de
Emily Dickinson a «el maestro»
Verano de 1861
Maestro: Si usted viera cómo una
bala alcanza a un pájaro, y él le dijera que no está herido,
puede que llorase ante su amabilidad, pero con toda seguridad
dudaría de su palabra. Una gota más de la cuchillada que ensucia
el pecho de vuestra Margarita... Dios me creó, Maestro. No fui
yo misma. Yo no sé cómo ocurrió. Él construyó el corazón en mí.
Golpe a golpe, creció más que yo y, como una pequeña madre con
un hijo mayor, me cansé de cargar con él. Me enteré de que
existía algo llamado «Redención», algo que hacía descansar a
hombres y mujeres. Se acordará que le pregunté por ella: usted
me ha dado algo distinto. Olvidé la Redención... (No se lo dije
durante mucho tiempo, pero sabía que usted me había cambiado) y
estaba cansada... Me siento más vieja -esta noche, Maestro- pero
el amor es el mismo, y también lo son la luna y la media luna.
Si la voluntad del Señor hubiera sido que respirase donde usted
respiraba y encontrase el lugar -por mí misma- en plena noche;
si nunca puedo olvidar que no estoy con usted ni que la tristeza
y el fracaso están más cerca que yo; si deseo con una fuerza que
no puedo reprimir que mío sea el lugar de la reina, el amor del
Plantagenet es mi única disculpa...
Estas cuestiones son sagradas, señor, las abordo con veneración,
pero las personas que oran se atreven a decir en voz alta
«¡Padre!». Afirma que yo no se lo cuento todo. La Margarita
«confesó y no desmintió».
El Vesubio no habla; el Etna, tampoco... Uno de los dos
pronunció una sílaba hace mil años, Pompeya la oyó y se ocultó
para siempre. No se atrevió a mirar al mundo a la cara después
-supongo-. ¡Vergonzosa Pompeya! «Le hablaré del deseo.» Sabe lo
que es un parásito, ¿verdad?; usted ha sentido el horizonte,
¿verdad?, ¿y el mar nunca se acercó tanto como para hacerle
bailar? No sé qué puede hacer pero, gracias, Maestro; si tuviera
barba en mis mejillas, como usted, y usted tuviera pétalos de
Margarita, y se preocupara mucho por mí, ¿qué sería de usted?
¿Podría olvidarme en la lucha o en el vuelo o en tierra
extraña...? Solía pensar que cuando muriera podría verle, así
que habría de morir tan rápido como pudiera, pero la
«corporación» también lo va a hacer, de manera que el Cielo ya
no será un lugar aislado. Digamos que esperaré por usted.
Digamos que no necesito ir con ningún extraño al, para mí, país
desconocido. He esperado mucho tiempo, Maestro, pero puedo
esperar todavía más, esperar hasta que mi pelo color de avellana
esté moteado y usted utilice bastón, entonces podré mirar mi
reloj y, si el Día está en el lejano ocaso, podemos tentar a la
suerte en el Cielo.
¿Qué haría conmigo si vengo «de blanco»? ¿Tiene usted la fuerza
para darle vida?
Quiero verle más, Maestro, que todo lo que anhelo en este mundo,
y el deseo, ligeramente alterado, será el único en los cielos.
¿Puede venir a Nueva Inglaterra este verano? ¿Vendría a Amherst?
¿Le gustaría venir, Maestro?
¿Podría perjudicarnos, aunque los dos seamos temerosos de Dios?
¿Le desilusionaría la Margarita? No, no lo haría, Maestro. Sería
consuelo eterno; solo el mirar su rostro mientras usted mira el
mío, entonces podría jugar en los bosques, hasta el anochecer,
hasta cuando usted me lleve donde el sol que se pone no pueda
hallarnos, y la verdad venga, hasta que la ciudad esté llena.
(¿Me dirá si lo hará?) No pensaba decirlo, usted no vino a mí
«de blanco», ni me dijo nunca por qué... No soy una Rosa, aunque
me sentí florecer, no soy Pájaro, aunque crucé el Éter.