El amor ideal

Bajo el título de «El amor ideal», encontramos obras de muy diferente condición. Tristán e Isolda y el Amadís son historias que pertenecen al mundo cortés y caballeresco, y en ese contexto hay que entender que su amor sea «ideal». El amor de don Quijote'por Dulcinea es una elaboración neoplatónica, perteneciente al mundo de las ideas: ni siquiera es segura la existencia de la amada. Cyrano idealiza a Roxana, y sus sentimientos nunca se trasladan a un plano físico. En cuanto a Pigmalión, asistimos a la construcción de una mujer ideal... aunque Shaw rechace el que Higgins se enamore de Eliza.

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, se publicó en dos partes: la primera, en 1605, y la segunda, en 1615. Su éxito fue inmediato; en 1612 se tradujo al inglés, y en 1614, al francés. Desde entonces, su fama no ha cesado de crecer. William Faulkner se refirió a ella como la Biblia de todos los narradores. Leída en su época como una simple y divertida parodia de los libros de caballerías, con el romanticismo empiezan a revelarse los sentidos trascendentes que encierra la obra, considerada la primera novela moderna. En sus aventuras, llenas de humor, que divierten y enternecen, además de ahondar en las profundidades del alma humana, don Quijote siempre tendrá presente, como él mismo aclara, a «la linda Dulcinea del Toboso, por quien yo he hecho, hago y haré los más famosos hechos de caballerías que se han visto, vean ni verán en el mundo».

Hace ahora poco más de cien años, el 27 de diciembre de 1897, sin saberse en el umbral de la gloria, un hombre con sombrero, monóculo, bigote, corbata y chaqueta con clavel en la solapa, temblaba ante el estreno de su última obra, un drama en cinco actos, en verso: «Será el mayor fiasco del año», se cuenta que dijo. Al concluir el tercer acto, la sala reclama al dramaturgo entre una lluvia de guantes y de abanicos. Cuando acaba el quinto, la apoteosis: los eufóricos espectadores puestos en pie aplauden, gritan vivas, los actores han de salir a saludar cuarenta veces, el hombre del monóculo, el bigote y el clavel es abrazado, aclamado, besado... En medio año se venden 100.000 ejemplares de la obra. Se hacen numerosas traducciones y se representa en Bruselas, Londres, Nueva York, San Petersburgo, Madrid (con María Guerrero en el papel de Roxana). Su obra inspirará óperas y películas... El protagonista de este cuento de hadas era Edmond Ros-tand, y la obra, Cyrano de Bergerac. Pero los cuentos de hadas tienen su reverso. La inmensa fama le valió enormes elogios, sí, pero también ataques: la envidia no es patrimonio español. Su éxito, de alguna manera, le maniató.

«A mí —comentó en cierta ocasión—, entre la sombra de Cyrano y las limitaciones de mi talento, no me queda más solución que la muerte.» Muerte que encontraría en 1918, de la gripe que asoló Europa tras la Primera Guerra Mundial.

Pigmalión, quizá la obra más conocida del irlandés George Bernard Shaw (1856-1950), premio Nobel en 1925, es una muestra más de su teatro de ideas, dotado, sin embargo, de un lenguaje directo y vivo. La educación de Eliza puede tomarse como una parábola de la educación del pueblo, que tiene las mismas aptitudes pero no las mismas oportunidades que las clases altas: no en vano Shaw, ensayista, comediógrafo, crítico musical, narrador, defendió siempre unas ideas socialistas. Entre su extensa obra destaca también La profesión de la señora Warren, comedia que tuvo problemas con la censura, porque la tal profesión es la prostitución, mal del que Shaw responsabiliza a la hipocresía de la sociedad. Sarcástico y ocurrente, en cierta ocasión, entre la numerosa correspondencia que recibía, halló un anónimo con una sola palabra: «Imbécil». Shaw comentó, con flema británica: «Hasta ahora había recibido muchísimas cartas sin firma, pero ésta es la primera vez que recibo una firma sin carta». En Cyrano de Bergerac se encuentra una agudeza semejante. En la escena IV del acto primero, antes del duelo en el que Cyrano reparte versos y estocadas, Valvert, el otro duelista, le insulta:

Valvert: ¡Badulaque, fanfarrón, ganapán!...

Cyrano: (Quitándose el sombrero, y saludando como si el vizconde acabara de presentarse.)

¡Ah! Y yo, Cyrano Hércules y Saviniano de Bergerac. (Risas.)

Cyrano de Bergerac

Tristán e Isolda

Amadís de Gaula

Don Quijote

Pigmalión