Gestos de natura

Los gestos de seducción, por comparación con los que se contentan con informar, demuestran ser los más difíciles de interpretar. La razón fundamental estriba en la distinción entre un gesto de natura y un gesto de cultura. En efecto, prácticamente todos nuestros gestos naturales (particularmente los de la sexualidad, con las primeras tentativas de seducción en la infancia) son controlados, reducidos y domesticados por la educación y la influencia de la sociedad en la que vivimos. Orientados lo más a menudo, y de manera a veces dramáticamente culpable, hacia lo que se ha convenido en llamar las buenas maneras, se pliegan a los códigos culturales que definen a tal o cual sociedad. En aquellas en las que la moral natural aún puede hacerse oír en materia de seducción, el gesto es muy explícito; sería percibido como grosero en otras civilizaciones que se consideran más educadas (si bien, de hecho, con frecuencia lo que son es «castradas» por una educación que reprime los gestos inocentes del amor primero. En ciertas tribus de África, una joven núbil no vacilará en indicar, con su mano y con un dedo bien dirigido hacia su sexo, que le agradáis. Y su pequeña risa infantil, regocijándose de antemano por el placer venidero, sirve como añagaza para un ritual de seducción que se desgranará en la danza, pretexto para imitar pura y simplemente los gestos amorosos y las poses eróticas ofrecidos sin reticencia y sin cálculo!) Bien evidentemente, existe una cierta complejidad de las estrategias amorosas, incluso en una cultura muy próxima a la naturaleza. Pero aquí la habilidad se fundamenta en un instinto ancestral que pone directamente en movimiento la intención, sin pervertirla a la inversa de nuestras civilizaciones judeocristianas que han conseguido intelectualizar hasta los gestos de seducción más sabios. Conviene darse cuenta, para comprender toda la gama de significados de estos gestos naturales, que ellos participan de la herencia animal de toda la humanidad. Impulsan al individuo a liberar, de forma instintiva, movimientos destinados a estimular la atención del otro para gozar de sus beneficios. Es a partir del desciframiento de estos gestos naturales e instintivos, con la ayuda en particular de las diferentes claves suministradas por la orientación de los movimientos en el espacio, como se podrá comprender el lenguaje institucional y cultural que viene a injertarse sobre esta emanación visceral, para desviarla de su curso. De hecho, la mayor parte de las veces, el objetivo es el de aclimatarla a los dictados socioculturales en vigor. Se puede avanzar igualmente que, de forma global, la mayor parte de los gestos culturales destinados a seducir al otro no son, en suma, sino una perversión (en el sentido etimológico del término), es decir, una derivación de la libertad de un gesto cuya función coincide exactamente con su significado biológico —e incluso erótico— destinado a servir a la ley universal, incluida la sexualidad. Los gestos naturales de seducción son fáciles de observar en la naturaleza. Ciertos animales, como los pavos, desarrollan un cortejo fascinante, en el curso del cual todas las maravillas del gorjeo y del plumaje ponen en evidencia, de manera espectacular, la finalidad de estos movimientos y de estos despliegues físicos: enardecer al otro y excitarlo previamente, para prepararlo al acoplamiento propiamente dicho. Más fáciles de observar sin duda, nuestros compañeros los gatos constituyen una excelente demostración. En efecto, los gestos de seducción, tanto del macho como de la hembra, no corresponden del todo a la idea generalmente admitida de la hembra pasiva y el macho activo. Esta realidad vuelve complejos muchos gestos culturales de seducción que no responden ya del todo a la naturaleza. Se ha querido una hembra pasiva, pese a su naturaleza hembra animal. Ella ha sido así puesta en situación de inercia, debiendo castrar la dinámica misma de su deseo femenino, desde hace al menos 2.000 años. Se ha creído también que, dado que el sexo masculino era exterior en el cuerpo, los gestos de seducción del hombre debían consistir en asaltar, reduciendo al otro simplemente a ser asaltado. La más grande confusión ha reinado, y aún reina, a este nivel. Para comprender sin ambigüedad las relaciones hombre-mujer, es preciso restituir a esta última su poder dinámico de seducción que, de natura, se encuentra con la misma intensidad que el del hombre. En la demostración del deseo, único garante de una verdadera igualdad natural entre el hombre y la mujer para un placer bien compartido, sólo difiere la modalidad de la seducción, el procedimiento que se deriva de la forma misma del sexo. Pero cada uno de ellos es fuertemente atraído por el otro, en una situación sexual bien comprendida de modo natural. Existe un ejemplo que permite comprender bien esta toma de conciencia necesaria para descifrar cualquier gesto de seducción. Se trata del amor cortés de la Edad Media que, según podemos ver cuando lo analizamos, confina a la mujer a una sospechosa exaltación místico-erótica, que le otorga un papel casi hierático.

El hombre, para seducir, debe, en esta época, dar prueba de la valentía del caballero paladín, mostrar cualidades de coraje y de resistencia física y psíquica excepcionales, mientras que la mujer, por lo que parece, se contenta con aguardarlo, igual que una vestal en un templo romano. Una manera más de reducir la sexualidad de la mujer a los gestos más pasivos posibles. Puede verse ahí la desviación cultural, debida a una u otra religión, que reduce por la fuerza la mayoría de los gestos activos femeninos. Encontramos estos últimos, en nuestras sociedades, en cierto modo deformados, y percibidos ahora de forma caricaturesca, entre las feministas que no han integrado su nueva condición.

 

 

Dos gatos haciéndose la corte

Dos gatos haciéndose la corte

La hembra esta lejos de ser pasiva, y el macho puede, en ciertos momentos, hacerse rogar

 

 

 

El amor cortés

Pasividad ejemplar, virilidad ejemplar. Gesto oblativo de la mujer que aguarda. Gesto ofensivo del valiente caballero. Una castración recíproca en la relación completa

El amor cortés