El amor como un juego

Cuando Las amistades peligrosas era una novela semi clandestina, Lacios dijo: «Quise hacer una obra que siguiera resonando en la tierra cuando yo la hubiera abandonado». Lo consiguió, pero no por denunciar las costumbres de la sociedad mundana e hipócrita, prerrevolucionaria, a la que quería combatir, sino por hablar con agudeza de lo que pervive: el amor, la pasión, el miedo a experimentarlo, a volver a ser herido. Al contrario que Malraux, encuentro mucho más interesante Las amistades peligrosas que La Cartuja de Parma. Cuestión de gustos y temperamento, supongo, como tantas cosas en la literatura y en la vida. Y cuando afirma que «el tiempo ha señalado los límites de Las amistades peligrosas», yo señalo que los ha ensanchado.Es famosa la animosidad de Zorrilla contra su más célebre obra, escrita a los veintisiete años, en tres febriles semanas. A los sesenta y cuatro años, pasados treinta y seis de ininterrumpido triunfo de su Donjuán Tenorio, escribió a un amigo: «No hay otro drama donde yo haya acumulado más locuras e inverosimilitudes: el carácter de mi héroe no tiene consecuencia; los trozos líricos y en particular las famosas estancias de amor que todo el mundo sabe de memoria están fuera de situación». Una de las inverosimilitudes a que se refiere es que la primera parte transcurre, aproximadamente, entre las 7,30 de la tarde y la 1 de la madrugada, es decir, no hay tiempo material para que sucedan tantas cosas como suceden. Y a Pedro Delgado, hijo de Manuel Delgado, comprador del Tenorio en 1871, le escribió: «Yo creo en consecuencia que mi Don Juan es el mayor disparate que se ha escrito; que no tiene sentido común ni literaria, ni moral ni religiosamente considerado».Estos ataques se explican, en gran parte, por el resentimiento de Zorrilla: el más famoso poeta de España pasaba penalidades económicas, y los grandes beneficios de su Donjuán iban a editores, empresarios y actores. Zorrilla vivía poco menos que de la caridad pública y de una pequeña pensión del gobierno. Había vendido sus derechos treinta años antes a Manuel Delgado por 4.200 reales, y la nueva ley de propiedad intelectual no tenía carácter retroactivo.

Unamuno, admirador en su juventud de los versos de Donjuán Tenorio, dijo en su madurez que no eran poesía, sino «música de tamboril». Siguen emocionando esos versos, y especialmente «las famosas estancias de amor que todo el mundo sabe de memoria», y que hacen llorar a doña Inés: «Y esas dos líquidas perlas / que se desprenden tranquilas / de tus radiantes pupilas / convidándome a beberías, / evaporarse, a no verlas, / de sí mismas al calor; / y ese encendido color / que en tu semblante no había, / ¿no es verdad, hermosa mía, / que están respirando amor?».

 

Las Amistades Peligrosas
Don Juan Tenorio
La Regenta
El regreso de Casanova