El amor fatal
Carmen, el estupendo personaje de Merimée, contó para convertirse en mito con la ayuda de Bizet y su famosísima ópera —con libreto de H. Meilhac y L. Halevy— estrenada el 3 de marzo de 1875, exactamente tres meses antes de morir su compositor; si en la novela Carmen es como los gatos, en la ópera el amor es como un pájaro, y Carmen canta: «El amor es un pájaro rebelde / al que nadie puede domar, / y en vano se lo llama / si él se empeña en negarse. / De nada sirven ruegos o amenazas, / éste habla bien, el otro calla, / y es al otro al que prefiero, / nada ha dicho, pero me gusta»1. Ya Teócrito había expresado una opinión semejante sobre la condición femenina: «La mujer está hecha así: ligera y voluble, os rehuye si la amáis, y os ama si la rehuís».
En El cartero siempre llama dos veces hay momentos en los que lo que une a Frank y a Cora es el crimen, y son más cómplices que amantes, como les sucede a Egisto y Clitemnestra después de matar a Agamenón: el argumento del marido asesinado por los amantes no es, pues, precisamente nuevo.
La visión de una América fatal de Cain tuvo un gran éxito en Europa (de hecho, la primera versión cinematográfica, de 1939, es francesa, y la segunda, de 1942, italiana). Albert Camus fue un admirador de esta novela, y El extranjero (1942) guarda no pocas semejanzas con El cartero siempre llama dos veces.
Aunque el argumento no tenga nada que ver, en ambas se renuncia a un juicio moral y se prima la descripción de la acción sobre la profundización psicológica; en ambas hay, incluso, un baño en la playa, Frank con Cora, Meursault con María, y una similar lejanía de los protagonistas durante el juicio que les condenará a la pena capital. Pero mientras a Frank Chambers le ha movido la pasión, a Meursault le mueven —o le paralizan— el pesimismo existencial y la desesperanza.