El Amor frente a las Convenciones Sociales
Por supuesto, no sólo el amor extraconyugal se enfrenta a las convenciones sociales. Hay también historias de amor que exploran terrenos que fueron —o siguen siendo— tabúes como el de la homosexualidad, el incesto, el alcoholismo, el sadismo o la atracción por las nínjulas. La muerte en Venecia (1914), de Thomas Mann, cuenta la última fascinación de un escritor, Aschenbach, por un bello adolescente polaco, Tasio. Venecia, símbolo de la decadencia física y creativa de Aschenbach, es el escenario de este amor homosexual y platónico. De 1957 es Homojaber, en la que Max Frisch, con su acostumbrada maestría, escribe la tragedia con resonancias clásicas del amor entre un hombre y una joven, Sabeth, ignorantes ambos de que son padre e hija (sobre el incesto, es famosa la relación entre Ulrich y su hermana Agathe, en El hombre sin atributos (1930-1943), de Robert Musil; y, muy anterior, de 1633, y también entre hermanos, la tragedia de John Ford, Lástima que sea una puta; tampoco podemos olvidar la impresionante Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato). Christia-ne Rochefort, en El reposo del guerrero (1958), profundizó con lucidez en la desgarrada relación entre una joven y un escritor alcohólico.
Sobre aberraciones sexuales como el sadismo y el masoquismo, las narraciones del marqués de Sade son las más célebres. «Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta.» Así empieza la famosa novela de Nabokov, Lolita (1955), la historia de la fatal pasión de Humboldt, un maduro profesor... por una adolescente de doce años. Groucho Marx comentó, al respecto: «He decidido esperar seis años para leer Lolita, para que ella tenga dieciocho».
Como él mismo dice en su prólogo, Ford Madox Ford intentó poner en El buen soldado todo lo que sabía acerca del arte de escribir. Y quien lo lea habrá de convenir en que ese todo era muchísimo. Ford quiso llamarlo La historia más triste, pero el editor, horrorizado de que el título, en plena guerra mundial, desanimara a los posibles lectores, le pidió que lo cambiase. El escritor propuso, en broma, llamarlo El buen soldado, y así se hizo. Hay una fotografía de Ford, hacia 1915, vestido de uniforme, con bigotito, barbilla hundida, ojos caídos e inexpresivos y boca abierta como la de un pez: parece el retrato de un estúpido; de alguien que, como Dowell, pudiera ser engañado de manera tan burda y cruel por su mujer; pero no de alguien capaz de escribir una obra tan magnífica, brillante y densa como El buen soldado. Definitivamente, las apariencias engañan.
Sobre el matrimonio, el adulterio y el amor hay muchas frases cínicas, agudas o pesimistas, según se quiera. Éstas son algunas:
Lord Byron: «El matrimonio procede del amor como el vinagre del vino».
Diógenes: «Los jóvenes no deben casarse todavía; los viejos, nunca».
Alejandro Dumas, hijo: «La cadena del matrimonio pesa tanto que es preciso sean dos para llevarla, y a veces, tres».
Franklin: «Ten tus ojos muy abiertos antes del matrimonio, y medio cerrados después de él».
Óscar Wilde: «No hay nada como el cariño de una mujer casada. Es una cosa de la que ningún marido tiene la menor idea».
Una visión más optimista sería la de Carlos III, de quien se cuenta que, al recibir la noticia del fallecimiento de su esposa, la reina Amalia, dijo elegantemente: «Éste es el primer disgusto que me da en veintidós años de matrimonio».