidad provee.De la misma forma, un hombre de piel negra puede idealizar a una mujer blanca que representa para muchos, en el inconsciente colectivo africano, una promoción social en el más amplio sentido del término. Esta relación será capaz, a sus ojos, de abrirle por el interior ese mundo de los blancos fascinante, mítico, portador de los beneplácitos y de los refinamientos intelectulizados de la cultura blanca.Todo ello, sin duda, no es sino un ejemplo, complicándose las situaciones por el hecho de que los blancos sinceros, provenientes de una cultura en la que han nacido, pero que les decepciona, actuarán quizá de la misma manera que los negros, mientras que estos últimos, de modo natural, se encuentran más desenvueltos en una cultura blanca. Muy evidentemente, puede imaginarse hasta qué punto los gestos de ambos compañeros de culturas tan distantes podrán ser diferentes. Es justamente por este motivo que los gestos de transición se vuelven capitales, pues juegan un papel fetiche que permite crear momentáneamente un microcódigo gestual común antes de que se instauren, quizá más lentamente, los gestos culturales y, finalmente, los gestos naturales. Esta situación, muy visible en los medios diplomáticos e internacionales, ha hecho nacer la expresión «lenguaje diplomático». El lenguaje de los gestos sigue al lenguaje oral, y se crean toda una serie de rituales ligados a las conveniencias cuya importancia a menudo asume un valor colosal, justamente por el hecho de que representan la única posibilidad de lenguaje común frente a referencias tan distantes.Los gestos obligados para conocer al otro y seducirle hipertrofian a menudo hasta la caricatura esta obsequiosidad mundana que constituye una verdadera «Balsa de la Medusa» a la que hay obligatoriamente que aferrarse antes de toda manifestación personal de seducción. En el caso de dos compañeros alejados, nos encontramos un poco en la situación de un visitante extranjero que anhela a un indígena y no conoce la lengua del país. Todo se vuelve un problema, le es preciso reunir en gestos cada vez más extremos una seducción que pasa con bastante rapidez al estado bruto, puesto que no queda ya cultura para filtrarla.("Quién no ha visto esos marineros que desembarcan gesticulando de manera grotesca y provocadora, para intentar desesperadamente de arrancar una pobre sonrisa a la Ofelia del momento. Y a la inversa, se observa también entre ciertas mujeres risas que, en lugar de ser cautivadoras, se deslizan bastante tristemente hacia el relincho de la yegua en celo.Siempre dentro de la misma categoría, pero a la inversa, un hombre deportista al que se acerca una mujer que representa el juego de seducción masculino para despertar el interés de aquél, por mimetismo, tendrá grandes oportunidades de verse frustrada al no encontrar detrás de estos rituales de seducción masculina una verdadera feminidad. También en ese caso, los gestos de apelación a la condición masculina que la mujer toma prestados para agradar al hombre, obligan a éste a adoptar un comportamiento de seducción efectivamente femenino, pero esta vez por reacción. La mujer va a volverse masculina en reacción a un comportamiento de seducción en su mayor parte femenino adoptado por el hombre, igual que el hombre va a devenir femenino en reacción a una actitud seductora demasiado masculina adoptada por la mujer que lo busca. Estas situaciones pueden servir de regla de base para una infinidad de medios en los que reunir los caracteres específicos de uno para acometer al otro define todos los juegos de seducción basados sobre la identidad.La seducción por semejanza o mimetismo satisface a los miembros de la pareja en la medida en que el juego utilizado para amansar al otro y hablar su lenguaje (sexual) no se detiene en este simple juego de comportamientos.Muy evidentemente, la complementariedad biológica y psicológica natural debe ser satisfecha para que la seducción opere de manera eficaz. Ello quiere decir que incluso el hombre más femenino en su demostración de seducción debe, sin embargo, emitir a su pareja signos lo suficientemente claros como para que ella sienta que es un juego de seducción, pero que se trata de un hombre bien viril y, por tanto, potencialmente gratificante a ese nivel.En ello reside precisamente toda la sutileza de este tipo de seducción que, si se amplifica hasta el punto de anular la verdad de las polaridades de cada uno, planteará un problema en el momento en que los gestos de seducción devengan más concisos. Hay una cronología en los gestos de seducción que va de la disuasión a la neutralización más cortés, hasta la demostración netamente marcada de los gestos típicos de su sexo que, tarde o temprano, saldrán a la luz. Una mujer poco inexperta, pero bastante masculina de temperamento, puede, no obstante, encontrarse burlada tras haber hecho para seducir todo aquello que consideraba provocador, al constatar que «él no se mueve», o que «él no hace nada» en su dimensión específicamente femenina tras los rituales / de cortejo.Ello explica que a veces se den tremendas sorpresas en el juego mismo de seducción, que alarman a las parejas demasiado inconscientes de su propia bipolaridad. En efecto, al cabo de cierto tiempo, como dice La Fontaine <Expulsad lo natural y volverá al galope>. Se verán, por tanto, despuntar gestos primarios de seducción, los arquetipos, a continuación de una cierta lasitud, por ejemplo, al ver los gestos de identidad cortés no producir el efecto previsto.

Es entonces cuando el hombre dulce y tierno no vacila ya en poner el puño sobre la mesa, para gran estupor de su pareja, quien, al contrario, puede mostrarse como una niñita, para gran asombro del seductor. Todo vuelve, pues, a su sitio tras una cierta delicadeza en la estética gestual, que pasa de un papel al otro para cada uno de los miembros de la pareja, creando la confusión ambivalente de la que puede resultar la invalidación de la seducción entablada.

 

 

Seducción de complementariedad

Seducción de complementariedad

Tras una cierta delicadeza resultante de una tentativa de identificación con el otro, se vuelve a los gestos primarios naturales. Aquí, gesto de protección y de dominación masculinas. Gesto de espera y de verificación sexual eventual de la mujer.