Ideal Masculino, ideal femenino

Conviene admitir que cualquier adulto, habiendo seguido una evolución más o menos restrictiva, no ha podido sino alejarse de sus gestos naturales devenidos cada vez más «cultivados». Esta influencia cultural puede muy bien minar poco a poco el origen mismo de aquello que permite seducir de modo natural, en provecho de una nueva definición vuelta conveniente para la sociedad en la que debemos vivir. Es así cómo en vez de alentar, por ejemplo, en el niño y en el adolescente, la toma en consideración de las señales sexuales del otro, para mejor comprender las suyas propias sabiéndolas diferenciar, se les impone un modelo arquetípico. Este modelo, ideal femenino o masculino, que varía según cada cultura y cada época, es incluso sometido a la moda. Como el deseo del muchacho (o de la muchacha) busca encontrar las señales más reafirmantes para encontrar él mismo su propia definición, se ven tentados a aplicar primero de todo las imágenes paterna y materna, en la medida en que éstas son suficientemente seductoras. A este respecto, las literaturas psicoanalíticas no han cometido más que errores en la teoría de una

identificación y de unas marcas sexuales y culturales, indispensables aparentemente para fijar los comportamientos de seducción de una manera integrable en una sociedad civilizada.Lo que aún parece más perverso, sobre todo en nuestra formación gestual misma (y que llega incluso a condicionar la forma de nuestro cuerpo por la repetición de los movimientos musculares), es que este aprendizaje no se realice más que por la represión o el rechazo de la mayor parte de nuestros gestos de seducción naturales, prohibidos en su mayor parte al ser vistos como inmorales cuando se expresan demasiado precozmente. Como si el código cultural de los gestos de seducción masculinos y femeninos autorizados por la sociedad deviniese un simulacro de los gestos naturales, rede finidos intelectualmente. Así nace el modelo del ideal masculino que la estructura social (masculina) impondrá. El ideal femenino del momento puede, ¡ay!, reducir numerosos gestos naturales bien encantadores. Su espontaneidad y su belleza siguen no obstante expresadas en las sociedades que los integran todavía como un valor sagrado.

Por ejemplo, si se impide a una niña comportarse «como un chico», cuando le es del todo natural, se derivará de ello una perturbación por la represión de esta fuerza. De adolescente, puede muy bien suceder que, queriendo acomodarse al ideal femenino que le es impuesto, no encuentre ya la desenvoltura de la ^ seducción natural que habría podido perfectamente vivir si se la hubiese autorizado vivir su ambivalencia, su propia dosis de lo masculino y lo femenino. Ella adoptará, muy probablemente, ciertas conductas extremas, pues, obligándose a sí misma a ser demasiado femenina, cuando no siente necesidad de ello, proyectará su feminidad en gestos de seducción  a menudo desmañados, constantemente balanceándose entre lo que la sociedad familiar o cultural la obliga a expresar para encontrar a un hombre y lo que vive intrínsecamente como el libre ejercicio de su sexualidad personal.

 

 

El «muchacho fallido»

El «muchacho fallido»

Proyección de la parte instintiva, pero retirada de la parte emocional (tronco). «Asumo una provocación física, pero no invierto afectivamente.» Postura a menudo adoptada por las maniquíes profesionales.

 

 

 

La exageración de la virilidad

Gesto de penetración muy varonil, que muy bien puede ser confundido con un gesto de amenaza. Es, sin embargo, este tipo de gesto el que seduce a las mujeres del lejano oeste en busca de hombres lo suficientemente ofensivos como para protegerlas. Arquetipo masculino de fuerte virilidad.

La exageración de la virilidad

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