La seducción anticonformista

También se puede seducir por una posición que se sale de las normas. De la misma manera que la seducción por afinidad se expande en el seno de un mismo grupo y permite la atracción por semejanza, quien no se conforma a las reglas sociales desarrolla infaliblemente un cierto poder de seducción. Por otra parte, es en el periodo adolescente cuando se observa de manera muy precisa esta singularidad buscada para encontrarse una identidad personal que, por definición, se sale de los marcos instituidos, de las ideas recibidas o de las influencias a experimentar.

La seducción anticonformista exacerba, pues, en general un comportamiento notable, sobresaliente y a menudo provocador. Se deben distinguir dos tipos de no conformismo, cuyos gestos se distinguen muy claramente. El primero, y por desgracia el más raro, es el de una personalidad sinceramente original que simplemente tiene la suficiente fuerza de alma y de carácter para ir hasta el final, y romper así una mul­titud de condicionamientos recibidos, conservados por la norma del entorno. Para estas personas, mujeres u hombres, la seducción se hará de modo completamente natural, pues sus gestos, si verdaderamente han hecho ese recorrido de descondicionamiento, tomarán un giro muy particular, original y naturalmente singular al carecer de modelo convencional.

Es entonces cuando el estilo de un individuo le es propio y no puede sino atraer, si es armonioso, elegante o gratificante de una u otra manera, al compañero que anda a la busca de lo que denominaríamos entre los animales un alfa. Un alfa es un animal que domina, por su potencia, su carácter y sus disposiciones personales, a los caracteres colectivos de la manada. Un yogui, por ejemplo, suficientemente realizado para no funcionar ya en el registro de los gestos habituales, incluidos los de seducción, da prueba de un talento particular para manejar gestos más conscientes, más naturales, más íntegros y dependientes de una disciplina o de una filosofía que se sale del contexto normativo usual. Su calma, su benevolencia, su impasibilidad, y actitudes a veces heredadas de su práctica cotidiana, pueden seducir a una orientalista a la busca de un gurú.

En el mismo orden de ideas, la relajación de un cuerpo perfectamente liberado incita poderosa­mente al otro a pensar que una tal liberación no puede sino traducir una vida muy agradable y por encima de la crispación generalizada. Pero como los verdaderos relajados son muy raros, muchas gentes se las ingenian laboriosamente para adoptar posturas relajadas de manera tan contraída que la imitación revela de inmediato el artificio. El hombre que se deja caer sobre una butaca con las gafas de sol sobre la nariz y la mano jugando negligentemente con un llavero, quiere a buen seguro seducir con aire de decir «nada puede alcanzarme, estoy por encima de eso». Las muchachas podrán emplear su cigarrillo volviéndose sobre la silla, en forma que imiten la apariencia de las estrellas de cine que, por definición, no pueden sino estar siempre contentas por ser agasajadas en todas partes. Sentarse en la tierra cuando todo el mundo se encuentra sobre una silla, puede ser una manera de singularizarse, como sentarse sobre el capó de un automóvil con las piernas colgando, lo que pone en evidencia aquello que se desea mostrar o lo que hay que ver.

El mascado de chicle a la americana y el balanceo del tronco de atrás adelante, como siguiendo el ritmo de una música «cool», completan el cuadro.